“Imagina que no existe el paraíso.
Es fácil si lo intentas
Ningún infierno bajo nosotros.
Por encima de nosotros, solo el cielo
Imagina a toda la gente
Viviendo el hoy
Imagina que no hay países.
No es difícil.
Nada por qué matar o morir
Y ninguna religión tampoco.
Imagina a toda la gente
Viviendo la vida en paz”
A veces, los milagros se producen con protagonistas insospechados. Meses de horror, matanzas y penurias para cientos de miles de seres humanos, provocados por personajes que van camino de ocupar un lugar privilegiado entre los más siniestros de la historia, cientos, acaso miles de años de enfrentamientos entre las comunidades árabe y judía, todo ello invitaba al pesimismo, a decirnos que la convivencia civilizada en Oriente Medio nunca sería posible. De pronto, de forma inesperada, se abre una oportunidad para la paz. El “Imaginemos” de John Lennon, convertido en realidad en un territorio eternamente desolado por la guerra.
Es conocida la enorme influencia que la comunidad judía tiene en la sociedad americana. En todos los órdenes: social, de la comunicación y, por supuesto, de la economía y la política externa de los Estados Unidos. Pese al más que evidente apoyo de Trump y el lobby judío a la salvaje campaña de Netanyahu en Gaza, desde hacía unas cuantas semanas empezaban a aparecer artículos en todos los medios norteamericanos afirmando lo evidente: Israel, así no. Así no se puede vengar el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Un genocidio como el de Gaza, retransmitido en directo a diario, empezaba a ser insoportable hasta para la tropa de Trump. Y, la realidad del aislamiento internacional de Israel, tampoco.
Uno de los aspectos más asombrosos del histórico acuerdo de paz, firmado una semana después del segundo aniversario del ataque fratricida de Hamás, que acalla por fin el sonido cotidiano de las bombas sobre la población civil palestina en Gaza, es que el protagonista, oculto entre bambalinas de egipcios, turcos y cataríes, no ha sido un diplomático de carrera, ni tan siquiera el arrojo del propio Trump, fanfarrón e interesado, pero con arrojo al fin y a la postre. Ha sido uno de los familiares que le rodean en la corte absolutista en la que ha convertido a la Casa Blanca: su yerno Jared Kushner.

Jared es un empresario del sector inmobiliario, avezado negociador en un mundo tan lleno de minas como el suelo europeo en la Primera Guerra Mundial. Basado en Nueva York, sus éxitos empresariales, según sus propias declaraciones, se deben a la aplicación de un principio singular: conseguir primero el sí de las partes, para después entrar en los detalles. Es un principio que requiere de ciertos valores, casi religiosos, entre las partes, como la importancia y el compromiso con la palabra dada. Valores que descalificarían, de tan habituados a la mentira como están, a la mayoría de los que en estos días pretenden colgarse la medalla de la paz.
Jared tiene otros motivos para haberse convertido en el artífice de la tan deseada paz. En sus negocios inmobiliarios, cuenta con una amplia experiencia en Oriente Medio. Entre sus socios se encuentran empresarios y mandatarios de Arabia Saudí y Catar. De origen judío, puede decirse que conoce de primera mano las tensiones que se viven en ese agitado rincón del mundo. De manera que, si hacer negocios inmobiliarios con interlocutores tan complejos le resulta sencillo, ¿por qué no poner sus habilidades al servicio de la diplomacia? ¿Por qué no aplicar sus principios negociadores al campo de la seguridad y la guerra? A fin de cuentas, todas las guerras tienen un motivo mundano: quitarle al enemigo un pedazo de tierra sobre la que edificar.
Cuando se lo propuso su suegro, le dijo algo que puede sonarnos a la típica jerga fanfarrona de la familia Trump: “es otro deporte, pero deporte al fin y al cabo”. Y se puso manos a la obra. En pocas horas, había montado una oficina de negociación en uno de los complejos que posee en Florida, desde la que empezó a desplegar sus artes. Aplicando su estilo negociador, se centró desde el primer minuto en conseguir el sí de Israel para el más sensible de los argumentos de estos dos años de guerra y genocidio: la devolución por Hamás de los secuestrados todavía en su poder. La presión interna que ya soportaba Netanyahu de sus propios conciudadanos, cansados de esperar la ansiada vuelta de los rehenes, hizo su efecto. El presidente israelí, nada más perpetrarse el ataque de Hamás, le había prometido a su pueblo devolver con vida a los rehenes y matar a todos los culpables del salvaje atentado. Tras dos años de masacres, ataques quirúrgicos para eliminar a los principales mandatarios de Hamás y la destrucción sistemática de toda la infraestructura de las ciudades de Gaza, sin importarle si en ellas había civiles, escuelas u hospitales, su palabra empezaba a estar seriamente devaluada.

Hamás, por su parte, debilitada en todos los frentes, con su apoyo fundamental, Irán, también sometido por las fuerzas militares conjuntas de Israel y los Estados Unidos, era sabedor de que si se negaban a un acuerdo todos ellos terminarían muriendo, más tarde o más temprano.
Con esos mimbres, la audacia de Jared seguramente fue algo más sencilla. Aunque casi nadie hubiese apostado por un acuerdo, consiguió el sí de ambas partes, dejando al mundo con una cierta sensación de alivio, aunque enfrentado al reto de resolver los detalles. Con los rehenes y presos intercambiados; con los restos de los muertos durante el secuestro de Hamás a punto de ser entregados a las autoridades de mediación establecidas en el acuerdo; con la ayuda humanitaria entrando en Gaza, sin miedo a ser tiroteados, el camino hacia una paz que parecía imposible es ahora una ruta transitable.
Desde Europa, que ha pintado más bien poco en el éxito del acuerdo, no ha tardado en aparecer todo un coro de aspirantes a cantar la canción de John Lennon. La mayoría de los líderes, que presumen de lo que no han hecho, se han apresurado autoproclamándose parte esencial del éxito de la paz, seguramente para tapar sus propias vergüenzas, como Macron, que tiene a Francia al borde del colapso, o Sánchez, que abanderando la flotilla hacia Gaza ha conseguido unas semanas de tregua en sus propias tribulaciones. Sin embargo, los países europeos en su conjunto han contribuido al acuerdo con el debilitamiento internacional de Israel mediante el reconocimiento del Estado palestino. Ese factor, seguramente, también facilitó las artes negociadoras del yerno de Trump.

El acuerdo es seguramente muy favorable a Israel. La retirada efectiva de sus tropas, la reconstrucción de Gaza, la administración de la paz y muchos otros detalles de grueso calibre, tendrán que abordarse a partir de ahora. En ese proceso, tan complicado como la propia paz y el intercambio de rehenes, serán necesarias todas las buenas voluntades que en estos días se apuran para salir en la foto de la concordia. Para algunos, la paz puede haberles llegado en mal momento. Políticos que viven más del relato que de los hechos muestran un indisimulado malestar, un gesto contrariado, por la inesperada materialización de la paz sin que ellos hayan sido parte del logro. En España, por ejemplo, tenemos una huelga general convocada para conseguir la paz en Gaza… que se desarrollará semanas después de la firma del acuerdo y el intercambio de rehenes.
La población de Gaza, la que ha sufrido y venía sufriendo las atrocidades del ejército israelí; la que soporta la corrupción de las organizaciones palestinas; la que ha sido usada como escudos humanos para los macabros planes de Hamás; pero, también la que ha visto como los colonos israelíes les iban cercenando sus tierras y sus casas. Ese pueblo palestino, en boca de tantos activistas, solo desea que los versos de la canción de John Lennon puedan hacerse realidad. Tan solo desea vivir en paz.
Me gustaría imaginarme que todo ello es posible.

1 Comentario
jose
Estupendo una vez mas muy acertado