Tiene forma de lágrima. Un trozo de cristal reducido a una estela puntiaguda, velada y descolorida por la humedad. Quedó colgado en la pared de la habitación principal de la casa, desafiando la torpeza ebria de un nuevo asalto de Nicolai, su último marido. Antes era un espejo grande y ovalado que presidía el salón cocina en el que la familia Khavarov, desde que Tania recuerda, hace toda la vida. Tania lo había heredado de su madre. En todos los hogares del oblast de Chernigov había uno igual. Lo compraron en la única tienda colectiva de Dibrovne, una aldea desplegada alrededor de una carretera que, de mísera que es, nadie recuerda su nombre, pero que se ha hecho famosa desde que una columna infinita de carros de combates rusos la siguieron en su despliegue inicial de la guerra contra Ucrania.
Cuando cayó el muro de Berlín y detrás de él todo el entramado soviético, dejaron de venderse. Tania intentó comprar uno nuevo sin que nadie supiera decirle por qué ya no llegaban. Quizás formaba parte del equipamiento básico de las viviendas soviéticas. Si medían los metros cuadrados que podían tener las casas, ¿cómo no iban a decidir el espejo en el que poder mirarse? Tan escrupulosos para unas cosas, los burócratas del régimen no tenían un protocolo en sus reglamentos que explicara qué hacer con una familia que crecía sin rumbo al ritmo que marcaban los matrimonios de Tania. Hasta diez personas llegaron a vivir en la fría casa a la que su madre se empeñó en volver y que ahora está a punto de abandonar.
Cada vez que se mira recuerda que la parte del espejo que sobrevivió era justo la que estaba pegada al gancho. Es redondo, de hierro, tan grueso que su silueta sobresalía por encima del marco de madera. De tan oxidado que estaba, se había pegado a la escarpia de la pared y así, sin proponérselo, resistió los golpes que Nicolai daba, enloquecido, a los pocos muebles que todavía sobrevivían.
Eso fue antes de emprenderla con ella.
Tiene que acercarse hasta casi tocar su pálido reflejo en el cristal para acicalarse. Las palizas no fueron capaces de arrebatarle la costumbre de ponerse todas las mañanas un poco de henna negra en las cejas. Y algo de rímel, si queda, en sus largas pestañas. El gesto torcido por los golpes tiene la culpa de que sus ojos, verdes entreverados del mismo amarillo de los campos de cereal que se ven por la ventana de su habitación, perdiesen hace mucho tiempo el brillo. Ni los recuerdos son capaces de arrebatarle su coquetería. No consiente salir de casa sin arreglarse la larga mata de pelo negro en la que ya ha descubierto algunas briznas blanquecinas. Cada mañana se lo ata con una diadema que le trajo Karolinka, su tercera hija, después de su último viaje a Madrid. Es el único rato del día en el que se mira al espejo. De ese modo evita el recuerdo del dueño de cada una de las cicatrices que pueblan su labio superior. La del lado izquierdo ya casi no se percibe, ha pasado mucho tiempo. Con un poco de maquillaje consigue que no se vea. Esa se la hizo Yuri, el primero. Volvía tarde y siempre borracho después de alguna juerga con sus compañeros o con alguna mujer. El puñetazo le rompió por primera vez el labio. Un corte certero, diríase que limpio, perfecto. Sus colmillos desalineados eran como la punta afilada de un cuchillo. Fue tan directo el golpe que de cuajo salió uno de ellos cortando finamente la carne todavía joven. Estuvo sangrando toda la noche. Pegaba su cara a la almohada sucia y apestosa con la vaga esperanza de que le cortase la hemorragia. Él no le permitió salir en busca de ayuda, alguien que le curase la herida. Su vecina habría escuchado los golpes y sus gritos. Pero bastante tenía ella con no despertar a su Viktor. Tuvo que esperar, ensangrentada, hasta que por la mañana Yuri la desatase, no sin antes propinarle una patada en la espalda. Era su forma diaria de despedirse de ella.
—¡Holgazana! ¡Zorra! ¿Por qué dejaría que me engañases? ¡No eres más que una pobre boñiga! ¡Tan inútil que ni recuerdas cómo hay que atender a un hombre! —le gritaba antes de dejarla abandonada y sin comida. Si escondía algunas patatas tras el mueble de la cocina, se las tenía que comer a mordiscos, sin pelarlas para que la madre de Yuri no descubriera las mondas y la castigase atando al pequeño Viacheslav, su primer varón. No quería que amamantase al hijo que le había hecho su amado Yuri, el culpable de que hubiera tenido que casarse con una inutilidad.
¿Por qué le habrán venido esos recuerdos precisamente hoy? Que la llamase pobre es lo que más le dolía. Cuando conoció a Yuri, todos en la ciudad eran pobres. Nadie sabía cómo tendrían que comportarse después de la caída de los bolcheviques. Aunque unos pocos supieron muy pronto el camino que tomarían. Había familias que empezaban a prosperar, es verdad. Los avispados del Partido. Ellos se quedaron muy pronto con todo. La de Yuri era una de esas buenas familias prósperas. Su padre era el secretario del Partido encargado del transporte. Lo suyo era el manejo de los camiones de reparto de mercancías. Yuri conducía uno de ellos y, aunque su padre prosperó muy rápido quedándose con todos los camiones del Oblast, él tenía otros propósitos para su vida. Las mujeres y el vodka le mantenían tan entretenido que no le quedaba tiempo para beneficiarse de los progresos de su familia.
Cuando se cruzó en su camino, las amigas le decían a Tania que tenía suerte de que un hombre de familia rica se fijase en ella. La envidiaban porque muchos días iba a buscarla a la escuela 31. Allí nadie sabía muy bien qué había que enseñar y, en ese desorden, Tania se perdía en sus sueños. Le llevaba cajas de chocolates bélochka y en un par de ocasiones hasta le llevó bombones de octubre rojo. Eran tan caros que solo se los podían permitir los del Partido. A veces aparecía con botes de carne que se comían junto al río Desna mientras le atusaba el pelo, atándoselo con cintas de colores. Le susurraba con una voz ronca, demasiado perfumada por el alcohol, que sería bueno con ella… Era muy guapo, de una belleza desproporcionada, amenazadora. Atrapaba como un felino la mirada de las chicas de la escuela cuando se pavoneaba a la entrada con aquellos ojos grises y azulados como los de los lobos esteparios en busca de una nueva presa. Sus largas piernas le permitían subirse a la cabina del camión como cualquier otro haría con la de un coche. Sus manos eran tan grandes que con una sola era capaz de levantarla en vilo.
Fue el primero que la besó. Había soñado tanto con ese momento que perdonó el sabor agrio a vodka de la lengua de Yuri. Se la introdujo con la misma violencia que emplearía durante los cuatro años que le soportó como marido oficial. Sin el menor preámbulo. Fue en la cabina del camión. La subió, tirándola al asiento de copiloto, cogiéndola por la cintura como si fuera un fardo de carbón. Se abalanzó sobre ella y mientras le sujetaba la cabeza con una mano empezó a tocarla con la otra. No pudo resistirse. Ese día se desvanecieron sus sueños infantiles. No existía el amor. No la agasajaba porque la quisiera. Era solo sexo. Burdo y salvaje.
Saciado su deseo una vez, Yuri perdió interés por ella. Otra vez el recuerdo taladra su cabeza. Sí, hubo otra vez. Más horrible todavía. Una tarde volvió a la salida de la escuela. Ya no se hizo el galante. Le ordenó con un vozarrón anegado de alcohol que subiera al camión. Tania descubriría esa tarde que nunca sería capaz de decirle no a nadie. Ni al más depravado. La llevó junto al rio. Era una vieja casona, abandonada. Había una habitación que todavía tenía techo y cuatro paredes. Pegado a una ventana con los cristales rotos reposaba un colchón mugriento, de un color negruzco. De una patada lo extendió sobre el suelo.
Para evitarle un escándalo al flamante nuevo dueño de la flota de camiones de la provincia, los padres de Yuri le forzaron a que pasase por la oficina del Ayuntamiento con Tania. Una firma rápida y la mirada de desprecio de su primer marido es todo el recuerdo que guarda de aquel día. Era invierno. Llevaba un traje blanco muy corto que, si no fuera por su larga melena negra, la habría confundido con la explanada nevada. El frío la atenazaba en la puerta mientras que esperaba que los pocos invitados le dieran los tres besos que marca la tradición ortodoxa. Yuri se apartó de ella nada más salir de las oficinas. Nadie tiró un solo grano de arroz. Le dio una palmada tan fuerte en la cara, para recordarle que no le esperase esa noche en casa, que llevó a sus dientes a sentir por primera vez que no durarían mucho.
Desde aquel día, el recuerdo de esas manos la hacían esconderse debajo de la cama nada más oírle abrir la puerta del jardín delantero.
Se acerca la hora. Los niños siguen dormidos, acurrucados. Seguei, su hermano más pequeño, el último único que resiste en Ucrania junto a ella, vendrá en cualquier momento. La maleta, con las pocas ropas que les quedan ya está en la puerta, la hizo antes de acurrucarse entre las mantas. No fue capaz de dormirse, solo unas cabezadas repletas de sueños que le devolvían a alguno de los horrores vividos en esa cama. La que más ropa tiene es Karolinka. Volvió de España cargada de buenos vestidos y un par de vaqueros. De marca. Y ropa de abrigo nueva. Duerme con la cazadora azul claro, a juego con las mallas. No se las ha quitado desde que llegó. No quería volverse. Habría preferido quedarse con Lola y Pablo.
A Yaroslav y Miroslav solo les quedan unos pantalones de chándal de los que llevaban al colegio antes de que la guerra les mandase a todos a casa. Llevan durmiendo juntos todo el invierno. Cuando les cortaron el gas se las ingenió para poner en marcha la vieja estufa. Ya no había carbón en la aldea desde antes de la guerra. Algunos vecinos tuvieron suerte y se hicieron con unas cuantas carretillas de un carbón que tenía más tierra que roca negra. Lo trajeron los de la Cruz Roja. Ellos fueron los primeros que anticiparon la llegada de los rusos. Repartían algo de comida y ropa algunos sábados. Llegaban sin previo aviso, muy temprano. Paraban un destartalado camión en medio de la carretera y esperaban a que los primeros vecinos en descubrirlos se abalanzasen sobre los pocos botes de carne enlatada que llevaban, el botín más apetecible. Tania no fue capaz nunca de conseguir uno de aquellos botes rusos que le recordaban a Yuri. Se los escamoteaba a su padre. Los traía ocultos en la sucia chaqueta que le servía de uniforme de conductor. Al llegar a casa, sin ofrecérselo a Tania, se sentaba en la mesa para dar cuenta de la carne regada con un par de botella de vodka ilegal que le ponía de peor humor. Si caía vencido por la modorra, Tania aprovechaba para rebañar los restos. Cuando empezó a llegar la ayuda humanitaria, su poca estatura no era una buena aliada en la pelea por hacerse un hueco y tratar de conseguir algo, aunque fueran unos pepinillos, o un poco de manteca de cerdo. Los niños se quejaban: las patatas sin manteca de cerdo sabían a tierra. Su vecina Anna es tan gruesa que al balancearse es capaz de abrirse paso entre la multitud como uno de esos destartalados tanques rusos. Se apiadó de ella y de los niños y un día les regaló la mitad de un bote de carne y un poco de manteca. Su única hija también se llama Tania y es tan gruesa como su madre. Es la mejor amiga de Karolinka y gracias a ella pudo marcharse el año pasado a Madrid.
Rebusca en la despensa, un armario de madera lacada que algún día fue blanco. Las puertas no han cerrado nunca y siempre se tropieza con ellas. Ninguno de los hombres quiso mover el viejo mueble, lo metieron en la casa por la puerta que da al huerto y allí lo dejaron. Se lo regaló alguien, ya no recuerda quién. Tal vez algún vecino de los que se fueron al este cuando lo de Chernóbil. O puede que se lo encontrase en la calle Nicolai, el segundo. Sí, ahora lo recuerda. Fue él. Con un corpachón más ancho que cualquiera de las puertas de la casa, entró entre resoplidos con el destartalado mueble y nada más cruzar el zaguán lo tiró contra el suelo. Después, de un par de patadas,lo arrimó contra la pared y allí se quedó para siempre.
Solo quedan unas zanahorias blandengues y verdosas, un par de barras de chocolate y unos chicles. Lyudmila, la mediadora, seguro que les dará algo para el camino. Ha sido buena con Tania. Aunque solo tiene ojos para Karolinka. Pone a hervir la tetera. Quedan apenas unas briznas de té, un poco de paja ennegrecida. Algunos días hervía con el agua raíces resecas de patata que le daban unos retortijones terribles. Karolinka le decía que no podía beber aquello. ¡Qué grande se ha hecho!
—Karolinka, levanta, tu tío llegará pronto —le dice mientras se enfunda la cazadora amarilla. No abriga apenas, pero es lo único que tiene para el viaje.
Karolinka se levanta de un brinco para ponerse las zapatillas. Cada día está más distante, serán los nervios —piensa Tania. Es ella la que empieza a chillarles a Miroslav y Yaroslav. La que se abalanza sobre la cama de al lado, donde duermen pegados como dos amantes, vestidos con la misma ropa desde que llegaron por última vez del colegio, ya hace de eso tres semanas. Tira primero de la manta verde, la que tiene un paisaje tropical. Luego arrastra la manta marrón, pero le cuesta arrancársela de las manos a Miroslav que la aferra sobre la cabeza.
—¡Miros! ¡Yari! —les grita mientras se peina con las manos la melena rubia— ¡Vamos a llegar tarde!
—Karolinka, tómate un poco de té.
—Maaamaaa…, tenemos que irnos! — le dice angustiada.
—Todavía no ha llegado Seguei.
