Todo comenzó con el más criminal atentado de Hamás. Un ataque directo al corazón y a los sentimientos de un pueblo, el judío, siempre dispuestos a cumplir con lo que dice el Éxodo 21:23-25:“Pero si hubiera algún otro daño, entonces pondrás como castigo, vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.”. Las imágenes de sadismo y vileza de los militantes de Hamás contra jóvenes israelitas han dado paso a una venganza de Israel interminable, cruenta y genocida.
Demasiados conflictos, venganzas y procesos de paz fallidos. La infinita y eterna desconfianza entre dos pueblos, que la historia ha querido que vivan en el mismo territorio, nos dice que palestinos y judíos jamás podrán vivir en paz juntos. El ataque criminal quebró el sueño de los organizadores del festival “Supernova Suknot Gathering”, que se estaba celebrando cuando los terroristas de Hamás aparecieron para matar a más de mil personas y hacerse con más de 250 rehenes, la mayoría mujeres jóvenes, a las que torturaron y violaron con un sadismo inusitado. Catorce ediciones llevaban fusionando las músicas del Mediterráneo, amalgamando voces en hebreo con el árabe. Un anhelo de unidad sin importar el color de la piel o el credo que quedó brutalmente roto con la acción criminal de Hamás.
Ahora, en medio del golpeteo diario de muertos por un nuevo ataque israelita en Gaza como venganza interminable contra todos los palestinos, aparece en cartel una película, “Crescendo”, que nos propone un imposible. Aunque, en cierta forma, con su estilo de película de la tarde, de esas que te dejan amodorrado en el sofá para despertarte de pronto para seguir el hilo, resulta una alegoría que nos dice que el mundo tiene que despertar, antes de que todo sea demasiado tarde.

La película narra la historia de un proyecto musical asombroso. Un famoso director de orquesta, alemán, con antepasados nazis, es elegido por la Unión Europea para ponerlo en práctica. Cuando una funcionaria le explica en qué consiste, el genio musical sabe que se va a enfrentar al mayor reto de su vida profesional. Deberá seleccionar, a ciegas, sin saber quién está detrás de un biombo, a jóvenes talentos musicales procedentes de las dos comunidades, judía y palestina. Y, una vez superado el complicado trance de elegirlos, tendrá que conseguir que tan disparatado grupo sea capaz de sonar bien, en armonía.
A ratos, la película nos recuerda a “Verano azul”, con un Chanquete convertido en director de orquesta. Aparecen las tensiones, que, como dice el título de la película, van in crescendo, inevitables y esperadas, pero también surge el amor imposible entre una judía y un palestino.
El final de “Crescendo” es demasiado esperado. Se parece tanto a la realidad que deja un mal sabor de boca en los espectadores, deseosos de que exista un camino para la paz. Después de hacernos creer que todo eso es posible, de que da igual si el que toca el violín es un judío o el que toca el clarinete es palestino, el guionista de la película nos golpea con la realidad. La que dice que cualquier proyecto de acercamiento entre palestinos y judíos está condenado al fracaso.
