Shiori Ito, 25 años, es una joven periodista que persigue el sueño de trabajar con un gran grupo mediático de Japón. La han llamado para la entrevista final, con el jefe supremo, Noriyuki Yamaguchi, amigo personal del presidente de Japón, Shinzo Abe. Como cualquier aspirante que quiere causar la mejor impresión posible, se viste con educada elegancia y dulzura. La cita es en un restaurante. Poco después, su sueño se ha convertido en una pesadilla. Tiene a alguien, seboso, calvo y con barba, encima de ella, en la cama de un hotel.
El relato de Black Box, uno de los documentales seleccionados para los Oscar del 2025, comienza con una conversación con el taxista que les llevó hasta el hotel. Casi dos horas de buen cine, basado en las notas del diario que Shiori escribió detallando una agresión sexual que conmocionó la política en Japón. Sin atajos, sin posibilidad de escapatoria para el espectador, Shiori audita su propio caso ejerciendo su profesión, el periodismo, enfrentándose a una de las sociedades peor preparadas para darle credibilidad a un hecho demasiado frecuente y odioso para las mujeres de todo el mundo.
Japón puede que sea uno de los peores lugares del mundo para ser mujer. Ocupa la posición 138 de 146 países, el último de los países del este asiático, en el Global Gender Gap Report 2023 que publica World Econimic Forum (WEF, https://www.weforum.org/publications/global-gender-gap-report-2023). La mayoría de los países africanos se encuentran en mejor posición que el gigante del sol naciente. América Latina y Centroamérica, plagados de lugares y ejemplos en los que la vida de la mujer se desprecia con facilidad, se encuentran en mejor situación que Japón. El informe mide un conjunto de factores; en alguno de ellos, como educación y recursos, Japón no obtiene mala nota. Sin embargo, cuando se trata de darle oportunidades a las mujeres para un acceso igualitario al trabajo y a las posiciones de relevancia en la sociedad, Japón queda en el furgón de cola.

La sociedad nipona tiene una cultura muy singular, arraigada a lo largo de los siglos. Hoy, como hace mil años, los japoneses siguen mayoritariamente la doctrina de Confucio. El confucionismo clasifica la sociedad en una escala piramidal en la que el hombre ocupa la posición más elevada. La mujer queda relegada a ser la “emperatriz del hogar”. Su reino no existe más allá de las frágiles paredes de papel de las casas tradicionales japonesas. Fuera, los familiares varones dictan cómo deben de comportarse.
En la historia ha habido cierta evolución del papel de la mujer japonesa, aunque, sin duda, mucho más lenta que la habida en Occidente y Europa. Hasta finales del siglo XIX, durante la conocida como era Tokugawa (sogunato de Tokugawa, una serie de gobiernos militares que fueron sucediéndose desde el siglo XII), la mujer era tratada como semi esclava. No existían legalmente. La vida solo les reservaba ser amas de casa, amantes perfectas de sus maridos y tener hijos. En la escala social, cualquier hombre de la clase social más baja tenía más derechos que una mujer perteneciente a la más elevada. Las mujeres le debían obediencia al padre, después a su marido y luego a sus hijos varones mayores de edad. Toda buena japonesa tenía que casarse, incluso ahora, en el siglo XXI, les está marcada la obligación de hacerlo antes de que cumplan 25 años. Después pierden valor… El marido tenía derecho a matar a su esposa si se mostraba torpe, perezosa, celosa, por hablar demasiado o por hablar poco. Y, sobre todo, por no ser capaz de engendrar, al menos, a un hijo varón.
A finales del siglo XIX se produce un cambio muy importante en la sociedad japonesa. Se redacta la primera constitución, convirtiendo a todos los japoneses en súbditos del Emperador. Aun manteniendo la figura de la mujer sumisa que hemos visto en decenas de películas, la mujer avanzó algunos pequeños pasos de pie de Geisha al ser considerada súbdita del Emperador. Por primera vez se situaban en la escala social y en el ámbito del trabajo y la producción, al mismo nivel de los hombres. Conquistaron algunos modestos avances, como poder proponer divorciarse de sus maridos, siempre que existiesen pruebas que le dieran la razón —el imposible era demostrar esas pruebas—, o trabajar fuera del hogar. Las puertas de las endebles casas de papel se abrieron, aunque muy lejos de hacerlo en igualdad con respecto al hombre. Un ejemplo del acceso de la mujer al trabajo fueron los llamados “talleres del horror” de la industria textil de comienzos del siglo XX. Las condiciones laborales para las mujeres eran tan malas, que los empresarios las encerraban en los talleres de por vida, teniendo el derecho de hacerlas trabajar día y noche.
Los primeros movimientos, que podríamos denominar feministas, aparecen en los años veinte del siglo pasado. Avances asombrosos, si se tenía en cuenta la tradición y la historia, que fueron logrados en medio de un escenario de revuelta social y problemas económicos. La mujer, por primera vez, podía opinar para elegir a su marido, pese a que todavía tenían el deber de casarse. Podían decidir trabajar sin el permiso de un varón. Y podían heredar.
El final de la Segunda Guerra Mundial, con la destrucción y la carencia de hombres en condiciones de trabajar, impulsó una mayor participación de la mujer japonesa en el mercado laboral. Tras la posguerra, la economía empezó a vivir un boom que convertiría a Japón en la segunda potencia mundial, muy cerca de la americana. Apareció el concepto de “empresa para toda la vida”, a la que los trabajadores respetarían con el mismo sometimiento que al propio Emperador y en la que trabajarían con la misma disciplina kamikaze con la que pelearon en la Gran Guerra. Trabajar de sol a sol y dedicarse en cuerpo y alma a la empresa, convertida en un pequeño imperio dentro del imperio, era algo que las mujeres no podían permitirse. Por la sencilla razón de que sus obligaciones familiares habían cambiado muy poco desde el siglo XII. Y, en el caso de acceder al trabajo, las posibilidades de ascenso y promoción en la empresa eran y son una quimera. Hoy, apenas un 1% de los puestos ejecutivos en las principales compañías niponas están ocupados por mujeres. Menos del 10 % de los parlamentarios y miembros de los diferentes gobiernos, nacional y locales, son mujeres. Todo está armado para que sea el hombre el que trabaje. Incluso, el gobierno otorga beneficios fiscales a las empresas en las que sea el hombre el que trabaje para que la mujer se quede en casa.
La crisis económica de los años 90 cambiaría algo las cosas. El desempleo empezó a cebarse en los hombres, algo nunca visto desde el final de la Segunda Guerra Mundial, provocando un escenario dramático en las familias afectadas. Muchos hombres, por el honor perdido de no ser capaces de cumplir con el papel que la sociedad les reserva, se suicidaron. La reducción de costes y las reestructuraciones fueron una oportunidad para que más mujeres se incorporaran al trabajo.

La sociedad japonesa ya no es, quizás nunca vuelva a serlo, como era antes. Pero el patriarcado no ha desaparecido. Demasiados años de educación en un solo sentido. En un debate reciente, en la Asamblea de la ciudad de Tokio, la parlamentaria Ayake Shomura fue increpada mientras exponía una propuesta de políticas para la infancia. El parlamentario Akiro Suzuki le gritó: “¿no sería mejor que te casaras rápido?”. Ayake tenía 35 años. Para las tradiciones milenarias, estaba fuera del mercado. Y, sobre todo, estaba incumpliendo la obligación de ser madre. En un país que se enfrenta a un envejecimiento imparable, con un descenso dramático de la población, algunos no dudan en culpar a la mujer de la inviable ratio de natalidad (por cierto, ligeramente superior a la española).
La escritora belga nacida en Japón, donde pasó toda su infancia, Amélie Nothom, escribe en su libro “Estupor y temblores” que “la mujer japonesa nace con la idea de que nada bueno puede esperarse de la vida”. Y no va muy desencaminada si hablamos de violencia y acoso sexual. Aunque, en teoría, las leyes contemplan los delitos sexuales, menos del 95% de los actos de violencia y abuso sexual son denunciados. La prueba de la culpa corre a cargo de la mujer, que es señalada, criticada y perseguida. Sobre todo, por las propias mujeres.
Black Box nos hace un recorrido completo, amplio, asombroso y a la vez tenebroso de lo que puede esperarle a una mujer si se atreve a denunciar una agresión como la sufrida por Shiori Izo. Su caso supuso una especie de #MeToo japonés, un terremoto en la esencia de los valores japoneses, hasta el punto de que el documental sigue estando inédito en Japón. El mundo reglado nipón, que se enfrenta a un horizonte económico incierto por el envejecimiento y la baja natalidad, quizás sufra un nuevo colapso del honor de sus varones, incapaces de reconocer que no les queda otra solución que derribar las paredes de papel y permitir que la mujer deje de ser, de una vez, la geisha sumisa que nos muestran los grabados de la pintura japonesa clásica.

