Una vez me compré unas. Eran los años 80. En España las habíamos visto en los pies de cantantes icónicos, como Kurt Corvin, el líder de Nirvana, o como parte del atrezo irresistible de James Dean, el actor que derramó ríos de lágrimas y destrozó los corazones de las jóvenes de medio mundo. A mí, en cambio, no me sentaban bien. Tenía la sensación de que habían sido diseñadas para pies planos, o para gente muy alta, como los jugadores de baloncesto, que las habían promocionado y elevado a la cima en el competido mercado del zapato deportivo. Las encerré en algún armario y me olvidé de ellas hasta que hace unos días descubrí que, ahora, se fabrican en Vietnam, el patio trasero de Xi Jinping para evadir los arreones arancelarios del excéntrico Trump.

Un hijo de inmigrantes ingleses asentados en la costa este de los Estados Unidos, Marquis Mills Converse, fue el que tuvo la idea. Trabajaba de encargado en una fábrica de botas de trabajo, resistentes, robustas y cálidas para soportar los crudos inviernos de New Hampshire. Un día, bajando unas escaleras metálicas, se resbaló y se dio un buen golpe en la cabeza. Aturdido, en vez de maldecir su suerte, se le ocurrió la idea de hacer unos zapatos con las suelas adherentes. Y pensó que el caucho sería un buen material para ello. Así nacería, en 1908, la compañía “Converse Rubber Shoe Company”. No tenía ni idea de que acababa de alumbrar a uno de los verdaderos símbolos americanos.
Los comienzos no fueron brillantes. Las suelas de caucho en los zapatos no terminaban de enamorar al laborioso y, en cierto modo, clásico mercado americano de principios del siglo XX. De manera que completaba sus esfuerzos empresariales fabricando neumáticos y otros trastos a base de caucho. Lo que más vendía eran unos cubre zapatos que se ponían sobre los elegantes zapatos de cuero para que no se mojasen en la nieve ni resbalasen en el hielo. Nada más alejado del glamuroso futuro que le esperaba a la industria Converse.
Hacia 1915, uno de sus colaboradores le sugirió fabricar zapatillas para tenis. Más tarde, el mismo iluminado le dijo que si las hacían tipo bota, cubriendo el tobillo, las podrían vender entre los incipientes amantes del baloncesto. En 1917, la historia de Converse cambiaría definitivamente gracias a uno de esos espigados locos que perdían su tiempo en las canchas de baloncesto desperdigadas por los barrios bien de las principales ciudades americanas.

Para algunos fue el primer influencer, alguien con un carisma irresistible del que se beneficiaba para potenciar cualquier cosa que cayera en sus manos. O en sus pies. Se llamaba Chales Hollis Taylor, conocido en el todavía rudimentario mundillo de los jugadores semiprofesionales del básquet americano como “Chuck” Taylor. Se compró unas. Al principio no le gustaron. Calentaban demasiado el pie y en los escarceos del juego de la canasta le rozaba en los tobillos hasta hacerle sangrar. Pero tuvo la osadía de ir a ver al señor Mills y convencerle de que introdujese un par de cambios en el diseño: dos agujeros a la altura del arco del pie, para “refrigerarlo”, y un parche de cuero en la cara interna, a la altura del tobillo, para protegerlo de los roces y los golpes. Poco después, “Chuck” se encargaría de representar a las ya reconocibles Converse por todo los Estados Unidos, hasta su muerte, allá por 1969. Su legado sería imborrable para la firma. Chuck sería por siempre sinónimo de zapatillas Converse. Y su popularidad ha resistido hasta nuestros días.
Si el prestigio de las Chucks en el campo del calzado deportivo crecía y crecía, gracias a las influencias de “Chuck”, más asombrosa fue la transformación en icono de la cultura pop y el cine. Desde que James Dean las inmortalizase en sus poses de chico rebelde, centenares de artistas de los 70 y 80 calzarían con orgullo alguno de los modelos Converse en sus apariciones públicas. The Ramones, Aerosmith, U2… decenas de grupos que dominaban las listas de éxito las hacían brillar en las portadas de sus discos o en los conciertos. Julia Roberts nos enseñó a caminar sobre ellas luciendo alguna de sus sonrisas inabarcables. El éxito comercial fue tan abrumador que se llegó a estimar que, durante el pasado siglo, más del 60 % de los norteamericanos habían tenido en algún momento de sus vidas unas Converse en el mueble zapatero.
La historia empresarial de las Converse, sin embargo, no ha sido tan idílica. Con el impulso del influencer “Chuck” crecería en ventas hasta situarse en niveles millonarios en la antesala de la Gran Depresión. La crisis de los años 20 tampoco se apiadó de Converse Rubber Shoe Company, sufriendo su primera quiebra, ni de su fundador, que moriría en 1931. Comenzaría entonces una larga lista de cambios en la propiedad sin que ninguno de los nuevos patrones aportase nada relevante a la grandiosa historia comercial de las zapatillas de la estrella azul de cinco puntas sobre parche blanco. Primero la compraría otro empresario del caucho —seguían haciendo productos con ese material—,
Mitchell B. Kaufman. Kaufman tampoco resistiría los embates de la crisis y, solo un año después de quitársela de las manos a los herederos de Mills, la vendería de nuevo a Albert Welchester. Después llegaría la familia Stone para aprovecharse de la edad de oro de la economía americana tras la gran crisis de 1920. Ellos llevarían la marca al nivel de activo legendario, un símbolo por siempre unido al sueño americano que irradiaba de grandeza y poderío económico al gigante americano después de la Segunda Guerra Mundial. Los Stone ampliaron acuerdos comerciales con la NBA, con el ejército americano, firmaron contratos con las principales estrellas del firmamento del deporte, la música y el cine. Magic Johnson, uno de los mejores baloncestistas de la historia de la NBA, seguiría la estela de “Chuck” representando a la firma en cada cancha de la mejor liga del mundo.
Por más que el éxito de imagen fuese innegable, la gestión de la dinastía de los Stone no impediría que Converse se enfrentase a nuevas turbulencias económicas. En 1986 fueron los problemas de liquidez los que llevaron a un nuevo cambio en el capital. La compañía Interco se haría con el símbolo americano por excelencia, pero comprendió de inmediato que era hora de buscar fabricantes con costes más razonables para mantenerse en un mercado, el de las zapatillas deportivas, que a finales de los 80 ya era extremadamente competido. Una nueva quiebra´, en 2003, terminaría con el sueño del señor Mills en manos del gigante Nike. Las Chucks ya nunca volverían a fabricarse en suelo americano.
Nike, un gigante con los pies de caucho, tiene claro que, en los tiempos que corren, la asombrosa idea de Trump de devolver a fábricas americanas la producción de iconos como las Converse es imposible. Nada más hacerse con la marca, llevaron su producción a China. Y allí siguió hasta 2018, cuando la primera acometida arancelaria de Trump contra el gigante asiático elevaría los costes de producción. Nike y el cuco de Xi no se pusieron muy nerviosos. Muy cerca tenían a Vietnam, libre de aranceles, quizás por la mala conciencia histórica que los americanos arrastran desde que se ensañaron a base de bombas de napalm con su población.

El inquilino del Despacho Oval amenaza ahora también a los vietnamitas. No parece que su cerebro procese con claridad la historia. Ni los símbolos. Tampoco parece que preste atención a su propio entorno. A Melania le gusta pasear por el esplendor de la hierba de la Casa Blanca luciendo unas radiantes Converse. Ella es alta. Le quedan bien.
