Dos jóvenes corren por un campo de verdes praderas hacia un atardecer dorado. De fondo, Yuval Raphael canta “Un nuevo día surgirá”. Es el video oficial de la cantante que representará a Israel el 17 de mayo de 2025 en Eurovisión. La podremos escuchar defendiendo a su país gracias a haberse ocultado durante más de ocho horas bajo decenas de cadáveres. Superviviente del más criminal ataque de Hamás, no se librará de la crítica mundial a Israel por el genocidio que vienen ejecutando en Gaza.
“Un nuevo día surgirá, y, cuando digas adiós, jamás te marcharás”. La canción es un canto de amor, una letra pegadiza, de las que suelen gustar en un festival musical que se ha convertido en una competición dominada por la extravagancia. Tiene ese insulso encanto que tanto viene brillando en las últimas ediciones. Una música ecléctica, desabrida y pegadiza que tendría muchas posibilidades de hacerse con el primer premio.
Raphael es una belleza, llena de potencia, con encanto suficiente para deslumbrar al jurado. También es uno de los miles de jóvenes que asistieron a un festival musical en Reïm, una pequeña localidad al sur de Israel, a menos de cinco kilómetros del límite con la franja de Gaza. El festival se llama “Supernova Suknot Gathering” y se viene celebrando desde 2011. Sus promotores tratan de unir a las diferentes culturas mediterráneas a través de la música. Un sueño que traería la paz a una región asolada por conflictos, guerras y desplazamientos humanos, casi desde el origen de los tiempos. El lugar de celebración cambia cada año. Comenzó recorriendo las principales ciudades de Israel: Tel Aviv, Jerusalén, Nazaret… en 2023, los organizadores escogieron una localidad nacida por el ánimo expansionista judío, en pleno desierto de Negev.
En la edición de 2023 tenían previsto actuar hasta 24 grupos musicales, una paleta de estilos musicales proveniente de las dos culturas. Había rap árabe, a cargo de jóvenes músicos palestinos, música electrónica, tecno, rock del duro y baladas soñadoras que salían de voces casi infantiles, con la mezcla de acentos que caracteriza el popurri del hebreo y el árabe. Asistieron más de cuatro mil personas. La mayoría eran judíos, pero también asistieron muchos jóvenes de otros países.
El lugar del concierto se encontraba a lado de un kibutz. Comunidades surgidas a partir del ideario sionista, de corte socialista, con una filosofía centrada en la vuelta a la tierra y al cultivo de los productos que se han de comer. En la práctica, los kibutz vienen siendo una forma de expansión de los judíos en territorios que antes estaban habitados por palestinos, muchos de ellos desde hace decenas de años. Un buen israelita, un judío, nos explicaría que los kibutz son buenos. Producen mucho más que las prácticas agrícolas, casi prehistóricas, que usan los palestinos. Ellos aplican tecnología para el agua, cuidan de la tierra, usan fertilizantes naturales. Y viven bajo un concepto de comunidad que ha atraído a decenas de militantes de la izquierda mundial que no dudaron en dedicar unos cuantos días a convivir con los colonos judíos.
Para Hamás, el emplazamiento parecía perfecto. A pocos kilómetros de sus bases escondidas por el denso entramado de calles y edificios de Gaza. Para añadirle atractivo a sus planes perversos, el lugar estaba rodeado por un kibutz, la expresión práctica de todos los males para los palestinos oprimidos por el expansionismo sionista.
Raphael tuvo suerte, pudo salir viva de la masacre organizada por Hamás. Su cuerpo estaba cubierto por la sangre de decenas de víctimas, con heridas por metralla. Permaneció durante horas, en silencio, procurando que los atacantes la confundieran con un cadáver más. Hasta que cesaron los disparos y solo quedaron el silencio y la muerte a su alrededor.

Si la historia de Raphael caminase sola, sin la horrenda compañía de las imágenes grabadas en nuestra retina de la intervención del ejército israelí en todas las zonas habitadas por palestinos y los activistas de Hamás. Si no supiéramos de los miles de muertos civiles, niños, mujeres, hombres, todos inocentes, que seguramente también odian a Hamás. Personas que solo desean una vida en paz. Si la cantante que nos dice que un nuevo día surgirá no llevase sobre sus hombros la losa de la hambruna diaria, de la destrucción y la desesperanza provocada por una intervención militar extrema. Si nada de eso existiera, la historia de valentía y superación de Raphael conmovería al jurado y a los telespectadores de Eurovisión. Tal vez ganaría el primer premio.
Decenas de asociaciones, cantantes y artistas que participaron en otras ediciones, claman contra la Unión Europea de Radiodifusión (UER), una corporación de la que son socios todos los países europeos y también Israel. Piden que se excluya a Raphael, que no pueda participar. Exigen para Israel el mismo trato que la UER dio a Rusia, vetando a sus representantes como forma de castigo por la invasión de Ucrania. “¿Qué razones hay para que no se aplique la misma lógica contra un país que masacra a diario a la población palestina de Gaza?”, dicen en sus manifiestos.
Sin duda, cada uno de los que todavía viven en la franja de Gaza desean que haya un nuevo día para ellos, y que alguien les cante que “jamás se marcharán”. Desearán no tener que decirles adiós a sus seres queridos. Desearán vivir con el mismo derecho a la vida que rescató a Raphael de entre los muertos.
