Cuenta una leyenda que, en el origen de los tiempos, vivía una loba solitaria en los bosques de Siberia. Desde lo alto de peñascos y riscos dominaba con su vista un valle en el que vivían unos aldeanos turcos. Cuando se juntaban por las noches, al calor de una fogata, escuchaban sus aullidos y levantaban la vista para ver el perfil de la loba sobre el fuego radiante de la luna llena. No le tenían miedo. Al contrario, se sentían protegidos por ella.
Al atardecer temprano de un día de invierno, la aldea fue atacada y sus habitantes perseguidos y asesinados. Solo se salvaron tres hermanos. El más pequeño, de apenas cinco años, se escondió tras un barril. En medio de la noche, muerto de miedo, sintió cómo llegaba la loba para tumbarse a su lado y darle calor. Pasaron los años y el niño, protegido, alimentado y adiestrado por la loba, creció fuerte y ágil. Una noche estaban los dos oteando desde los riscos el valle en el que solo quedaban ruinas de la vieja aldea cuando vieron a dos figuras caminar entre los escombros. Al aullido de la loba, los hermanos respondieron con silbidos, invitando a la loba y su cría humana para que bajaran. En cuanto estuvieron a su lado, descubrieron que el receloso chico, cubierto con una piel de oso, era el hermano que habían dejado atrás en su huida de la aldea. Le contaron que ahora vivían mucho más lejos, en las estepas, en las que tampoco les faltaban luchas con otros pueblos para proteger sus cultivos y su ganado. “Ven con nosotros”, le dijeron. “Puedes ayudarnos contra los que destruyeron nuestro clan, tienes el instinto de un lobo”
La historia tiene múltiples versiones y hay quienes cuentan que por ese origen todos los turcos, sobre todo los varones, tienen hombros de lobo. Se encuentra en la mitología de los pueblos turcos, desde los uzbekos, kirguizos, azerbaiyanos hasta los turcos de la península de Anatolia, que creen firmemente que una loba les salvó de la extinción en las estepas del Asia central, conformando su carácter, fiero y retador, tanto como su cuerpo y sus ojos penetrantes.
Es algo sorprendente que en España se le haya dedicado tan poca literatura y espacio al que fuera el mayor enemigo del imperio español. El Imperio Otomano, transformado y diezmado en la República turca, que los mapas actuales trazan en la antesala de Asia y de Medio Oriente. Y no será por las apasionantes historias que hay detrás de la evolución, desde los selyúcidas, asentados desde los límites orientales del Imperio Bizantino hasta la India y desde las estepas siberianas hasta Yemen, pasando por el Imperio Otomano y la Turquía moderna. Un milenio lleno de guerras, en las que siempre estuvo presente la religión, personajes de epopeya y cuentos milenarios, rico en pueblos y razas que marcaron la historia de la civilización desde los tiempos de Bizancio hasta nuestros días.
La Turquía actual es una versión apocada del gran Imperio Otomano, que subsistió más de 600 años hasta que en 1922, tras haber sido derrotados en la Primera Guerra Mundial, fuese declarada la República de Turquía liderada por el gran Mustafa Kemal Atatürk. Los otomanos habían luchado en el mismo bando que el Imperio Austro-Húngaro y Alemania. Con la derrota, los territorios del Imperio Otomano se los repartieron entre los aliados, franceses e ingleses, principalmente, por el tratado de Sèvres. Países como Líbano, Palestina, Siria o Jordania nacerían entonces de los restos del gran Imperio. Los turcos, animados por el espíritu libre y guerrero de la loba milenaria que les supo proteger en la noche de los tiempos, se rebelaron contra las tropas aliadas hasta expulsarlas. Atatürk se convertiría en el primer presidente, instaurando un régimen de partido único, algo muy común entre los líderes carismáticos, y llenaría de estatuas con su imagen todas las ciudades de los límites territoriales asignados a Turquía.

Para los que se animen a navegar por la riqueza de la historia turca, les recomiendo el libro “El Turco: diez siglos a las puertas de Europa”, de Francisco Veiga. Pero mi favorito, para que todos los matices de la historia turca ericen la piel sin necesidad de convertirse en un experto historiador, es “Nieve”, del Premio Nobel Orhan Pamuk.
En la historia de “Nieve” no encontrarán a la loba milenaria, ni menciones a las batallas de los selyúcidas contra los mongoles, ni de Gengis Kan, que masacraba todos los pueblos y aldeas que conquistaba para asegurarse de que no tendría a nadie por la retaguardia. Y, sin embargo, todo ello parece que está bajo la piel de Ká, el protagonista, a punto de brotar. Un poeta que vuelve, en los años setenta, a Kars, un remoto pueblo turco cerca de la frontera sur de la Unión Soviética, para escribir un artículo sobre las razones que llevan a multitud de mujeres jóvenes a suicidarse. El libro es una historia de amor imposible y dura que se desarrolla en un lugar aislado por una tremenda tormenta de nieve, encerrando todas las sensibilidades de la política turca hasta su irremediable estallido.

Con la lectura de “Nieve” nos situaremos en medio de la estepa, sentiremos el viento de las legiones de guerreros arrasando todo a su encuentro y viviremos el nacimiento de todas las frustraciones que condenan a esa zona del planeta al castigo eterno de la guerra y la desconfianza. Un paisaje en el que cuesta imaginarse buenas noticias, como la reciente renuncia a la lucha armada del PKK, el partido kurdo enfrentado al Estado desde la misma creación de la República.
Si se miran con detenimiento las fotos de su líder, Abdullah Öcalan, no cuesta encontrar la mirada fría y lejana de la loba que salvó a las tribus turcas mucho antes de que Atatürk instaurase lo que hoy conocemos como Turquía.
