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#63 Mujeres fuertes

El buscador de Google, cuando le pido que me encuentre temas relacionados con mujeres fuertes, me devuelve una interminable lista de gimnasios, ejercicios de musculación, cremas y todo tipo de potingues. Los tiempos que corren dejan en el olvido la figura de esas mujeres que vivían calladas, sin tiempo apenas para acicalarse, peleando contra todo con tal de sacar adelante a la familia, educando con su ejemplo diario. Mujeres que no saldrán en los medios ni en las redes sociales y que, sin embargo, han sido pilares imprescindibles para construir la sociedad que disfrutamos hoy. El próximo 24 de julio habría cumplido 85 años una auténtica mujer fuerte.

Beatriz nació en Madrid, en Chamberí. Se sintió orgullosamente madrileña hasta sus últimos días, rebelándose contra los que le buscan un lado oscuro a todo lo madrileño.  Le gustaba celebrar San Isidro en uno de los restaurantes más castizos de la capital, La Posada de la Villa, paseando radiante del brazo de su marido, Pedro, con su mantón de Manila y un clavel rojo en el pelo. Los dos gozaban del cordero asado, mirando el gusto con el que se lo comían sus hijas y sus nietos, con esa mirada brillante, de lágrimas a punto de brotar, que solo la adquieren los que han pasado por estrecheces.

El Madrid que la vio nacer, en 1940, acababa de estrenar la posguerra. Los edificios todavía mostraban las heridas del conflicto que había roto familias y dejado un reguero de sangre, muerte y recelos que nos acompañan desde entonces. Sus padres vivían en una habitación con derecho a cocina, en el barrio de Legazpi, que les había dejado unos familiares del pueblo de su padre, Portillo, un pueblo de Toledo.

La guerra dejó sus secuelas en la familia de Beatriz, como seguramente en cualquiera de las familias españolas, sin importar el bando en el que les tocó vivirla, endureciéndoles a todos, sabedores de que las penurias serían una constante. Su padre, José, se hizo republicano como muchos otros, repentinamente, para salvar la vida, sin que le movieran ideas de ninguno de los dos bandos. Era uno más de los millones de españoles que solo deseaban poder trabajar y comer en paz.

Daba igual el bando que entrase en los pueblos y ciudades, el miedo al paso de los hombres armados flotaba en todas las casas, espeso como la niebla y ennegrecido por malos augurios. Los más señalados lo tenían complicado. Y, de entre ellos, los curas, religiosos y sus familiares estaban directamente condenados a la muerte al paso de las milicias republicanas. Un tío del padre de Beatriz era cura. Por salvarle la vida, le vistió de jornalero, con ropas sencillas, pero que lucían extrañas en el pobre hombre, más acostumbrado a los hábitos y las casullas que a los pantalones de faena mal sujetos con un cinturón de cuerda.

Los milicianos buscaron casa por casa a sus víctimas. Cuando les llegó el turno, cachearon al párroco disfrazado, con tan mala fortuna que se había guardado en una maleta el misal y el breviario. Los milicianos se apiadaron del padre de Beatriz, pero al párroco le llevaron “al tránsito”. Llamaban así al lugar, a las afueras del pueblo, en el que los concentraban para fusilarlos, pensando quizás que la palabra calmaría a los religiosos en su camino hacia el encuentro con Dios.

Aunque se jugó el pellejo por intentar salvar a su tío, el padre de Beatriz quedó señalado para los vencedores. Al terminar la guerra, meticulosos como eran en la venganza, le buscaron en el piso, en el que ya vivía Beatriz con sus padres, para llevarle a la cárcel y juzgarle. Sabiendo que más tarde o más temprano irían a por él, unas fiebres se apoderaron de su cuerpo. Tal vez por piedad, los que fueron a arrestarle dijeron que no podían llevarse a alguien tan enfermo, de manera que pusieron a un guardia de día y de noche hasta que se curase. El policía vivía con ellos, como un miembro más de la familia. Beatriz, con apenas dos años, no dejaba de preguntarle a su madre quién era ese hombre que de pronto había entrado en sus vidas. Cuando se repuso, le llevaron a la cárcel de Ribarroja, en Valencia, en espera de juicio. De allí saldría sin cargos, por no tener delitos de sangre, pero con la marca de rojo estampada en su frente para toda la vida.

Beatriz no fue la primera hija de José y Josefina. Antes llegó otra a la que, por el papel de republicanos que les tocó representar, le pusieron de nombre Libertad. La hermana, a la que nunca conoció, moriría justo cuando la guerra tocaba a su fin, como un presagio de lo que les esperaba a los españoles. Con las complicidades de aquellos años, se las ingeniaron para que en el Registro figurase como María. Después de Beatriz nacerían, Asunción, Suni, y Mari Paz, Pacita.

Al salir de la cárcel las cosas no pintaban bien para la familia. Su padre consiguió un trabajo de esmaltador en la joyería Martínez, que hacían las condecoraciones y medallas para los militares. Ironías, de la vida, José terminaría sirviendo en los dos bandos. Era muy bueno en su trabajo. Pero, la suerte negra siempre terminaba por aparecérseles a los vencidos. Robaron en la joyería y, naturalmente, las culpas tenían que recaer en el rojo.

De modo que toda la familia empezó a hacer cualquier cosa para llevarse algo a la boca. Beatriz comenzó a distinguirse como lo que siempre fue: una cuidadora incansable, siempre atenta para ayudar, sin importarle el esfuerzo. Siendo todavía una niña ya se moldeaba en ella ese carácter. Cada día, mientras sus padres trabajaban en lo que podían, iba con sus hermanas de la mano a las vías del tren, que estaban cerca de su casa, en las que la empresa Manufacturas Metálicas tiraba la carbonilla que les sobraba de sus hornos. Beatriz y sus hermanas las recogían, todavía ardientes, para vendérselas a cualquiera que necesitase un poco de carbón, aunque fuera de poca calidad. Otras veces deambulaban por el barrio en busca de papel de periódicos y cartones.

Beatriz fue a la escuela, al Colegio Virgen del Pilar, que todavía existe. Allí terminó, con muy buenas notas, el bachiller elemental. El dinero no daba para que hubiese seguido en el bachillerato superior. Con catorce años, empezó a trabajar en un estanco, en el Paseo de las Delicias. En aquellos años, los estancos vendían tabaco y todo lo que se terciara. A Beatriz la pusieron en un cuarto trasero, frío como un témpano, para coger puntos a las medias de mujer. Su excelente vista, que le duró intacta hasta sus últimos días —leía siempre sin gafas— le permitía hacer un trabajo tan fino y esmerado que las medias parecían nuevas. Las pocas señoras que se permitían tenerlas no paraban de hacerle encargos. Habría estado allí más tiempo si no hubiera sido por un sobrino del dueño, que no paraba de intentar beneficiársela.

No he conocido en mi vida a nadie con la capacidad de lectura de Beatriz. Podía leerse tres o cuatro libros cada semana. En otros tiempos, seguramente habría podido terminar en la universidad, haciendo una carrera. Pero tocaba arrimar el hombro. José, el padre, descargaba frutas en el mercado de Legazpi. Josefina, su madre, limpiaba las escaleras del edificio del Sindicato Vertical que estaba en el Paseo de Recoletos, muy cerca de la estación de Atocha. Trabajaba de rodillas, limpiando a mano.

Muy cerca de su casa, en la calle Antonio López, estaba la fábrica de Telefunken, que hacía radios y, con el tiempo, los primeros televisores que se vieron en España. A Beatriz la contrataron como operadora, cableando artilugios. Un poco más tarde, hizo las pruebas para acceder a Standard Eléctrica, la factoría española de electrónica y teléfonos, donde llegó a ser inspectora de cableado.

En los años 50, las aspiraciones de la inmensa mayoría de españoles eran bien simples: poder levantarse cada día, tener un trabajo y un sitio en el que vivir, y formar una familia. Beatriz, cuando le llegó la edad de casadera, se ennovió de un ingeniero industrial. Los pasos hasta la formación de la familia marchaban bien. El novio entraba en casa, que era la forma de confirmar que habría boda. Pero las cosas volvieron a torcerse. El ingeniero resultó ser algo casquivano y en uno de sus viajes a Bilbao conoció a una vasca.

A Beatriz le tocaron unos cuantos años de desencanto en los que no le faltaron pretendientes. En Standard, uno de los compañeros, Román, le tiraba tímidamente los tejos. Sus compañeras le decían que “no es muy fino, pero tú dale cuartelillo”. Tenía una Vespa, un lujo que le hacía más atractivo de lo que su endeble personalidad le permitía. Dieron paseos, del brazo, que las formas se respetaban a rajatabla, pero a Beatriz no le hacía tilín.

Hasta que apareció Pedro, el hombre del que se enamoró sin necesidad de grandes apariencias. La conquistaba llamándola rubia, adulándola, amándola con la mirada. Pedro había llegado a Madrid desde un pueblo en Guadalajara, con una mochila de historias ocasionadas por la guerra, pero no le faltaron fuerzas para formar una familia con Beatriz. Ella se unió al proyecto, sin importarle el esfuerzo que fuese necesario, entregada a lo que necesitase Pedro. Si para ello tenía que dejar su trabajo en Standard y ayudarle en la frutería que montaron, no había problema.

Poco a poco, con el esfuerzo de los dos, fueron saliendo adelante. Beatriz cambió su papel de trabajadora, que le daba cierta independencia, por cuidadora de sus hijas, y más tarde de sus propios padres.  Su refugio era la Iglesia y la lectura, y una buena colección de amigas a las que siempre les ofrecía su casa para lo que precisasen.

Sé que hay miles de mujeres como Beatriz, madres que lo han dado todo por sus seres queridos. España está llena de hombres y mujeres que entendieron que el trabajo duro, el esfuerzo diario y la generosidad, eran el camino para contribuir con su granito de arena a recuperar un país que los políticos y los militares destrozaron. Pero si algo diferenciaba a Beatriz de otras mujeres, era su capacidad para no desfallecer jamás, no importaban las dificultades que la vida le pusiera por delante. Mujer noble, generosa y acogedora como pocas, valores que fue sembrando entre todos los que tuvimos la suerte de conocerla, valores que transmitió a sus dos hijas para que en la vida supieran lo que había que hacer en cada momento.

Beatriz fue, sin duda, una de las mujeres más fuertes con las que he tenido la suerte de convivir.

Mañana, 24 de julio, la echaré de menos al celebrar su cumpleaños.

5 Comentarios

  • Silvia
    Al corriente 23/07/2025 en 12:54

    No tengo palabras para mostrarte mi gratitud por tanto amor

    • Autor de la publicación
      Tomás Aranda
      Al corriente 24/07/2025 en 18:40

      Gracias… las ignacias

    • Autor de la publicación
      Tomás Aranda
      Al corriente 01/08/2025 en 09:47

      Sabes cómo la quería, y lo que la echo de menos. No merecía menos.
      Un beso muy fuerte

  • Gloria
    Al corriente 31/07/2025 en 18:30

    Tomás precioso el maravilloso artículo sobre tu suegra que también me ha dado la oportunidad de conocerla algo más. Fue terrible la época que tocó vivir a esa generación. Mis padres si vivieron el trascurso la aquella terrible guerra y las penurias que vinieron después y ambos también trabajaron en Standard Eléctrica y entiendo bien lo que escribes porque a ellos también les tocó vivirlo. Entrañable y tierno artículo. Felicidades

    • Autor de la publicación
      Tomás Aranda
      Al corriente 01/08/2025 en 09:36

      Muchas gracias, amiga. Nos llevábamos muy bien. Con frecuencia, en el día a día, la echo de menos. Fue una gran mujer.

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