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#97 Es mejor que leamos a Séneca

Ando estos días desorientado. Suceden tantas maldades de todo orden que no paro de preguntarme qué hacer. Cómo actuar. Convencido al amanecer de que con mis actos y con mis pensamientos sería capaz de hacer que algo cambie. Defraudado al caer la tarde, en vista de que nada de lo que yo haga moverá de su sitio siquiera un grano de la arena de los desiertos persas. Cuando llegan días así, de aturdimiento y ofuscación, me refugio en Séneca. Nadie como él interpreta la vida y la muerte para devolverme la calma. Quizás si Trump, Netanyahu y los herederos de los ayatolás se sentasen una tarde, a la sombra de una jaima, con el libro Cartas sobre la vejez y la muerte, de Séneca, nos ahorrarían a buena parte de la humanidad los malos tiempos que nos azotan.

Estaba documentándome para escribir un artículo sobre la Corte Penal Internacional. Un invento de Naciones Unidas que, lamentablemente, no sirve de nada. Los tiempos de ahora son como una casa con muros de cristal: permiten verlo todo, sentirlo de cerca y al instante. Ese ejercicio diario de indiscreción es, sin embargo, una trampa. Nos hace indiferentes, insensibles y olvidadizos. Cada mañana recibimos las sacudidas de Trump, un personaje del que, hasta sus propios seguidores, aquellos que le auparon, ya desconfían. Acabo de oírle decir que en una noche hará desaparecer toda una civilización. Se le notaba muy enfadado. Quizás pensaba que la guerra contra Irán duraría poco, que las consecuencias económicas serían inexistentes. Que haría lo que se le antojase en las tierras del viejo imperio persa como hace cada día con sus propios conciudadanos. Despreciando la vida de millones de seres, convencido de que su casi infinito poder militar haría caer al régimen del Estado Islámico. Las cosas se le han torcido.

Es una guerra, esta de Estados Unidos e Israel contra Irán, especialmente indigesta. Incluso para los estómagos habituados a que los crímenes contra la humanidad sucedan sin que los que los cometen paguen por ello. El régimen de los ayatolás, nacido por el hartazgo de la población con el último Sha, hastiados de las tropelías de americanos y británicos que lo mantenían para hacerse con gran parte del botín del petróleo, el régimen de los clérigos, refugio de los desesperados y perseguidos por el Sha, ese régimen llevaba demasiados años haciéndose insufrible. Por mucho que mirásemos hacia otro lado, las barbaridades de la Guardia Revolucionaria contra la población iraní, especialmente con las mujeres y los opositores, hacían que muchos sintiésemos como un soplo de esperanza cualquier signo de debilitamiento. Pero, Trump y Netanyahu, con su barbarie y destrucción ciegas, sin piedad, solo van a conseguir dejar un reguero más de muertos, hambre y a un régimen fortalecido. “Otra vez vuelven los americanos a por el petróleo del pueblo iraní”, dirán, matando y destruyendo. Otra vez el enemigo judío señoreándose y arrasando con todo.

Cada mañana, durante el desayuno, escucho las noticias y lo primero que me viene a la mente es el deseo de que alguien pare este disparate. Que los que tanto daño causan paguen sus crímenes. Pero nada de eso sucede. Aparece la sombra de la Corte Penal Internacional. Brujuleo por la historia y textos de derecho internacional. Y me doy cuenta de una realidad única, universal y que jamás ha cambiado desde que el hombre aprendió a guerrear: la justicia la aplican los vencedores. Como un botín más. De modo que nulas esperanzas hay de que Trump y sus desvaríos terminen con sus huesos en una cárcel. O ajusticiado. Tampoco Netanyahu habrá de temer, salvo que pierda la guerra y arrasen Israel. Tanto los Estados Unidos como Israel decidieron no formar parte de los países que aceptan la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. Tampoco Rusia, ni China. Entre otros. Un club de países con el único mérito de su fuerza.

El esfuerzo bienintencionado de Gustav Moynier, un jurista suizo que en 1870 ya tuvo la buena idea de crear un Tribunal Internacional para castigar los crímenes de guerra y los actos contra los derechos humanos, y de cientos de juristas que han contribuido durante más de siglo y medio a sentar las bases para un derecho internacional auténtico y respetable, han venido sistemáticamente quedando en barbecho. En los fundamentos de tal derecho se mencionan los juicios de Núremberg y Tokio, posteriores a la Segunda Guerra Mundial, como antecedentes meritorios. También las condenas a algunos de los criminales de la guerra de los Balcanes. O las matanzas en Ruanda. Pero, en todos los casos, fueron juicios parciales, limitados. Que en ningún caso impartieron la justicia con el mismo grado de extensión que el daño infringido por los crímenes cometidos.

Un ejemplo de la deprimente sensación de impunidad ante naciones que actúan a la fuerza son los Estados Unidos. Jamás han pagado por alguna de las atrocidades que han cometido. Nadie los juzgó por ser los únicos que arrojaron dos bombas atómicas sobre población civil, en Hiroshima y Nagasaki; ni por las decenas de golpes de Estado orquestados en América Latina. Ni por las matanzas en Corea o Vietnam. Otros criminales de la historia, como Stalin, murieron en su cama, sin que ninguna corte penal les hiciera pagar por los crímenes cometidos contra su propio pueblo. Mucho tiempo después de las barbaridades vividas durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos mataban a tribus rebeldes en Kenia, con una sistemática que recordaba a la perversa precisión de la máquina de exterminio nazi. El colonialismo del rey Leopoldo II de Bélgica, conocido como genocidio congoleño, causó la muerte de más de 10 millones de personas, de manera brutal. Jamás se dio un acto de justicia o compensación al pueblo congoleño. Y así, un largo y extenso etcétera de casos sin que se haya aplicado la justicia.

Los creyentes dirán que la única justicia que existe es la divina y se aplica en la muerte. Entonces, me acuerdo del libro sobre la muerte de Séneca.

Ahora, por las mañanas, tras cada bravuconada de Trump, o después de llegarme los mensajes de la Agencia EFE con noticias de África, voy en busca de la tablet y leo alguna de las cartas de Séneca a su amigo Lucilio. Ese gesto y la breve lectura me reconfortan.

“Cada cual debe dar cuenta de su vida a los otros, de su muerte a sí mismo”.

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