Era tan buen fotógrafo que hizo bella la miseria humana. El pasado 25 de mayo de 2025 murió Sebastião Salgado, alguien que buscó por todo el mundo las pruebas de la depravación del ser humano, que dio buena fe de guerras, hambrunas y violencias de todo tipo y condición. Un artista que, abrumado por su propia obra y por lo que vio, se retiró a su tierra natal, Minas Gerais, en Brasil, para reconstruir una parte del territorio devastado por la mano insaciable de los especuladores.

El mejor camino para conocer la impresionante obra de Sebastião es el documental de Wim Wenders “La sal de la tierra”. El cineasta alemán supo de la existencia de Sebastião cuando vio en una galería una de sus fotos. La foto de una mujer tuareg ciega. Le impresionó tanto, que se dijo que tenía que conocer quién era su autor. Se embarcó durante varios años en el agotador empeño de seguirle la pista al fotógrafo y a la persona.
Investigó sus orígenes entrevistando al padre, que recordaba lo difícil que era de joven, bastante negado con los estudios y con una rebeldía quizás propia de saberse el único hijo varón rodeado de siete hermanas. Le describía como alguien bohemio y viajero. Le convenció de que estudiase una carrera, economía, aunque el Sebastião padre quería que fuese abogado. Haciendo una maestría en São Paulo se enamoró de Lelia, que sería su gran apoyo, su compañera y gestora de su titánico legado fotográfico.
Sebastião y Lelia eran activistas de izquierdas. La universidad de São Paulo, como todo el país, era un hervidero contra el gobierno militar que regía los destinos de los brasileños en los años sesenta. Atraídos por el movimiento del mayo del 68, decidieron embarcarse hacia París. Con su título de economista consiguió un empleo en la organización mundial del café, dependiente del Banco Mundial. Por su trabajo, tenía que viajar con frecuencia a África y al Sudamérica. Mientras, Lelia estudiaba arquitectura. Para hacer unos trabajos, Lelia se compró una magnífica cámara Leica a la que no hizo mucho caso. En cambio, Sebastião empezó a trastear con ella sin saber todavía que aquel prodigio del diseño fotográfico alemán le iba a cambiar su vida.
Sebastião empezó a destinar la mayor parte de su salario como economista a comprarse material fotográfico cada vez más caro y preciso. Su conocimiento de los rudimentos de la economía y la financiación le proporcionaron a Sebastião una ventaja diferencial frente a otros grandes fotógrafos contemporáneos: la capacidad para asegurarse la financiación de sus proyectos. Porque Sebastião comenzó a lo grande. Después de demostrarle a agencias y medios que técnicamente era un portento de la fotografía, con personalidad para elegir el blanco y negro como distintivo de todos sus trabajos, Lelia y él entendieron que su destino pasaba por hacer realidad el sueño de adentrarse en la vida de los personajes que veía a través de sus objetivos.
Sebastião decía que todos tenemos la capacidad de mirar, pero que cada uno tiene una forma de ver. Una verdad que bien podríamos aplicar a la vida misma. Él quería saberlo todo de cada persona retratada, de cada paisaje, de cada ser vivo. Cuando comprendió la potencia de las imágenes como herramienta de denuncia, se puso a la tarea partiendo de una capacidad innata para el manejo de la técnica fotográfica. Su primera fotografía con la Leica tenía que ser precisamente de Lelia. La foto era técnicamente primorosa. La pareja no tardó mucho en ser consciente del potencial que manejaba Sebastião cada vez que disparaba una instantánea.

Su primer gran proyecto le llevó ocho largos años en los que conviviría con comunidades indígenas de Perú, de Ecuador, de México. Entendía que, habiendo nacido en Brasil, el destino de sus fotos desgarradoras tenía que centrarse en las Américas. Nacido en el Estado más minero de Brasil y del mundo, conocía mejor que nadie los efectos que la ambición del hombre tenía sobre el medio ambiente. Echaba de menos Latinoamérica. Necesitaba seguir las pistas de la mano del hombre por todo el continente. Así compuso “Otras Américas”.
El salto al continente africano vendría poco después de maravillar al mundo con las imágenes de la vida diaria de personas aisladas del desarrollo, personajes desconocidos que salen adelante con fuerza, recurriendo muchas veces a tradiciones ancestrales para comprender la vida y prepararse para la muerte.
A comienzos de los años 80, Sebastião se embarca en el proyecto que más le afectaría, que le llevaría incluso a perder la esperanza en el ser humano. Había conocido el Sahel por su trabajo en el banco Mundial. Tenía que recuperar y darle vida a las imágenes que habían quedado en su retina, imágenes no olvidadas. Para ello, se alistó como colaborador de Médicos sin Frontera. Su primer destino sería Etiopía, luego recorrería todo el Sahel para, después, quedarse más de dos años en la zona documentando la hambruna.
Sus fotos impresionaron al mundo. Pero, para Sebastião su recorrido por los horrores en todos sus matices de que es capaz el ser humano, le produjeron una herida profunda, una herida que le hizo retirarse en busca de los orígenes, de la tierra.
No pocos han sido los que le han criticado por hacer bella la muerte, el hambre, la violencia extrema que habita cada día en algún rincón de África, seguramente, en cualquier rincón del mundo. Le reclamaban que identificara a los desolados y a los causantes. Le pedían que hiciera lo que el mundo, con el poder de cientos de gobiernos, no hace. Él solo podía responderles que el mensaje de sus fotos es bello porque su fotografía es así. Impecable y certera.
