Félix Mhona luce orgulloso en la solapa de su chaqueta un lazo formado por las banderas de China y Zimbabue. Es el lazo de la amistad entre los dos países. Se lo dieron cuando visitaron los aeropuertos chinos de la mano de una legión de buenos funcionarios del régimen. Sus ojos brillantes parecen recordar con más nostalgia las noches de amor con las mejores chicas del catálogo que los paseos interminables por edificios aeroportuarios modernos, que también les mostraron en otro catálogo. Me ha venido al recuerdo de la charla con el ministro del ramo zimbabuense al ver las fotos de los emisarios del Parlamento españolenviados a China hace algunas semanas, con ocasión del 50 aniversario de relaciones España-China.
Los chinos son únicos. A su manera, han conseguido hacerse con lo que merezca la pena de medio mundo sin el engorroso método de ir por ahí pegando tiros. Huelen la sangre desde los despachos ministeriales en Pequín, como lo haría el mejor sabueso a pocos metros de su presa. Sus favoritos son los gobiernos en apuros, los presidentes a la fuga son su especialidad. Aquellos que saben que les queda poco tiempo y todavía no han colmado sus esperanzas del ejercicio del poder. Las prisas son perfectas para escribir contratos de grandes pronunciamientos, en letras gordas y negrita, acompañados de una pila de páginas de letra tan pequeña que ni el mejor de los leguleyos del régimen sabría explicar exactamente qué dicen en ellas.
Todo empieza con un viaje. Un inocente viaje para mostrar las maravillas tecnológicas chinas, las mejores infraestructuras, los aeropuertos más asombrosos. Para que a los invitados todo les entre por la vista sin necesidad de complejas y aburridas explicaciones.
Dependiendo del rango de los visitantes, les recibirá un ministro, algún secretario del partido. O tal vez, si la oportunidad lo amerita, el propio Xi. El que tenga pinta de entre los invitados de ser el que más manda será cogido cariñosamente del brazo para acompañarle por una larga y casi infinita alfombra roja. Le mostrará planos, maquetas, cacharros y hasta códigos informáticos si el asunto va de espionaje. El anfitrión hablará y hablará en chino, hábilmente traducido al castellano, incluso al euskera, el catalán y el gallego, con un acento más propio de Bilbao, el Ampurdán o el Lugo más profundo. No son tan rácanos para las excelencias autóctonas como esos funcionarios europeos tan envarados que se niegan a aceptar la oficialidad de las lenguas vernáculas.
La rápida visita al asunto mollar terminará con una comida en la que el anfitrión en persona le servirá al líder de entre los visitantes. Les explicará, traductores mediante, cómo hidratar con salsa de lima las rechonchas medusas secadas al viento y al sol, perfumadas de una variada lista de metales y gases de la atmósfera en las costas chinas. Quizás les deleiten con musgo frito, una especialidad única para explicar el milagro chino, una sociedad capaz de pasar de comerse cualquier hierbajo a disponer de la mejor flota de vehículos eléctricos del mundo. Habrá buenos caldos, de bodegas que ya controlan, sudafricanas, tal vez. El anfitrión y su tropa beberán té, la bebida que les da la fuerza y les hace seguir implacablemente su camino.
Los visitantes, amodorrados, desearán volver a las habitaciones del magnífico hotel en el que les han alojado. Allí cada uno descubrirá, sobre la mesilla, un catálogo de tentaciones exclusivo, único, increíblemente pensado para los deseos de cada uno de los visitantes. Un regalo que les dejará imágenes y sensaciones inolvidables, tan inolvidables que será lo primero que les venga a la memoria cuando, de vuelta en casa, tengan que decidir sobre cualquier asunto engorroso.
Félix se emociona tanto rememorando su experiencia, que no es capaz de darme una sola razón para haberse endeudado hasta el más allá en los aeropuertos que les van a construir los chinos. En realidad, no los necesitan, quizás un buen lavado de cara y un buen mantenimiento. Pero la grandeza es la grandeza, amigos míos. El acuerdo con los chinos es muy generoso, me dice, no han necesitado hacer complejas negociaciones con bancos. Nada de eso, los chinos van siempre con el dinero por delante.
Le pregunto por la letra pequeña. “¿Qué letra pequeña?”. “Pues la que dice que si no pagan los intereses y el principal se van a quedar sin las minas de carbón”, le recuerdo. “Las minas no son asunto mío”, me cuenta, con cara de no me molestes, que no estoy para asuntos engorrosos con un tipejo español. Él está tan plácidamente seguro de que los lazos de amistad que ha sellado con los amigos chinos no le crearán problemas que prefiere ignorar cualquier advertencia. Además, a su gobierno le queda poco, ya se las ingeniará el gobierno siguiente con la letra pequeña.
Ya. Pero, yo estaba reunido con él precisamente, porque o pagan pronto o verán cómo una legión de camiones chinos entra en sus minas. Tendrán que hacerse a la idea de que las centrales eléctricas consumirán carbón, a unos pocos miles de kilómetros de la Antártida. Y, para colmo, en suelo zimbabuense no quedará ni un yen, salvo, tal vez, en las casas de latrocinio a la que son tan aficionados. Las obras las harán con trabajadores chinos, bien entrenados y peor pagados, a los que alojarán en contenedores para que, cuando se agoten, los puedan sustituir por otro contenedor con más chinos. Ni un solo trabajador local, le digo.
Los españoles que han mandado en excursión a China creo que no necesitarán el lazo que pruebe la amistad eterna. Algunos, me consta, se sentirán incómodos, y no precisamente con la bandera roja con estrellas, una hoz y un martillo. En esta ocasión, hasta se habrán ahorrado el gasto de prepararlas. Miel sobre hojuelas. Se han apuntado señorías de casi todos los colores del arco parlamentario. Felices de abrazar a los chinos. Deseosos de que inviertan por estas tierras. Con la misma generosidad con la que han atrapado a Félix y a su gobierno.
Ignoro cuál será la letra pequeña para la entrada china en España. Tal vez, como le sucedió a Senegal, piensen que lo adecuado, en caso de fallo en el pago, sea quedarse con los derechos de pesca en las costas españolas, tan molestamente únicas que son de las pocas del mundo que todavía ven faenando a barcos que no sean chinos. Con lo bien que depredan ellos, los bancales y las costas, con barcos en paralelo, arrastrando todo lo que puedan pillar.
Seguro que los lazos de amistad nos irán deparando noticias fabulosas en los próximos años. Y, tal vez, otro gobierno será el que tenga que apañárselas con la letra pequeña.
