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#58: 18 de julio

De un tiempo a esta parte me suceden cosas extrañas. Asombrosas.

Es julio, hace el típico calor madrileño que no parece tener fin. Lo menos adecuado para que una pila de abrigos ronde por mi cabeza hasta dejarme paralizado como solo esos recuerdos son capaces de bloquearme. No me ha costado mucho seguirle la pista. No señor. Ha sido uno de esos absurdos tuits a los que me engancho para luego enfurruñarme. Alguien hacía una mala gracia con esa fecha. Precisamente con esa fecha.

El colegio se llamaba así, 18 de julio.

Era una fecha señalada en rojo en el almanaque que colgaba de una de las paredes de la cocina. El día en el que la economía de mis padres respirada aliviada por la esperada paga extra.

Llegué al mundo cuando no me esperaban, justo cuando el Régimen decidía que tenía que hacer algo para que los niños españoles dejasen de ser los peor alimentados del continente europeo y los más canijos. Aprobaron un plan. De estabilización lo llamaron. Cuando mi familia terminó marchándose a Madrid por culpa de aquel plan, me mandaron al colegio. El único de los cuatro hermanos que tuvo esa suerte. Sí, aquel plan fue el culpable de que yo tuviese la oportunidad de tomar leche.

El dueño del colegio se llamaba don Ramón, que daba clase de todo por las mañanas. Había otro profesor que se llamaba don José, que aterrorizaba nuestras tardes, exigiéndonos recitar la lista de números primos hasta el cien mientras esperábamos su veredicto en la pizarra, en una sentadilla eterna, con los dedos de las dos manos juntitos, prestos a recibir un golpe con una regla de madera si fallábamos. De vez en cuando, también aparecía por allí una profesora, muy joven, casi una niña, que trataba de enseñarnos francés con cierta timidez. No recuerdo su nombre. Ni el de ninguno de mis compañeros. Esperábamos en una clase muy larga, nos sentábamos alrededor de la única mesa con el sentimiento de alivio de los que tienen una breve tregua.

En mi memoria solo quedan ya imágenes. Fogonazos que a veces aparecen para dejarme helada el alma. Han estado siempre ahí, pero ahora, ya casi un viejo, es cuando más daño me producen.  Ese tuit dichoso me ha recordado la única paliza que recibí de niño. Se ha enredado con mis rutinas diarias de la nada, esas que hacen que una pequeña cosa, un mal gesto o un silencio te arranque alguna lágrima.

Me he tenido que sentar, en uno de los sillones del salón. Con los ojos bien abiertos podía verme corriendo hasta el portal, con la lengua fuera, resoplando para no llegar tarde.

El colegio estaba en un segundo piso. La planta de abajo la habitaba un matrimonio a los que raramente veíamos, los dos muy ancianos, seguramente sordos a los ruidos diarios que les tenían que llegar de la segunda planta. Subí las escaleras de dos en dos. Me impulsaba con la cartera, que la llevaba en la mano izquierda, mientras con la derecha me sujetaba a la barandilla para impulsarme todavía más rápido hacia arriba. La cartera pesaba bastante por culpa de la enciclopedia Álvarez, que siempre teníamos que llevar, un par de cuadernos y un libro de aritmética que no recuerdo que fue de él.

Justo cuando pasaba por la puerta de los ancianos se apagó el murmullo. El colegio no tenía una campana para avisarnos del comienzo de las clases, bastaba el paseo de don Ramón por la entrada para que el silencio retumbase como una lápida cayendo sobre la caja de un difunto. Me heló más que el frío. Era invierno. Mi madre, que hacía milagros con el dinero que ganaba mi padre para darnos de comer, me vestía siempre con unos pantalones cortos, ya fuese invierno o verano. Eran de una tela muy ligera que se llamaba tergal, la misma con la que le apañaba pantalones a mi padre. Llegaba tiritando al colegio.

Conté una a una las escaleras desde el primero al segundo, deseando tardar en subirlas tanto que diese tiempo a que don Ramón cerrase la puerta. Era mejor una falta que lo que me esperaba después de los treinta escalones que separaban mi pavor por la paliza segura. El último tramo era más empinado, como si fueran las escaleras para subir al cadalso. En el rellano final había dos puertas. Entrabamos por la de la izquierda, don Ramón salía por la otra faltando pocos minutos para las nueve. Se quedaba allí, en medio, al lado de una mesa sobre la que estaba el único perchero del colegio, sin decir una palabra, como un carcelero contando a los reclusos.

Había como diez o doce ganchos en los que unos cincuenta de niños teníamos que colgar los abrigos. Era una tarea titánica y arriesgada para la que era imprescindible llegar pronto. Entre lo altos que estaban los ganchos, la barrera de la mesa y los retacos que éramos todos, las posibilidades de que se cayeran los abrigos iban creciendo conforme nos apelotonábamos con el deseo de que el abrigo que se cayera no fuera el propio. De puntillas, colocábamos con cuidado el nuestro sobre el de otros niños que habían sido más madrugadores, ante la mirada tranquila de don Ramón, esperando a su presa, seguro de que alguno de los últimos en llegar haría que se cayesen todos los abrigos sobre la mesa.

Estaba a punto de cerra la puerta cuando me vio. No dijo nada. Contempló, seguro y resabiado, cómo yo buscaba, desesperado, el gancho con menos abrigos. El tiempo pasaba mientras dudaba si irme al más alejado de las manazas de don Ramón o intentarlo con el más próximo a él, donde me pareció que había menos abrigos.

Don Ramón sacudía sus palizas con las manos, gordas y rojas, como las ciruelas maduras de tantos golpes como daban cada día. Me decidí por el más alejado, dejé la cartera sobre la mesa, sabiendo que estaba terminantemente prohibido hacerlo. Necesitaba con desesperación las dos manos para evitar que se cayeran los abrigos. Juré que nunca más le pediría a Dios que los Reyes me sorprendieran con aquella pluma Parker. ¡Ella había sido la culpable! Cuando salí de casa, corrí hasta la tienda de papelería y objetos de escritorios que estaba en la misma calle del colegio, a poco más de diez zancadas. Esa mañana me había quedado más abobado que de costumbre frente a ella, mis ojos miopes, sin gafas, pegados al cristal del escaparate para contemplar el brillo único de su plumín, reluciente dentro del estuche abierto impúdicamente, con su terciopelo negro abrazando aquella maravilla…

Me pareció escuchar un leve chasquido, como el que hacía el matarife de los cerdos para decidirse por dónde meter el cuchillo, o tal vez eran mis dientes, chirriando de puro terror. Mientras veía cómo se desmoronaban todos los abrigos de mi gancho, contagiando a los de dos o tres ganchos a su derecha, se escuchó cómo la mano derecha de don Ramón cortaba el aire camino de mi cabeza.

Era concienzudo en sus palizas. Primero te arreaba unos cuantos mamporros en la cabeza, que casi siempre terminaban con el desgraciado de turno en el suelo, implorando que parase. Luego era el momento de las patadas, sobre todo en el culo, para que no quedasen demasiadas huellas sospechosas. Los más acostumbrados a sus métodos, se protegían con las manos, o encogían el cuerpo para terminar en una posición fetal, tapándose la cara y la cabeza. Pero yo fui menos precavido y traté de resistir la lluvia de golpes de pie. Quizás por ese gesto de cierta valentía, paró de lanzarme bofetadas después de que una de ellas hiciese que todo mi cuerpo girase, tirándome al suelo.

Yo sabía que había tenido suerte, o quizás se había apiadado de mí sabiendo que nunca fallaba sus preguntas en clase. Me perdí el resto de sus recursos. Lo siguiente habría sido el cinturón. Y si su furia necesitaba saciarse todavía más, se enzarzaba a correazos con la hebilla como ariete principal. Pese a los movimientos del penado para tratar de esquivar la tunda, él acertaba siempre entre el culo y los riñones. Cuando terminaba, sudoroso y con la camisa por fuera del pantalón, decía siempre lo mismo: «¡levanta de ahí y súbete los pantalones, ¿ves cómo necesitabas un buen cinturón?»!

Sigo sentado en el salón, pasmado con la imagen clara de mí mismo, recomponiéndome en el suelo, rebuscando mi cartera debajo de la pila de abrigos de mis compañeros. Entre en clase, me senté en el mismo sitio que todos los días, el que se sentaba en mí mismo pupitre con la cabeza casi pegada a la enciclopedia Álvarez, estudiaba a toda prisa o puede que solo quisiera aislarse de los bramidos de don Ramón, que ya gritaba como un cabo chusquero las lecciones de las que nos examinaría esa mañana.

A eso de las once, como cada día, subieron una caja con la leche que, nos repetía, se la debíamos a Franco y su plan de estabilización, el mismo que abocó a mi familia a emigrar a Madrid. Gracias a su generosidad, los niños españoles podíamos beber leche, como los americanos, y crecer, y ser fuertes como ellos. Parecía que entraba en trance visualizando a los jóvenes musculosos de las películas americanas que llegaban a España.

La encargada del reparto siempre era la misma niña. En cuanto el repartidor dejaba la caja junto al encerado, empezábamos todos a temblar. No puedo recordar su nombre. Pero siempre que me vienen las imágenes a la memoria me pregunto por qué no hice nada por saber de ella. Ir a su casa y hablar con sus padres… Haber hecho algo…

Sin haberle dado tiempo a que sus dedos, sucios y con las uñas recomidas, se metieran en la caja para coger los briks triangulares en los que venía la leche, ya le llegaba, como un tren, el primer pescozón. Con ella se permitía todo su abanico de perversiones: pegarle en la cara, arrastrarla del pelo hasta la puerta, golpearla a patadas por la espalda y el bajo vientre, insultarla como un poseso hasta que le sangraban los ojos… El tiempo avanza ahora, en la paz de mi casa, lento y espeso, suspendido en esos minutos que a todos se nos hacían infinitos. Sentíamos como si cada mañana hubiésemos envejecido un año. Nuestros rostros dejaban las clases con la pesadumbre de los cobardes, con el mismo gesto de dolor que presidía la cara de aquella pobre desgraciada…

Ninguno nos atrevíamos a levantarnos a por nuestra porción de la generosidad franquista. Finalmente, los repartía alguno de los de la primera fila, mirando hacia don Ramón cada vez que cogía una pieza, temeroso de que también le tocase lo suyo.

Don Ramón terminaba tan sudoroso que tenía que ausentarse de clase para recomponerse mientras nosotros podíamos bebernos la leche. Algunos la apuraban en ese rato, a toda prisa, hambrientos.

A mí no me entraba, escondía el brik en la cajonera. Al salir de clase lo metía en la cartera y al pasar por la primera papelera lo tiraba.

Será por eso por lo que he terminado siendo más bien canijo.

1 Comentario

  • Silvia
    Al corriente 07/07/2025 en 13:08

    Me ha emocionado este relato tan personal y tan bien narrado! Es una maravilla leerte, tu forma de describir vivencias y emociones hace que la mente visualice vivamente tus recuerdos como una película, en este caso, en blanco y negro.

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