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#75 La torre

Nos dimos cuenta de su cambio hace ya varios meses. Jamás antes le habíamos descubierto una simple arruga en su gabardina azul, ni una brizna de caspa en su abrigo Chesterfield, el elegido entre todos nosotros para los días más fríos del invierno. O una componenda inadecuada de traje y camisa. Cada mañana lucía pulcro al subir a la torre. Perfecto, inmaculado. Su pelo bien atusado y empapado con el aroma del perfume de siempre, elegante y fresco. Un día, nuestro compañero Juan Correa asombró a todos con una imagen esbelta, pero desconocida. No es que viésemos mal la ausencia de corbata, todos sabemos lo bien que nos sientan esas combinaciones casuales en los cócteles informales, y en las celebraciones distendidas, aunque nunca accederemos a vestir así los viernes, como hacen ya algunos de nuestros clientes. Siempre que se haga con buen gusto y se elijan los matices adecuados.

Veníamos observando que Juan vestía de forma algo desangelada, con colores grises y desentonados, chaquetas deportivas, sin venir a cuento, con pantalones de tonos desconocidos y sorprendentes, camisas de tonos prohibidos y hasta de rayas… Su aspecto, antes perfecto, irreprochable, se ha transformado en desaliñado, aunque sabe bien lo poco que nos gusta la gente descuidada.

Cuando le vimos aparecer en el edificio el sábado por la noche, no nos sorprendió. ¡Tantas noches de desvelos por el bien de nuestra firma, jornadas agotadoras que Juan siempre ha llevado con ejemplar energía y determinación! Un socio envidiable al que nunca habríamos pensado en negarle el acceso a la torrea a la hora que él desee. Sí, nos llamó la atención la hora en exceso tardía. Además, no teníamos constancia de qué trabajo le llamaba a descuidar a su familia una tarde invernal tan gris. Pensamos, naturalmente, que tal vez tendría nuevos datos de ese banco al que tratamos de convencer de nuestros insuperables servicios. Seguro que deseaba adelantarse a todos nuestros competidores.

¡Juan, es tan activo! Aspira a todo, siempre nos lo hizo evidente, y es generoso con su tiempo para con nosotros, dispuesto a dedicar su vida por nuestro bien.  Es verdad que son incontables los días en que ha dejado de lado a su familia durante los innumerables viajes para beneficio de nuestros preciados clientes. Él siempre lo compensa con esa fidelidad y dedicación. Cada vez que vuelve a casa, se entrega a ella, le trae regalos desde el lugar en el que haya estado defendiendo a nuestra firma. Seguro que la complace tal y como le enseñamos, de forma recta y sin devaneos, sin un ápice de deslealtad. Todos tenemos trazado el camino.

Entró por la puerta principal con una prisa propia de su determinación, sin necesidad de devolverle la mirada a los vigilantes que, como nosotros, se sorprendieron con su presencia. En la soledad de nuestra torre, los ascensores estaban esperándole para subirle a la planta 21 sin paradas. Nos sorprendió que Juan se detuviese precisamente en la 21, él no trabaja en esa planta, pero, pensamos, ¿qué importa? Tiene acceso a todos los rincones de la torre. Es uno de los nuestros.

La cámara de entrada a las oficinas dibujaba una estampa suya que nunca habíamos visto, la verdad, y eso perturbó nuestra tranquilidad. Era insólito verle nervioso, él nunca perdía el control. Hacía tiempo que seguía los consejos de nuestro conclave, asiste las mañanas de los sábados a clases de yoga. Equilibrio, nos decimos, siempre debemos buscar el equilibrio. Ese es el camino que nos llevará a lo más alto de la torre, nuestra gran aspiración. Con la entrega abnegada y un buen equilibrio, todo se nos dará. Juan sabe perfectamente que el momento, deseado por todos, de la sustitución de nuestro líder está muy cercano. Y el es uno de nuestros favoritos…

Le vimos entrar en el deshabitado despacho de Eva, la adorable socia de auditoría. Una mujer brillante, muy brillante. Y agresiva. Tal vez en exceso. Nos resultó inusitado verle entrar y salir varias veces de su oficina, cargado de carpetas. De tantas que llevaba, se le cayeron al suelo y tuvo que agacharse para ordenar, de forma torpe y atropellada, un mar de papeles. Jamás habíamos visto algo semejante en socio alguno, menos en uno tan ejemplar. En nuestra firma sabemos muy bien a quienes tenemos reservado el cometido de trajinar con esos papeles.

Volvimos a verle en el rellano de los ascensores. Apretaba contra su pecho, como si de un fardo se tratase, carpetas y papeles sueltos en los que era bien visible el inmaculado logo de nuestra amada firma. Apretó el botón de la planta 32. Cada vez más nervioso, empezó a rebuscar en el bolsillo del pantalón la llave. Solo los socios elegidos la tienen. Sin ella, el ascensor no le habría hecho caso para subirle hasta la planta de nuestro respetado líder. Le vimos correr por la gran sala de espera, la antesala del despacho que todos deseamos ocupar algún día. Dejó sus carpetas en el mostrador de recepción para tratar de abrir la puerta de nuestro guía. Ese gesto, en cierta medida, empezó a incomodarnos. Juan sabe, como todos, que al lugar más sagrado de la torre solo se accede de una forma, siempre tras una amable y certera convocatoria de nuestro presidente. De hecho, durante la semana nos convocó varias veces para repasar la situación. Es verdad que notamos su ausencia. Supusimos que estaría en alguna improrrogable misión. Aunque, nadie nos lo advirtió y, con franqueza, no teníamos indicios de dónde estuvo.

La torre no le dejó entrar, como resulta obvio, pero insistía con obstinación, olvidando por completo los valores y los modales. Cogió un extintor y comenzó a golpear la puerta hasta que se dieron por vencidos los esplendorosos picaportes y la cerradura de seguridad.

No pudimos ver lo que hizo dentro, el lugar sagrado es el único que no tiene cámaras. Entre nosotros siempre estaremos de acuerdo en darle la máxima confianza e intimidad al líder. Vimos cómo salía con varias carpetas nuevas, diferentes a las que usamos los socios, con la distinción que solo a nuestro querido timonel le corresponde.

No nos interesaron las urgentes razones de Juan para husmear, con saña y ahínco, en tan valiosa información. Todos sabemos lo que hay en esas carpetas… Agrupó de malas formas todo su tesoro y salió corriendo, como un alma atormentada y sin destino. Bajó a la planta 16. Al fin, se dirigió a su despacho. Nos alivió, de forma efímera, la suposición de que Juan lo único que pretendía con esta visita tan inesperada a la torre era bregar con audacia por el bien de la firma ¡Nos lo ha demostrado tantas veces! Uno de nuestros guardianes de la verdad, acaso el mejor. ¡Juan lo tenía todo!

No le sorprendió la súbita oscuridad, la torre también tiene sus principios. Él, más que nadie, lo sabe. Con su sabiduría y anticipación, se encargó en persona de dotarnos de tan impagable custodia. Rebuscó en su mesa hasta que encontró una linterna. En verdad, otra muestra de rareza en el equipamiento de un socio. Salió de su despacho sin cerrarlo tras de sí. Otro inexcusable olvido. Forcejeó con la puerta que da acceso a los ascensores. El humo comenzó a nublarle la vista. Lo último que vimos fue la cascada de carpetas y papeles, que ya empezaban a quemarse. Sin fuerza para volverlas a ordenar, aunque fuese de forma torpe, se retorcía en el suelo tratando de taparse la boca. Un espasmo agitó su cara desaseada.

Estimada Julia,

Te escribimos para comunicarte que Juan Correa, tu amado esposo, lleva días sin hacerse presente en la torre. Estamos seguro de que habrá emprendido una larga misión por la que siempre le estaremos agradecidos. Su elevada discreción no le habrá permitido comunicárnoslo a su debido tiempo.

Te mantendremos oportunamente informada.

Mientras tanto, deseamos trasladarte nuestros mejores deseos en un día tan especial como hoy, en el que vuestro amor habría resplandecido como nunca, pero que no podrás disfrutar junto a Juan por su impagable dedicación a la firma.

La Torre, 14 de febrero de 2005

(La noche del 12 de febrero de 2005 ardió la torre Windsor en el centro de Madrid. Todavía se desconocen las causas)

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