Tenía 15 años cuando las calles de su barrio, en Bukavu, Republica Democrática del Congo, se llenaron de zombis, miles de refugiados tutsis procedentes de la cercana Ruanda. Huían de una de las peores masacres de la historia reciente de África. Los hutus se habían hecho con el gobierno pocos años antes. De pronto, alguien lanzó dos misiles contra el avión en el que volaban los presidentes de Ruanda y Burundi. Ambos hutus. No dudaron en culpar al Frente Patriótico Ruandés, un grupo tutsi. La cacería comenzaría de inmediato. Se calcula que los hutus asesinaron a más de un millón de tutsis. Caddy Adzuba era todavía muy joven. Crecía en un barrio tranquilo, habitado por madres que daban de comer todos los días a su familia. Lo que Caddy vio aquellos días lo llevará para siempre como una marca imborrable, una herida que no cesa de supurar dolor y rebeldía.
Dos años más tarde, ella y su familia fueron los que tuvieron que huir.

Un dictador, uno más de los hombres elegidos para hacerse con la independencia en los pueblos africanos, había conseguido arrebatarle una parte de la gran extensión del Congo a Bélgica. Mobutu Sese Seko se había encargado de que matasen a Patrice Lumumba, el artífice de la independencia del Congo belga, para convertirse en presidente de Zaire, luego llamado República Democrática del Congo. Mobutu era tan sanguinario y déspota como corrupto. Hacía lo mismo que la mayoría de los nuevos líderes africanos: acaparar todo el poder y la riqueza, empleando toda la brutalidad posible para eliminar a sus oponentes. Sus prácticas no ayudaron a educar a una población que había pasado demasiados años sometida a la barbarie belga. A él también le tendría que llegar su hora. En 1997, las fuerzas rebeldes, que se habían organizado desde Ruanda, invadieron Zaire y expulsaron del poder al sátrapa. Una nueva cacería estaba a punto de iniciarse. Cualquier sospechoso de haber apoyado al régimen de Mobuto estaba señalado. Lo estaban incluso sin haber apoyado a nadie, bastaba con haberse mantenido vivos, con haber podido comer cada día.
La familia de Caddy emprendió la huida, pero se quedó rezagada y la dejaron atrás. Pese a ello, siguió adelante y se salvó. Por el camino comprendió, con toda la crudeza imaginable, cuál sería su misión en la vida. Desde aquel viaje, no ha cesado de denunciar las atrocidades en el Congo, sobre todo las mujeres y las niñas, en un país dominado por la guerra, las venganzas entre diferentes grupos rebeldes y potencias exteriores que alimentan el odio para hacerse con las riquezas del país atravesado por el río de “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad.
Gracias a diferentes oenegés repartidas por el país, Caddy pudo estudiar. Se hizo abogada y periodista, profesión que ejerció durante muchos años en una emisora de radio instalada por las fuerzas de mediación de Naciones Unidas, una forma de repartir algo de esperanza entre las víctimas del drama congoleño. Desde los estudios de la radio, no paró de denunciar y documentar las torturas y violaciones que sufrían y sufren las mujeres en Congo, donde se estima que cada quince minutos una mujer o una niña está siendo violada.
Han intentado asesinarla dos veces. Lleva escolta permanente de la ONU. En 2014, su labor fue reconocida en España al recibir el premio Príncipe de Asturias a la Concordia. En el cortometraje “¿Pou Quoi?”, de la española Bárbara Allende, aportó la historia de una mujer cualquiera, un personaje real de entre los miles y miles de mujeres congoleñas sometidas a la peor de las torturas. Una esclava sexual, cautiva de una de las guerrillas, a la que obligaban a comerse a sus propios hijos, concebidos durante las incontables de violaciones a las que era sometida.

Hadijatou Mani fue vendida como esclava por su propia familia en Níger, cuando solo tenía 12 años. Nada nuevo en el Sahel, donde la práctica de la esclavitud es milenaria, y donde en 2025 sigue estando presente. Por Níger transitaban, hasta finales del siglo XIX, centenares de caravanas de esclavos rumbo a la costa atlántica, para embarcarlos a las Américas. Ya en el siglo XX, cuando el comercio de esclavos fue abolido oficialmente en todo el mundo, en el Sahel siguió existiendo. Ni siquiera el control francés, después de la Segunda Guerra Mundial, conseguiría levantar la terrible losa de la esclavitud. Francia y sus generales, preocupados por el control de las materias primas y la seguridad de sus expatriados, lo veían como una tradición cultural más.
En 2003, por la presión de oenegés y organizaciones antiesclavistas, como Timidria (https://timidria.org/), Niger al fin aprobó una ley que declaraba la esclavitud como un delito. Pero su persecución se tomaría con toda la parsimonia posible. Para Mani, la nueva ley no fue del todo una buena noticia. Su amo no tuvo más remedio que liberarla, pero la forzó a quedarse como esposa. No estaba dispuesto a deshacerse tan fácilmente de uno de sus juguetes sexuales. Una oenegé escuchó su caso, ciertamente un milagro, y llevaron a su “marido” a los tribunales. Maní, que había conseguido escaparse de la vigilancia de su carcelero gracias a la ayuda de un joven, fue acusada de bigamia. En un país musulmán. Tras cinco años de lucha, conseguiría un veredicto favorable. Desde entonces, Mani se ha convertido en una activista incansable contra la esclavitud en el Sahel.
Ornella, 11 años. Fue violada cuando solo tenía 4. Vivía en una remota aldea de Congo cuando las guerrillas pasaron por allí. Tuvo suerte, pudo sobrevivir.
Daniela, a los 13 años, la acusaron de brujería. La sometieron durante años a torturas, exorcismos y violaciones para sacarle el mal. Un mal que tan solo consistía en su alegre forma de danzar por las calles de su aldea.
Zabulanda. El grupo guerrillero FDLT, en el Congo, atacó su aldea. Obligaron a su padre a violar a su hija más pequeña. Se opuso. Le decapitaron y trocearon. A ella y sus hermanos les obligaron a comer sus trozos.
Bulanza, diez años. Violada. La rescató una oenegé y la llevaron a un hospital. Necesitó más de tres meses para recuperarse de las heridas. Dejó de hablar para siempre. No quiere estudiar.
Los casos anteriores están sacados de una exposición sobre la mujer en el Congo de la fotógrafa Isabel Muñoz, Premio Nacional de Fotografía en 2016. La frase con la que cierro este relato, pronunciada por Isabel en una entrevista con motivo del anuncio de su exposición en Valencia, define la realidad de miles de mujeres en el Congo con la precisión con la que los objetivos de sus cámaras fueron capaces de documentar el horror.
“Las congoleñas son heroínas porque eligieron vivir”

2 Comentarios
Luis Juárez
Unas historias muy duras y tristes, pero también yo considero que es muy importante darlas a conocer . Buen artículo Tomás.
Tomás Aranda
Muchas gracias, Luis. Ya sabéis que África es una de mis pasiones. Un continente plagado de dramas y guerras desconocidas para gran parte del mundo.