Es una de las diosas de la música mundial. Para muchos, la más grande. Y eso que el panorama musical americano está plagado de grandes mujeres que fueron capaces de brindarnos la belleza, la fuerza y el compromiso de sus canciones.
Se llama Beyoncé. Y se autodefine como “feminista contemporánea”. Una voz prodigiosa de la que brota una catarata de mensajes para hacernos pensar mientras disfrutamos. ¿Qué más podemos pedirle?
Nació en Huston, Texas. Nadie mejor que ella para firmar su último álbum como “Cowboy Carter”, fusionando la explosiva música que la caracteriza con lo más arraigado de la música country. “Cowboy Carter” es un homenaje a un músico de country negro, Lesley Riddle, una rareza en el panorama de la música de los cowboys. Lesley trabajaba en una fábrica de cemento. Un accidente le amputó una pierna. Como no podía apoyarse como antes al tocar la guitarra, empezó a “rascarla”. Así nacería una técnica que años más tarde le plagiaría la familia Carter, una de las grandes sagas de esta música. Todos los guitarristas saben lo que es la Carter Scratch sin imaginarse que fue un negro de Carolina del Norte quien la inventó. Con ese homenaje como fondo, Beyoncé repasa en su último álbum la historia americana, repartiendo reconocimientos a través del empoderamiento de las mujeres y las minorías.
Ella y su familia son un culto al mestizaje, a la fusión de culturas. El padre de Beyoncé, trabajador incansable e impulsor de la carrera de su hija, es descendiente de esclavos africanos. Su madre, que pasó buena parte de su vida en Luisiana, es criolla, afrodescendiente con mezcla de americanos, franceses y algunos tintes de irlandeses. Ambas familias eran modestas, sobre todo la familia materna. Sin embargo, algo llevaban dentro, algo decía que esa familia estaba hecha para destacar en la creatividad. La madre, Tina Knowles, se ha hecho famosa como estilista y diseñadora con los rudimentos del oficio de sastre que había visto en su familia.
Beyoncé comenzaría muy pronto a destacar. Con seis años ganó un concurso de talentos escolares cantando “Imagine”, de John Lennon. Tras varios años buscando el camino para que las discográficas hicieran caso a alguno de los grupos en los que empezaba su carrera, a partir de 2001 explota como solista con una cascada de álbumes, vídeos y hasta películas. Llegó a participar en una versión de “La Pantera Rosa”. Aunque la sensualidad y la garra en sus actuaciones en vivo habrán tenido algo que ver con su meteórico ascenso, las letras de Beyoncé son un repaso perfecto a lo que sucede en la sociedad americana. Fuente de inspiración. Y también de crítica.
Que Beyoncé entone un réquiem por América es toda una señal. El título de la canción “American Requiem” puede hacernos pensar que la compuso pensando en lo que habría de venir. “Se habla mucho mientras canto mi canción, ¿pueden oírme?”, dice en una especie de estribillo. ¿Quién no es capaz de asociar el ruido constante en la vida americana de estos días con las constantes bravuconadas del inquilino de la Casa Blanca? Ruido, efectivamente hay un gran foco emisor de ruido que emana de esa privilegiada residencia, de sonidos y amenazas estridentes. Un ruido que no cesa y que le da la razón a Beyoncé cuando se pregunta si alguien puede oírla. “Mira aquí, mira allá, hay mucha charla aquí” …
Un poco más adelante nos dice que “Ahora es el momento de enfrentarnos al viento…”. Eso es, el viento huracanado del dicharachero será vencido, dejando que “entre el amor”, permitiendo que los americanos despierten con el ritmo del estribillo de esta canción que es toda una premonición. “Ahora no es el momento de fingir, ahora es el momento de enfrentar al viento”.
La portada de su último álbum nos muestra a una amazona radiante, con ropas de cowboy. No tenemos que cabalgar mucho a su lado para descubrir el compromiso de Beyoncé con las causas feministas. En cada actuación transmite la fuerza que lleva dentro. Nos recuerda la energía innata que todas las mujeres atesoran. No te dejes intimidar, recomienda a las mujeres solteras, “no necesito permiso”, “tuviste tu oportunidad, pero ahora vas a aprender”.
Quizás convenga recordárselo también al hombre de las corbatas rojas, tan largas que recuerdan al collar con el que se arrastra a un perro. Trump ha dado orden a todo el mundo para que garanticen, prueben y demuestren que nada de lo que llegue al sagrado suelo americano ha sido fabricado por empresas que siguen políticas activas de género. Ignora que su amada América está llena de mujeres fuertes, como Beyoncé, que se lo van a recordar, que pararán ese despropósito escupido con su vozarrón de niño malcriado, con la valentía y el mérito. Mujeres que, más tarde o más temprano, le dirán que tuvo una oportunidad y la dilapidó. Quizás sea hora de que las propias mujeres americanas le hagan aprender algo.
Nada mejor que hacerlo con un himno country. Beyoncé es la prueba de que la grandeza americana no consiste en gritar alto, ni amenazar como vulgar matón de barrio al resto de la humanidad. La grandeza de ese inmenso e increíble país reside en el poder de sus mujeres, en la riqueza del mestizaje, que se ha cimentado durante siglos con la llegada de millones de inmigrantes, y en la decidida pasión y creatividad de una sociedad que es fruto de una irrefrenable amalgama de culturas.
