Había decidido dar por terminada la temporada, pero era un buen torero, de los mejores, de los que llenaban las plazas. Los empresarios, los representantes, no miden los riesgos, no se dan cuenta de que a sus representados la barba les crece más deprisa los días de lidia. Aceptó dos corridas más, una en Logroño. La última, en Pozoblanco. Allí le esperaba Avispado.
Francisco Rivera, Paquirri, cambió varias veces las fechas y la ganadería. Tal vez presentía algo. Finalmente, eligió toros de la ganadería de Sayalero y Bandrés, por entonces, muy apreciados por los primeros espadas de la fiesta nacional. Hasta la tarde aciaga del 24 de septiembre de 1984, habían regalado hermosas tardes de buen toreo, nobleza y entrega.

Nadie salió bien parado de aquel día. La plaza de toros de Pozoblanco ya arrastraba una leyenda negra. Los dos toreros que torearon el día de su inauguración en 1912, Corchaito y Sánchez Mejía, morirían en circunstancias casi idénticas a las que se llevaron por delante la vida de Paquirri. José Cubero Sánchez, El Yiyo, compañero de cartel, fallecería un año más tarde, en una corrida en la que el toro llamado Burlero le atravesaría el corazón como un cuchillo. La propia ganadería quedó maldita. Su propietario moriría asesinado, en extrañas circunstancias, un año después y, pocos años más tarde, su divisa desaparecería de los ruedos.
Las cornadas, en la vida y en la lidia, se ven venir y, pese a ello, avanzamos a su encuentro, como una fatalidad que no podemos esquivar. No queremos reconocerlas, siempre nos vienen mal y nunca estaremos preparados para su llegada. Pero las afrontamos, como una parte de nuestro destino. Paquirri sabía mucho de cornadas, de las del ruedo y de las de la vida. Quizás intuía lo que le esperaba. Algunos de los más cercanos contarían después que le vieron triste y preocupado, que insistió como nunca para que el hotel en el que se hospedó le pusiese en contacto con La Pantoja. Ella no contestó a ninguna de sus llamadas.
Tantos años rodeado de la nobleza de buenos animales a los que se enfrentó como un gladiador, Paquirri supo mantener la calma de los mejores pese a presentir lo inevitable. Avispado, un toro no muy grande, ligero y vivo, nervioso, que no cejaba de buscar la puerta del burladero desde la que descubriría las verónicas del matador, se le revolvió cuando trataba de llevarlo ante la suerte de varas. Su cuerno entró sin remedio en la ingle derecha, volteándole eternamente. Su cuadrilla supo enseguida de la gravedad de la cogida y, presurosos, fueron hasta él para llevarle a la enfermería. Sin darse cuenta de que la tenían a pocos metros, dieron con Paquirri toda la vuelta al ruedo, haciendo que el destrozo vascular regase de sangre el camino por el burladero. Tumbado en una improvisada mesa quirúrgica, con la entereza de los héroes, le dijo al doctor que aquella cogida era de las buenas, “tiene dos trayectorias, una paca´ y otra palla´”. El pitón le segó las venas ilíaca y safena y la arteria femoral. Tranquilo, con el poso que solo tienen los que cada tarde se enfrentan a la muerte, le dijo al doctor: «abra todo lo que tenga que abrir, el resto está en sus manos».

Pobremente dotados de medios, la intervención en la plaza fue solo un mal apaño. Decidieron trasladarlo al hospital Reina Sofía de Córdoba, a más de 65 km de Pozoblanco, por una carretera comarcal llena de curvas y pésimamente asfaltada. En su último viaje, Paquirri, todavía consciente, cuando ya se citaba de frente con la muerte, sin capote ni muleta con los que esquivarla, le dijo a su fiel mozo de espada, Ramón Alvarado: “tanto luchar, tanto luchar…y to´ pa´ na´”.
Igual que los ganaderos marcan a fuego en los toros la divisa de la ganadería, me pregunto si no deberíamos grabarnos también en nuestra piel esas últimas palabras de Paquirri. Y más que nadie, los personajes que transitan por la historia creyendo que a ellos la muerte no les visitará jamás, decidiendo como seres inmortales sobre las vidas de millones de ciudadanos, amasando fortunas que serán incapaces de disfrutar antes de que a ellos también les llegue un Avispado.
Ni siquiera tendrán el arte y la finura de Paquirri para sortearle por verónicas.

2 Comentarios
Nieves
Sabías palabras … Bravo Tomás
Tomás Aranda
Muchas gracias Nieves, la frase de Paquirri sería muy adecuada en las escuelas de negocio, de management. Y de vida, claro.
Escribí el relato muy afectado por la situación clínica de mi hermana Charo. La han operado del corazón y no salió muy bien. Ha estado dos semanas en coma, pero, afortunadamente, se va recuperando. Los médicos dicen que es un auténtico milagro. No le había llegado el momento.
Fuerte abrazo desde nuestro refugio de Llanes. Tienes que venir para disfrutarlo tú también.