Cuentan que el presidente Sánchez, nada más llegar a la Moncloa, dijo que ahora allí lo primero que se leería es el Financial Time, no como Rajoy, que se desayunaba con el Marca. Sería una de sus primeras frases marcando estilo y diferencias con su antecesor. Modernidad —la suya—, frente al provincianismo carca —el de Rajoy, al que acababa de desalojar de la presidencia con apenas 80 apoyos propios—. Dicen que todo ello carece de verosimilitud. Que solo eran unos pocos renglones, un anticipo de lo que el maestro del relato nos iba a endilgar.
Ambos presidentes estaban y están suscritos a los principales medios internacionales. Con una diferencia: Sánchez pidió también The New Yorker. Mi revista favorita. Cumple 100 años el 1 de septiembre.

Para leerse el contenido de un número de cualquiera de dichos medios, se requeriría todo un mes de vacaciones como el que dejamos atrás con el fin de agosto: les aseguro que llevo más de una semana con el número extraordinario de The New Yorker, por su centenario, y todavía me queda la mitad. No me da la vida. Y eso que estoy jubilado. Ya pueden imaginarse que los que se chapan todos esos ejemplares, de papel y tinta flotante de los medios digitales, son sus asesores. Y en eso, sí parece que Sánchez gana a Rajoy por goleada. Lo que nos llevaría a concluir, de forma simplista, que, efectivamente, Rajoy se empapaba más de los cotilleos deportivos y de las hazañas del Real Madrid que de las guerras de Oriente Medio o de las tropelías de Putin.
Quizás, lo verdaderamente meritorio es que el presidente actual ha calado mejor que nadie a la sociedad española. Con su frase jocosa sobre Rajoy y el Marca, en realidad, estaba diciéndonos que los mortales que no pisamos moqueta de poder somos más de diario deportivo que de periodicuchos escritos en idiomas ininteligibles. Y eso supone una enorme ventaja. Un pueblo amodorrado con los goles de Vinicius y las escusas de Simeone es como una buena masa de pasta fresca: se la puede moldear y deformar al antojo del artesano.
Me dirán que me he puesto politiquero. Un ámbito poco frecuente en mis relatos y artículos. Juro que volveré a la buena senda. Pero, es que en agosto le he llevado la contraria a Sánchez y me he empapado con The New York Times y The New Yorker. Y hay un artículo que no me deja dormir, como cuando el presidente nos decía que él tampoco podría dormir con Pablo Iglesias en la mesa del Consejo de Ministros.
Se trata de una columna de opinión de un articulista frecuente en el diario neoyorkino. Escribe de leyes y de su aplicación. Escribe de lo que es un verdadero experto —no como yo, que debería estar escribiendo sobre aeropuertos y asuntos financieros—, aportando la visión de un verdadero “defensor de la patria”. Se trata de David French. En 2017, French fue coautor de la Declaración de Nashville, que afirma “que es pecado aprobar la inmoralidad homosexual o el transgenerismo y que dicha aprobación constituye una desviación esencial de la fidelidad y el testimonio cristianos”. Nacido en Alabama, sureño, sirvió a su patria con honores militares en la guerra de Irak. O sea, un hombre que difícilmente puede ser acusado de escribir malintencionadamente a favor de las ideas demócratas, progresistas en el caso de nuestro acerbo patrio.

El artículo que me quita el sueño se titula “Trump ha lanzado una «bomba atómica» sobre el Departamento de Justicia”. No me dirán que el título no invita a seguir leyendo, aunque uno sea un pobre e inculto apasionado del fútbol.
Que Trump no despierta pasiones en este lado del charco es algo de sobra conocido. Por nuestras tierras, solo lo defiende Santiago Abascal, aunque no sé muy bien cómo se las arregla con el inglés. El partido de Feijóo le mira de perfil, a veces le hace mohines, flojitos, no se vaya a enfadar el miura de largas corbatas rojas; a veces le defienden por lo bajini, tan por la bajini que sus adversarios políticos, que son todos los demás del arco parlamentario, son capaces de encontrar esas tímidas manifestaciones de aprecio para que ocupen titulares gruesos en los medios afines. La unión temporal de políticos que dirige Sánchez, ya lo sabemos todos, odia al hijo de inmigrantes alemanes que lidera una cruzada mundial contra los inmigrantes. Pero su odio es moderado, sin malos rollos. Se temen que el okupa de la Casa Blanca sea capaz de mandarnos a la sexta flota para quedarse con toda España, de Rota hasta Hondarribia.
Que David French escriba en los términos que lo hace sobre el asalto, en toda regla, de Trump a uno de los pilares constitucionales de la democracia americana, haciendo ver a todo el mundo que es él el que nombra y puede despedir al fiscal general de los Estados Unidos, convirtiendo su cargo en un político más al servicio del más famoso de los vecinos de Washington D. C., me ha llevado a establecer un paralelismo con lo que sucede en nuestro país. French describe en su artículo la villanía con la que Trump se cisca en la separación de poderes. La facilidad con la que ha logrado que todo el Departamento de Justicia trabaje para él y trate con absoluta benevolencia a sus amigos y con toda dureza a sus enemigos para satisfacer su insaciable sed de venganza. “Para mis amigos, todo. Para mis enemigos, la ley” dice French de Trump, recordando cómo va reescribiendo la historia a base de indultos y cómo persigue a quienes estima se opusieron a su “mandato imperial”.
French, recordémoslo, un verdadero patriota, del sur, opuesto a las leyes trans y al reconocimiento de homosexuales, afea con dureza el proceder de Trump. Le acusa de estar cargándose la integridad del Departamento de Justicia, que ahora solo puede dictar resoluciones que antes hayan sido bendecidas por el señor de los aranceles. Que ha comenzado la destrucción de las bases mismas de la democracia americana, eligiendo no solo a la secretaria de Justicia —es una señora, Palm Bondi, rubia platino—, el equivalente a nuestro ministro de Justicia, si no a todos los principales cargos que dependen de ella: fiscal general, director del FBI, funcionarios de niveles inferiores pero importantísimos para la independencia de la justicia.
Lo asombroso, dice French, es que todo ello sucede sin que exista una revuelta popular para evitar que el presidente termine por destruir la democracia, convirtiéndose poco menos que un mandatario absolutista, del mismo tipo de los que gobiernan China o Rusia. Se lamenta, al final de su artículo, de la falta de consciencia. De que los ciudadanos no sean capaces de ver la transcendencia de lo que está sucediendo.
Pienso, mirando para nuestro país, en las enormes similitudes que existen. Pero creo que French no tiene en cuenta que allí los ciudadanos son más de US Today —en una horrenda película de ciencia ficción, protagonizada por Arnold Schwarzenegger, titulada Total Recall, nos anticipan que habrá un Mars Today—, como aquí lo somos del Marca. De lo contrario, se ahorraría la frustración con la que escribe.

2 Comentarios
jose
como siempre muy bueno si sr
Tomás Aranda
Muchas gracias, Pepe. Me alegro de que te gusten mis relatos. Los comentarios de los lectores me ayudan mucho en esta tarea que me he propuesto.
Fuerte abrazo