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#36 De hoy no pasa

Ella le recuerda cada día, nada más despertarse, que tiene que ir al médico. Las luces de la noche todavía alumbran la habitación cuando, sin mirarle, girada hacia la ventana, le da los buenos días a su manera.

—¿Cómo puedes roncar tanto? ¡No me dejas dormir!

“De hoy no pasa”, le responde. Duda un momento, todavía recostado, hipnotizado con los números rojos del reloj que marcan las 6 y media de la mañana. Se levanta con la misma desgana con la que se quedaría en la cama. Cierra la puerta del baño. No da la luz, lo último que le apetece es la tentación de mirarse de reojo el cuerpo encorvado y flácido. Las farolas de la calle son tan endiabladamente potentes que la luz que se cuela por las ventanas, y por debajo de la puerta, es suficiente para orientarse. Se quita el pijama y se mete en la ducha. Está fría, seguro que el calentador ha vuelto a fallar. Maldice por haberles aceptado a los operarios de la caldera el cambio a un dispositivo que les permite hacer el mantenimiento desde donde diablos estén sus oficinas.

No se preocupa por volver a la habitación desnudo. Ella ni se inmuta. Ahí sigue, girada hacia la luz anaranjada del vecindario. Duda qué ropa ponerse, el médico que le ha buscado ella está por el centro, por esos barrios que antes transitaba con prisas, cuando trabajaba y era uno más de los ejecutivos arrastrados por una urgencia desconocida. No está lejos del del metro. Nuevos Ministerios. Línea directa. Mientras hace el café, se le caen al suelo de la cocina un par de platos.

—¿Qué habrás roto ahora…?

—Nada, no es nada —le grita a su mujer —, lo recojo, no te preocupes, ya lo recojo.

La cita es a las 10 de la mañana. No sabe qué diablos hará hasta esa hora. Se viste, busca el móvil por la casa. Está seguro de que lo había dejado en la mesa del salón ¿Qué más da? Se sabe de memoria la dirección, no necesita que ningún cacharro le guíe. Desayunará algo. Y paseará. Eso es, paseará por la plaza de la Torre Picasso. Diez años de su vida consumidos en esa Torre.

Baja a la calle, no se encuentra con nadie hasta que baja la escalera que da acceso a la calle principal. Los pocos que bajan hacia el metro caminan como si estuvieran en un desfile militar, llevan la cabeza gacha, mirando el móvil. Conforme se acerca a la boca de entrada, ve otras filas que, al juntarse, reducen el paso para integrarse en una sola, como si alguien las estuviese sincronizando. Por un momento, se le ocurre preguntarle a un chico por la extraña forma de moverse, pero nadie levanta la mirada del móvil. “¡Al diablo!”, se dice. Le importa poco cómo caminen.

El flujo es tan ordenado que nadie adelanta a nadie. Y eso sí le sorprende a Félix. Se queda parado un instante, en los tornos, para observarlos. Todos pasan por el mismo, pero se fija en que nadie acerca el bono de transporte para que se abra ¡Están abiertos! “¡Bah, será alguna de esas campañas absurdas del Ayuntamiento! ¡Transporte gratis! ¡Vaya ocurrencia!”, masculla mientras él también pasa por el mismo torno.

En el andén, se distribuyen en pelotones de forma mecánica. Al principio pensó que sería casualidad, pero cuando llegó el metro se dio cuenta de que cada pequeño grupo se correspondía exactamente con las entradas a los vagones. Félix era el único que caminaba mirando de un lado a otro. “¡Ahí siguen, con sus cerebros metidos en el dichoso móvil!”, se dice. Las puertas se abrieron solas. Juraría que siempre había que pulsar un botoncito verde para entrar. El convoy estaba medio vacío, al incorporarse, casi todos se distribuyeron en filas perfectas. Félix, como siempre, trata de buscar un asiento. Son tres paradas, pero las lumbares le siguen matando.

Descubre a la única persona en el vagón que, como él, no lleva móvil. Es una mujer, algo más joven que Félix. El pelo gris, muy desordenado, mal vestida, con una gabardina en la que se observa más de un lamparón, zapatillas de estar por casa, medias recias, de lana, como si hubiera salido a toda prisa. Mira a algún punto indeterminado del techo, los ojos llorosos y un leve temblor en las manos. “Tendrá problemas con la bebida”, piensa. “Una sintecho”. Aunque los sintecho no suelen moverse en el metro. Y menos a horas tan tempranas. Félix mira su reloj. Las 7 y media. Va a tener que darse muchos paseos hasta la hora del médico.

El único ruido en el vagón es el traqueteo del tren. A Félix le parece que va inusualmente rápido. La primera parada es una repetición de la escena que vivió en Mar de Cristal. Cuando entra el tren en la estación, se fija en los diferentes pelotones de pasajeros, invariablemente alineados y mirando el móvil sin levantar la cabeza. Las puertas se abren solas otra vez, los pasajeros entran y sin apenas tocarse entre sí se acomodan en filas alineadas. Nadie se baja en la estación. A Félix le empieza a sorprender. Ya sabe que, en el metro, casi todos los viajeros lo único que hacen es mirar el dichoso teléfono. Ven series, leen la prensa, pierden las neuronas en redes sociales, chatean con vaya usted a saber quién, como si fuese urgente tener que comunicarse todo el rato. Mira a la pantalla de la señora que tiene al lado. No suele hacerlo, le da vergüenza, pese a sus años, que le sorprendan cotilleando. En la pantalla hay un texto que Félix, con su presbicia galopante, no es capaz de leer. Pero debe ser tan interesante que la susodicha no levanta los ojos. Esperaba que estuviera viendo algo que verdaderamente le atrapase el cerebro. Un accidente serio, algún atentado, la última charlotada de alguna famosa. No le parece que sea un libro. “Vaya usted a saber qué es lo que hace que tantos tipos raros se comporten hoy como un ejército de marionetas”, piensa.

Llegan a Nuevos Ministerios. La misma parsimoniosa marcha de centenares de poseídos. Se colocan todos en el lado derecho de las escaleras. Félix, a pesar de sus años, todavía es capaz de adelantarles subiendo por el lado izquierdo. La curiosidad le lleva ya a mirar cada móvil. Todos parecen llevar un texto delante. “No puede ser”, piensa, “la gente ya no lee”. Le parece impensable que de la noche a la mañana a todo el mundo le haya dado por ponerse a leer.

En las escaleras que suben a la calle continúa el mismo patrón. Todos salen por la boca que lleva a Torre Picasso. La fila que serpentea por entre los edificios de la avenida de la Castellana se hace más espesa. No parece tener fin. La marcha se hace más lenta, por alguna estúpida razón siguen manteniendo la distancia exacta entre cada uno de ellos. Félix mira a su alrededor. A los lejos, en la otra acera, ve a algunas personas aisladas. Deambulan como zombis, sin rumbo fijo. Van tan mal vestidos como la señora del metro. Se paran, como ahora hace Félix, miran alrededor, retroceden, se giran y vuelven sobre sus pasos.

“Es muy temprano”, se recuerda, pero incluso a esas horas solían estar abiertas las cafeterías. Cerradas. Ninguna muestra signos de vida. Está seguro de que no es festivo. Deberían estar abiertas, o como mucho, preparando la apertura. No hay tráfico. Ni camiones de reparto aparcados en doble fila. Se fija en los semáforos. Están apagados. Las luces de la calle, todavía encendidas, parpadean, como neones a punto de fundirse. Mete las manos en los bolsillos de la gabardina, se sube el cuello para protegerse del frío. Sea lo que sea, a Félix empieza a no gustarle nada lo que está viendo. Le gustaría tener el móvil para ver las noticias.

Poco a poco sigue en paralelo a la fila que se encamina hacia la plaza Pablo Ruiz Picasso, a la torre blanca que fue la más alta de Madrid. Allí se bifurcan, otra fila parece dirigirse a la Torre Madrid y, al fondo, ve otra encaminándose hacia el Bernabéu. El ritmo se ralentiza más. Cuando llega a la explanada de la plaza, ve cómo la cola se detiene frente a la entrada. Acceden al edificio en grupos de veinte o treinta. Las puertas están abiertas. Solo recuerda haberlas visto así cuando hacían ejercicios de emergencias. Acelera el paso para ver más de cerca qué sucede en el interior. No hay vigilantes. Ni nadie en los mostradores en los que los visitantes tenían que registrarse. Los tornos que dan acceso a los ascensores están abiertos “¿Será un ejercicio de emergencia?”, piensa. “No puede ser”. Recuerda que, en esos casos, los únicos que se movían por el edificio eran los que estuvieran trabajando en el momento de sonar la alarma. No dejaban que entrase nadie ¿Cómo iban a dejar entrar si se trataba de una emergencia?

Se incorpora a una de las filas. Nadie le dice nada. Todos se dirigen al pasillo central, el que tiene los ascensores que llegan a la última planta. Se abren las puertas de los seis ascensores, todas al mismo tiempo. Félix se cuela empujando a una chica más alta que él. Viste un abrigo beige. A Félix le parece que debajo del abrigo, medio abierto, no lleva nada. En el minuto y medio que dura la subida, a Félix empieza a helársele la sangre al comprobar que todos los que están en el ascensor siguen mirando a sus móviles y ninguno parece haberse tomado la molestia de vestirse en condiciones. Los varones llevan, casi todos ellos, una gabardina, o un abrigo. Pero los pantalones no son de traje formal. “¡No, no es posible!”, se dice, parecen pantalones de pijamas ¡Sin calcetines! ¡Nadie lleva calcetines! De pronto, se da cuenta de que el ascensor ha subido sin que nadie le dijese en qué plantas pararse.

Los seis ascensores llegan al mismo tiempo. De sus cajones salen, con la parsimonia con la que se mueven los enfermos de un hospital, cientos de viajeros cubiertos con lo primero que encontrasen en sus casas. Hay hombres que parece que tampoco llevan pantalones debajo. Zapatos formales, los cordones desatados, mezclados con zapatillas de estar por casa. Giran y se encaminan hacia la puerta que sube a la terraza.

Al principio no ve nada. La masa, perfectamente alineada delante de la puerta, en filas que cubrían todo el ancho del edificio, no le permite ver lo que sucede. Félix, además, es más bien bajito. Imposible enterarse de lo que esté sucediendo con tanta gente delante. No escucha ninguna conversación que amortigüe el ulular de un viento gélido.

Poco a poco, se acerca a las primeras filas.

Al fin lo ve.

Con la sangre subiéndole al cerebro como un torrente, baja todas las escaleras del edificio. En la planta baja, patea la puerta para abrirla. Resollando, corre hasta la parte trasera, la opuesta a la entrada. Desde allí ve como siguen cayendo. Uno a uno, en una candencia perfecta, estrellándose sobre otros cuerpos ya vencidos que yacen una especie de rectángulo gigante, una caja trasparente, de metacrilato, con la forma de la carcasa de un móvil. Una máquina, sin operario que la maneje, retira el contenedor repleto de cadáveres. Otra, lo repone al instante.

Deambuló toda la mañana acunado por una banda sonora de golpes secos, como un grifo goteando. Cuando se dio cuenta, estaba en la puerta de su apartamento. Subió las escaleras.

Su mujer no estaba.

Rebuscó y rebuscó por la casa su móvil. Lo encontró debajo de la cama.

Había centenares de mensajes con instrucciones precisas.  

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