Un amigo, aspirante a escritor como yo, me contó que recibió una llamada de un número desconocido. Sospechó que al otro lado de la línea estaría alguno de esos molestos comerciales dispuestos a engatusarle con una oferta inmejorable para su fibra. En cambio, escuchó a alguien que le hablaba rápido, como un agente de la autoridad, con prisas para soltarle su mensaje. “Vamos a proponer su candidatura al Premio Planeta.” Solo tendrá que publicar en sus redes sociales lo que le enviemos a su debido tiempo”. Mi amigo, ya sin aliento, escuchó mudo las últimas instrucciones: “si está de acuerdo, envíe un mensaje de WhatsApp a este mismo número…”.
No es necesario que diga que lo anterior me lo he inventado. Tengo amigos, sí, que pelean por hacerse un sitio en el complejo mundo de la escritura. Pero ninguno de ellos ha recibido semejante propuesta. Ni creo que Grupo Planeta se avenga a tratos como el que describe la introducción a este artículo. Una fake new, un bulo, que diríamos en estos tiempos. Sin embargo, lo inquietante es que, según lo estaba escribiendo, comenzaba a asaltarme la duda de cómo habría reaccionado yo si una llamada semejante hubiese existido.
Vaya por delante también mi absoluto respeto al gremio de los escritores y artistas en general. Mundos, los del arte y la literatura, en los que resulta cada vez más complicado ganarse la vida. Sirva como prueba la siguiente retahíla de información. Según datos del Ministerio de Cultura, en España se publican cada año más de quince mil títulos, de todo tipo y género. El ingreso medio por título no llega a los 10 euros. Téngase en cuenta que cada vez pesa más el formato electrónico, más barato que el libro en papel. Gracias a monstruos de la literatura y grupos editoriales tan exitosos como Planeta, se venden de media unos dos mil ejemplares por título, pero lo más frecuente es que los nuevos autores consigan a duras penas vender unos trescientos. También se estima que el esfuerzo para escribir un libro, una novela, por ejemplo, requiere un año o más de dedicación, ahínco y arte. Después de todo ello, en el mejor de los caos, al autor le habrán quedado unos dos mil euros de beneficio.

La terrible cascada de datos de la industria editorial hace que entendamos perfectamente que para ganarse la vida con las letras se tengan que hacer filigranas y toda clase de actividades. Cursos, colaboraciones, pódcast, newsletters, talleres de escritura y lectura… Todo vale para ganarse la vida con cierta dignidad si no estás tocado por la diosa de la gloria, la fortuna o la excelencia. Por ello, espero que sean comprensivos conmigo si les confieso que a mí también me habrían asaltado las dudas si me hubiesen ofrecido el Planeta a cambio de transformarme en un peón más de la factoría de “el relato”.
La tentación de convertirse en colaborador necesario del poder, político, pero también de otros ámbitos, es universal. Y eterna. Cuentan que Roma, en sus primeras etapas expansivas, encontraba injusta e indigna la forma en la que los historiadores —sobre todo los griegos— narraban sus hazañas. Así, los primeros emperadores y cicerones repartieron entre los más fieles las plumas con las que habría de escribirse la historia del Imperio Romano. Todo un ejercicio de propaganda política con unas redes sociales bastante primitivas… Imagínense lo que los políticos y gobernantes actuales, no importa de qué tendencia o nación, serán capaces para perpetuarse en la historia.
Lo preocupante del relato inventado es el debate moral y ético sobre qué precio estamos cada uno de nosotros dispuestos a aceptar para quebrar los principios y valores que creíamos irreductibles. Ya saben de aquel principio marxista —de Groucho Marx—: “Damas y caballeros, estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”. O la película “Una proposición indecente”, en la que Robert Redford y Demi Moore nos pasean por el dilema del precio de la infidelidad.
Es ciertamente un debate inconcluso. Cada persona sabrá encomendarse para responderse. En una ocasión un sindicalista, con el que en mis tiempos de director de aeropuerto hice buena relación, me invitó a una comida para hablarme de “un negocio” con sus socios. Me presentó más o menos como sigue: “Tomás es un buen profesional, buen amigo. Solo tiene un defecto: es demasiado honesto”. A aquello reaccioné, supongo que, por puro instinto, diciéndole que la honestidad es un asunto binario. O se es o no se es. Nunca hicimos negocio, claro.
Me condeno a esta reflexión como forma de aliviarme de la depresión que me genera la multitud de periodistas, opinadores y también escritores a diario, sobre todo en redes sociales, explicando lo inexplicable. Personajes que un día son capaces de aleccionarnos sobre las bondades de sistemas energéticos complejos y al siguiente nos ilustran sin despeinarse sobre las posiciones políticas de un nuevo Papa. Quede constancia de que lo hago como forma de penitencia anticipada por un pecado que todavía no he cometido, pero, ¿quién sabe si algún día cometeré?
Valgan estas cavilaciones como muestra de indulgencia con esos esforzados jornaleros del relato. Ahora que estamos en periodo de nueva gracia papal, recordemos lo que dijo Cristo a sus discípulos: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.
