Dejé de tomar notas en mi cuaderno cuando Vanesa me explicó hasta qué punto los argentinos nadan, a contracorriente, en las turbias aguas de la economía B. Un familiar suyo, laborando en un Banco público, cobra la mitad de su salario en un sobre con efectivo, que no figurará en sus emolumentos oficiales. Así, le digo, no hay economía que salga a flote.

Argentina siempre ofrece otro lado de las cosas. De la inmensidad tropical de las cataratas de Iguazú a los fríos glaciares del Perito Moreno. De la riqueza de la Pampa, a la Patagonia fría y llena de contrastes. Para muchos historiadores, llegó a ser la segunda economía del mundo después de que la Segunda Guerra Mundial arrasase con Europa y buena parte del resto del mundo. Desde luego, su renta per cápita por entonces no estaba lejos de la de los Estados Unidos. Imaginar cómo ha sido posible que pase de la abundancia a la penuria no es sencillo sin dedicarle bastante tiempo a explorar su historia y las raíces de las grandes fortunas argentinas. De cómo llegó a ser un destino para inmigrantes en busca de un lugar próspero, donde poder ser felices, a un país del que mucho quisieran marcharse.
Hay una corriente, muy extendida, que concluye que Argentina comenzó su ruina por culpa de Perón y sus populismos, cometiendo un delito muy extendido entre los grandes gobernantes: gastar mucho más de lo que se tiene y, luego, darle a la máquina de imprimir papel. Un personaje como Perón, arrollador, culto, deportista, escritor, militar, incansablemente decidido a que los menos favorecidos accedieran a servicios esenciales por influencia de su segunda mujer, Evita, ungido por el pueblo, elevado a las más altas cimas de la historia argentina, pensaría que era casi divino, capaz de convertir todo lo que tocaba en oro.
Su figura política y personal ha dado para decenas de libros, de politólogos, historiadores, economistas y hasta adivinos, sembrando los estantes de las librerías de todo el mundo sin que tras esa extensa masa de papel sea posible condenarle inequívocamente como culpable de que Argentina no sea como Australia, o Canadá, países con los que los “libertarios”, los partidarios de recetas mágicas como las que propone el Fondo Monetario Internacional, o la estrella del momento, el excéntrico Milei, gustan de compararse. Esgrimen curvas de variables económicas de todo tipo en las que siempre el punto de inflexión, desde el que la tierra argentina comenzase a dejar de ser El Dorado para convertirse poco menos que en la apestada del mundo, el origen de los tiempos para que sus gobiernos se convirtieran en los mayores incumplidores de las obligaciones con los prestamistas, el momento preciso desde el que los precios se revolvieran alocados consiguiendo niveles de pobreza que no son aceptables en un país con las riquezas que tiene Argentina, ese punto maldito desde el que todo se fue al diablo, coincide con la llegada de Perón a la Casa Rosada.

De él se dice que les robó una fortuna incalculable a los argentinos, que tras él dejaría siempre la caja vacía para los que le sustituyeron. Hasta circula una leyenda, negra, por supuesto, que bien podría inspirar películas y seriales, con todos los ingredientes que suelen gustar al público: misterio, personajes que mueren sospechosamente, unos poemas de amor a su última esposa, Isabelita, y un anillo que habría desaparecido con las claves de una caja fuerte en alguno de los siempre mudos bancos suizos, convirtiendo a Perón poco menos que en un faraón de la Pampa, haciéndose enterrar con sus riquezas y sus secretos.
Es la historia de las manos de Perón.
Lo cierto es que lo que pasó con sus manos no le sucede a cualquier mandatario de medio pelo. Trece años después de su fallecimiento, su cuerpo descansando eternamente en un lujoso mausoleo del cementerio bonaerense de la Chacarita, cuando a plena luz del día unos individuos entraron tranquilamente, abrieron la puerta, más pesada que la propia historia argentina, y profanaron su tumba para cortarle las manos. Las primeras versiones, piadosas con el cadáver del mandatario que había dejado un legado que todavía perdura —el peronismo—, dijeron que se las habían cortado con un bisturí. Pero, en realidad, se las cortaron con una sierra eléctrica —Milei era todavía un imberbe como para ser sospechoso de haber puesto en funcionamiento su famosa motosierra—. Se llevaron con ellos, naturalmente, el anillo, la espada de general, su gorra y el poema de despedida a su última amada.
Los desconocidos enviaron una carta a la sede del Partido Justicialista, el partido que había creado Perón. Les pedían ocho millones de dólares para devolverles los símbolos del peronismo. El Libro del buen amor, del Arcipreste de Hita, nos enseña que las manos transmiten los pensamientos del hombre, sus misterios, sus amenazas y sus deseos. Puede que los ladrones, robando las manos del peronismo en persona, quisieran eliminarlo, hacerlo desaparecer de la vida de los argentinos, ahorrarles los sinsabores y penurias económicas que sus herederos continuarían con el tiempo. Quizás habría sido una buena inversión para los argentinos.
La justicia se puso manos a la obra. Pensaron que sería un móvil económico, por el rescate. Sin decirlo, también le dieron credibilidad a las habladurías sobre la fortuna ilegítima de Perón. Manejaron como primera pista el móvil político. Hicieron averiguaciones, detuvieron a sospechosos —¿no les resulta raro que fuese tan complicado identificar a unos tipos que actuaban a plena luz del día en uno de los mausoleos más visitados por los seguidores de Perón y por los turistas? —, descartaron la posibilidad de la cuenta suiza… Y sin saber muy bien por qué, dejaron en libertad a los detenidos, sin cargos contra ellos.
Y, de pronto, en esta historia siniestra aparece lo más asombroso.
Casi todos los que participaron en la investigación fueron muriendo, en circunstancias raras, asesinados. El juez, el jefe de policía, un comisario, varios detectives. El sereno, que estaba de guardia el día de los hechos, fue asesinado a palazos en el mismo cementerio.
Diez años más tarde de los hechos, olvidadas en un cajón de la comisaría que había llevado el caso, aparecieron unas llaves. Las llaves de la puerta del mausoleo.
No ha habido nada mejor para que la figura del inolvidable presidente se convirtiera en un asunto poco menos que mitológico que la historia de sus manos. Si los que idearon tan macabra profanación pretendían enterrar el peronismo, no lo consiguieron. Detrás de Perón llegarían otros seguidores de sus ideales para hacer más profunda la caída a los infiernos de un país rico, de la mano de los señores de negro del Fondo Monetario Internacional.
Quién sabe si los profanadores estarán disfrutando del botín suizo en algunas paradisiacas playas, a espaldas del sufrimiento de sus compatriotas. Después de leer una buena parte de la historia reciente, me temo que no habrán sido los únicos maleantes en ensañarse de manera macabra con la historia y la vida de los argentinos de a pie.
