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#24 El reparto de la deuda en África

Hubo un tiempo reciente en el que todos nos sentimos ricos. Los países crecían y la aportación del ahorro de los ciudadanos, en forma de bonos y otros instrumentos de financiación privada, permitían el impulso de los países en desarrollo y la reducción de la pobreza. Sin embargo, las tensiones generadas por la pandemia han llevado a las economías mundiales a un escenario menos utópico y feliz.

El Banco Mundial ha publicado recientemente su informe anual sobre la deuda de los países en 2024 (https://openknowledge.worldbank.org/entities/publication/f1700aa0-cc73-42b7-8ceb-630c5528a574). Un documento extenso y preciso que permite hacernos una idea de las nuevas dificultades financieras a las que se enfrentan las naciones menos desarrolladas y también las principales economías del mundo.

El Banco Mundial es una entidad surgida tras la Segunda Guerra Mundial como un instrumento imprescindible para la recuperación de un mundo destruido por la mayor guerra de la humanidad. Se financia mediante las contribuciones de sus miembros y mediante la emisión de instrumentos financieros. Desde 1947, cuando emitieron los primeros bonos, ha atraído el interés de más de un billón de inversores privados. Estados Unidos es el mayor contribuyente al Banco mundial, con aproximadamente el 16% de las aportaciones. En plena era Trump, no sería de extrañar que el rubio y desfogado presidente americano también se pregunte cómo es que siguen siendo los que soportan en mayor medida las obligaciones del Banco Mundial cuando otras economías, como la china, que les pisa los pies, aportan apenas una cuarta parte del esfuerzo financiero de los americanos.

Para los inversores privados, la pandemia les llamó a ser más precavidos. El resultado, durante los años 2021 y 2022, ha sido que el flujo de salidas, en intereses y amortizaciones, fue muy superior al de nuevas aportaciones. Los países en desarrollo no han tenido otra opción que llamar a la puerta de las entidades multilaterales, como el Banco Mundial y los Bancos de Desarrollo. Antes de la pandemia, los multilaterales aportaban algo menos del 15 % de la financiación de los países en desarrollo, como África. Ahora representan el 40%. El Banco Mundial concluye por ello que el sistema de financiación está quebrado y que, como consecuencia, se pondrán en peligro el desarrollo, los avances en la igualdad y la posibilidad de atender retos como el cambio climático, la educación o la sanidad. Millones de personas se verán afectadas si no se corrige la tendencia analizada desde el Banco Mundial. Y millones serán los que busquen en la migración la salida a sus penalidades.

El caso de África es, en ese sentido, más preocupante si cabe.

Los países africanos contabilizaron en 2024 un nivel de deuda que en otras latitudes resultarían admisibles, el 41 % del PIB global. Más de 1,1 billones de dólares de deuda en unas economías que generaron casi 2,8 billones de PIB. El problema es que, en el caso africano, la capacidad para el repago de esas deudas es considerablemente menor que en las economías más desarrolladas.

Una prueba de la menor capacidad para enfrentarse a la deuda es el bajo número de economías africanas que consiguen financiarse emitiendo bonos y otros mecanismos de financiación privada. Un 40 % del total de la deuda africana es privada, pero las emisiones de este tipo se concentran en u los países de economías más fuertes, como Sudáfrica, Egipto o Angola. Estaúltima, impulsada por su enorme capacidad de producción de gas y petróleo, es además una de las economías africanas más endeudadas, con una ratio deuda/PIB del 74%, lo que no le evita una situación social que hace que muchos de sus habitantes intenten el camino de la emigración.

El país más endeudado, en relación con su PIB, es Mozambique, con una ratio deuda/PIB de casi en 400%. Con apenas 500 dólares de renta per cápita es uno de los países más pobres del mundo. El desastre económico puede ser la consecuencia de los pésimos gobiernos y de los brutales casos de corrupción que asolan la excolonia portuguesa. Gran parte de su PIB lo aportan las remesas de los emigrantes mozambiqueños desde Sudáfrica, país al que emigran atraídos por las oportunidades de una de las mayores economías del continente. Desde 2010, Mozambique se ha añadido también al club de los productores de gas natural. Y, en cuanto algo huele a petróleo, allí aparecen los chinos. Más de un 16% del total de su deuda lleva el marchamo del gigante asiático.

No muy lejos del desorbitado endeudamiento mozambiqueño se encuentra Senegal. Con más de 130 % de deuda respecto al PIB, Senegal ha pasado a ser una economía equilibrada a una de las que soporta mayores tensiones. Algo tendrá que ver con los desfavorables acuerdos pesqueros firmados por sucesivos gobiernos con China y la UE, que está expulsando a gran parte de la población al dramático recurso de la emigración ante la quiebra de su modo de vida tradicional.

La presencia china entre los principales financiadores de los países africanos es otro de los datos significativos del informe. China es, de lejos, el principal financiador bilateral en el continente. Y la concentración de su generosidad en países que destacan por disponer de amplios recursos naturales invita a una sospecha razonable. No parece que la generosidad sea la que impulse la llegada de dólares amarillentos a las cuentas de los países africanos. Nigeria, por su petróleo, Sudáfrica, oro y diamantes, Zambia, por el cobre, Zimbabue, por sus minas de carbón o Senegal, por la pesca, son, casualmente, algunos de los países en los que China concentra sus aportaciones.

El Banco Mundial destaca el tipo de prácticas financieras de China en África. Señalan, por ejemplo, que “los contratos de préstamo chinos contienen cláusulas de confidencialidad inusuales que prohíben a los prestatarios revelar los términos o incluso la existencia del préstamo”, convirtiendo así los préstamos en una especie de “deuda oculta”. Viene a hacernos sospechar que no solo el volumen de deuda real sea diferente al reportado: también sugiere la existencia de prácticas poco saludables y la existencia de una corrupción soterrada.

Francia, vieja potencial colonial del continente, es el segundo financiador bilateral después de China, pero a una distancia muy considerable (la contribución china es más de cinco veces superior a la francesa). Sus esfuerzos se concentran, sobre todo, en excolonias, algo que, en cambio, no hacen ni ingleses ni belgas, por ejemplo, ausentes prácticamente del club de financiadores bilaterales del continente africano. Su influencia en las excolonias sigue viva, pero sobre todo en forma de empresas que siguen participando en la extracción de recursos naturales de los países que antaño gobernaban.

El tercer país presente en la financiación ´bilateral directa a África es Japón. Para algunos analistas, un ejemplo de auténtica cooperación para el desarrollo. Los japoneses llevan más de tres décadas activos en el continente a través de la Agencia Internacional de Japón, a través de la cual se ha comprometido a invertir más de treinta mil millones de dólares en los próximos tres años. Lo llamativo del caso japonés es que su generosidad no se ha traducido, como en el caso chino, en un incremento destacable del comercio directo con los países africanos. Es cierto que, para cualquier viajero por África, resulta visible que la mayor parte de los vehículos, sobre todo todoterreno, son de marcas japonesas, Toyota principalmente. Es menos conocido que esos vehículos estén en África, porque sus elevadas emisiones les hacen inaceptables en cualquier otro mercado, como el europeo o el de Latinoamérica. Pero la dedicación de recursos japoneses a la salud, la educación o el tratamiento de aguas denota, sin duda, un esfuerzo loable.

La tendencia respecto a los tenedores de la deuda es uno de los factores de preocupación para el Banco Mundial. Los países de ingresos bajos, África en concreto, dependen cada vez más de los bancos multilaterales y menos de la financiación privada. El incremento selectivo de financiaciones bilaterales es también ampliamente resaltado en el informe de 2024. En 2025, con las tensiones geopolíticas que parecen abrirse tras la nueva llegada a la Casa Blanca de Trump, el futuro de países necesitados de ayuda para el desarrollo puede estar comprometido. Aunque, también es preciso decirlo, la mayoría de estos países, anegados de corrupción y disputas por el reparto del poder, no ayudan a perfilar un panorama optimista para los próximos años.

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