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#43 “¿Con cebolla, o sin cebolla?”

La frase se le escuchó al presidente del Gobierno de España, micrófono abierto, en una de las recientes reuniones del Comité de Seguridad Nacional a cuento del gran apagón. La duda entre ponerle cebolla o no al plato más internacional de la cocina española me trajo al recuerdo la anécdota de un amigo que pretendía hacer una gran tortilla. Al voltearla, se le cayó al suelo con gran estrépito, haciendo inviable para siempre su gran proyecto culinario. Alguien a su lado, de carácter más bien buenista, le disculpó diciéndole que “eso puede pasarle a cualquiera”. Otro de los atónitos espectadores, quizás más realista, le dijo: “sí, pero te ha pasado a ti”.

Éramos diez o doce. Frustrados por la evidencia de que esa noche no comeríamos caliente, nos quedamos mudos sin saber qué más decirle al desolado cocinero. Él, en cambio, comenzó a balbucear algunas justificaciones. Primero empezó acusando al que trajo la sartén. Una sartén enorme, como correspondía al ambicioso proyecto. “Seguro que era de mala calidad”, repetía como un loco. “Por eso se pegó”. El aludido se defendió con rabia. “La sartén era de la mejor calidad del mercado”, nos decía. Sabía de buena tinta que con esa misma sartén se habían hecho centenares o miles de tortillas, sin que ninguna hubiera terminado por los suelos.

Como el asunto sartén no calaba entre la concurrencia, mi amigo comenzó a echarle la culpa al gas —“¡caray con el ruso, de lo que es capaz ese sátrapa con tal de aguarnos la fiesta!”, pensé —. “Si hubiésemos usado una cocina eléctrica, limpia y segura, el mejunje no se habría recalentado tanto”. “No hay quien controle al maldito gas, no como a las placas eléctricas, tan dóciles y obedientes…”, repetía con grandes aspavientos y amenazas hacia el que había puesto la casa para el festejo.

Los asistentes a la debacle no terminábamos de creernos ninguna de las justificaciones. Todos nos fiábamos del colega que había llevado la sartén, sabíamos que era un tipo serio y cumplidor. Y eso de que el gas no hay manera de controlarlo… no parecía cierto. Con un buen manejo de los mandos, una cocina a gas es lo mejor de lo mejor en el arte de los fogones.

Ante nuestra cara de incredulidad, el Ferran Adrià de las tortillas comenzó con una letanía de acusaciones. Recordó que el que estaba a su derecha le miró mal antes de darle la vuelta al guiso. Hasta insinuó que le había puesto una zancadilla en el momento justo de la voltereta, el momento más crítico del asunto. Nos recordó a todos su desapego, la falta de compromiso y empatía, por no hablar claramente de miserable resistencia al hecho innegable de que aquella tortilla, sí, aquella sublime tortilla, sería la mejor tortilla del mundo. Se puso muy serio, categórico, incluso cansino. “Ya os lo había advertido. De este a la derecha no puede esperarse nada bueno”. Hasta le exigió explicaciones al dueño de la casa por haberle invitado.

También tuvo palabras para los que estaban a su izquierda en el lance definitivo del proyecto de gran tortilla. No sabía decirnos quiénes le habían alentado y quiénes no. Sospechaba que entre los de ese lado, en general, sus mejores amigos, también había unos cuantos encantados con el fisco. Me consta, es verdad, ahora que hago memoria, que muchos de ellos no son precisamente proclives a las grandezas. Lo suyo es más chiquito, más comunal si se quiere, menos ambicioso. Pero de ahí a haber contribuido al desatino…

Mientras estábamos entretenidos con las pesquisas acusatorias, descubrimos, de pronto, que no quedaba prueba alguna de que la gran tortilla terminara en fiasco. Nuestro seguro y altivo cocinero se apresuró a tirar a la basura, entre queja y queja, los restos del gran desastre. “¡Ojito con ir por ahí diciendo que algo había salido mal!”.

Llegados a ese punto, estaba descompuesto, amenazaba a diestro —sobre todo— y siniestro. Algunos de los asistentes empezaron a darle la razón. Hasta comenzaron a bailar y hacer chanzas a sabiendas de que esa noche se iban a quedar sin cena. Uno hasta nos propuso que declarásemos aquel día como el día de la gran tortilla. Y que saliésemos a la calle para, entre palmas, agradecerle a nuestro venerado cocinero su gran habilidad, su destreza y entrega por mantenernos a todos bien alimentados.

A mí, todo aquello empezaba a cansarme. Me fui a la habitación, con ruidos de tripas por no haber cenado, con la intención de terminarme “1984”, de Orwell. Abrí la cama, me puse el pijama y me dispuse a la lectura. Encendí la lámpara de la mesilla.

De pronto, se fue la luz.

1 Comentario

  • Carlos
    Al corriente 01/05/2025 en 12:11

    Mejoras según va pasando el tiempo…sin duda vendrá una novela con trasfondo político,sobre el fracaso de los actuales politiquillos y lo que debería ocurrir.
    Por cierto,creo que hay error,que antes se decía de imprenta,en el apellido del cantante de Nirvana.
    Sigue escribiendo,para deleitarnos a tus admiradores!<

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