El candidato Pedro Sánchez no habría superado la investidura tras las elecciones de noviembre de 2019 sin el decisivo voto favorable del diputado de una nueva formación política: Teruel Existe. Poco después, en las elecciones de Castilla y León de febrero de 2022, por imitación empezaron a surgir otros existes: Soria, Ávila, Palencia… las provincias menos habitadas y con peores proyecciones demográficas de España: la España vaciada… La despoblación es consecuencia de algo bien simple: la estructura económica de esas provincias lleva necesariamente a una paulatina reducción del empleo, las oportunidades económicas y, como resultado, a la migración de los pocos jóvenes que nacen en esos territorios. Castilla es tierra de mucho cereal, de secano, que desde hace años se cultiva y se cosecha con maquinaria cada vez más eficiente que ha reducido drásticamente la necesidad de mano de obra. Para colmo, es el cultivo pobre, el de menores márgenes para los agricultores; tanto que con frecuencia prefieren que la cosecha se desgracie para poder recibir las compensaciones del seguro agrario.
Revertir la situación de despoblación es solo posible cambiando la estructura económica de esos territorios. Y, por consiguiente, no es cosa de una legislatura, ni de los regalos puntuales de un gobierno para comprar el voto del diputado de turno. Francia, con una estructura agrícola muy extensa, es ejemplo de que la agricultura es compatible con preservar la población y, además, permitir que los ciudadanos franceses que viven en el medio rural tengan acceso a servicios de calidad comparables a los de los habitantes de sus ciudades. La diferencia es que en Francia siempre ha existido, gobierno tras gobierno, una visión de país, una visión global. Mejor o peor gestionada, pero la visión global es un valor irrenunciable en Francia. Mientras, en España como poco tenemos 17 visiones y, gobierno tras gobierno, se definen los planes de inversión supeditados a los caprichos nacionalistas —y ahora regionalistas— de turno. El resultado de partidos tipo Teruel Existe podrá ser brillante, me atrevería a decir que, hasta productivo, para el diputado seleccionado; pero no conseguirá cambiar la tendencia poblacional y económica de sus paisanos sin un proyecto trans provincial. En definitiva, sin un proyecto nacional. Darles el voto a los Ávila Existe, Soria Existe, etc. hará muy felices a unos pocos políticos de esas provincias. Sin embargo, más allá de algunas promesas bien sonantes, el resultado no cambiará el que parece destino irremediable de esas regiones.
¿Existe alguna solución? Las condiciones naturales y climatológicas no parecen que hagan posible un cambio en el tipo de cultivo de la Castilla del cereal, ni en el tamaño de las explotaciones agrícolas. Establecer actividades económicas contra natura tampoco parece resultar un camino. No obstante, algunas de las dinámicas surgidas tras la pandemia, como el trabajo en remoto, online, permiten plantearse algunas alternativas, cuando menos, a explorar. Acostumbrados como estamos para teletrabajar, ¿no creen que deslocalizar ciertas actividades hacia el mundo rural podría ser factible?
Imaginemos un caso: yo le llamo el clúster rural. Pongamos que un banco es auditado por una gran auditora, una big-four. Que ese banco financia a una sociedad concesionaria de autopistas. Y que dicha sociedad forma parte de un conglomerado de empresas de servicios que, a su vez, son auditadas por otra empresa auditora. Desde el punto de vista de la contabilidad y la administración, esas empresas se relacionan todos los días entre sí. Decenas de analistas, contables y auditores se afanan cada día con las cuentas entrelazadas de ese conglomerado empresarial, utilizando herramientas que lo mismo funcionarían en la planta 30 de la Torre Picasso de Madrid que desde el estudio de ese profesional en su propia casa. Siempre que funcionen las comunicaciones, claro. Imaginemos ahora que destacamos en un pueblo de Soria, digamos Ventosa de Fuentepinilla, a un conjunto de jóvenes analistas de las dos auditoras, otros tantos del banco, varios contables de las empresas de servicio y de la concesionaria. Pongamos por caso que en total desplazamos a unos 60 profesionales. El proceso de selección primaría que se eligiese a jóvenes con pareja, facilitándoles trabajo a ambos. Ahora, destinemos una inversión a remodelar los viejos caserones de Fuentepinilla, a punto de ruina muchos de ellos. Y sumémosle una inversión para llevar fibra óptica al pueblo en el que se construirá un coworking con facilidades para videoconferencias.

Según Wikipedia, Ventosa de Fuentepinilla tiene apenas veinte habitantes censados, pese a situarse a unos 34 kilómetros de la capital de la provincia, Soria. Además, a unos quince kilómetros se encuentra el cruce con la N-122 que lleva desde Soria a Aranda de Duero y unos cuantos kilómetros hacia el este se llega a la A15, una autovía que une Soria con Alcolea del Pinar y la A2. No está tan aislado el pueblo, ¿verdad? Con sesenta habitantes jóvenes, el pueblo necesitará una escuela. Tal vez un pequeño centro de salud. La situación geográfica de Ventosa es peculiar: está en el mismo centro de la provincia. No cuesta imaginarse que con una población estable de 60 jóvenes aparezca alguien que abra un comercio, un par de bares y, ¿por qué no?, un centro cultural.
A los voluntarios seleccionados se les facilitaría la vivienda, el empleo por un período mínimo de, digamos, seis años y, a cambio, se comprometerían por igual periodo a mantenerse en Ventosa. Salvo promociones, claro, que, de producirse, conllevarían su sustitución con otro profesional. Si necesitan desplazarse a reuniones en Madrid,no lo tendrán muy complicado: apenas dos horas en coche. El proyecto les ofrecería un vehículo casi gratis, eléctrico.
Imaginen las economías inducidas. Una farmacia, taller, punto de entrega de Amazon con drones (no es malo soñar), un centro de gestión de drones, un sistema de seguimiento de las cosechas de cereal basadas en tecnología de aeronaves no tripuladas, un laboratorio de ensayos de fertilizantes, sedes de empresas distribuidoras de telefonía; piezas, talleres, jardineros… ¿Podría funcionar? Es un sueño, seguro; pero ¿por qué no? Tan solo precisaría de una colaboración público-privada. Y unas inversiones que no creo que fuesen prohibitivas para las alegrías presupuestarias en las que nos movemos. Se necesitaría mucha letra, resulta obvio decirlo.

En estos momentos —2025—, disponemos de varios Ministerios que tienen entre sus funciones ocuparte del mundo rural, de la España vaciada. El Ministerio para la Transformación Ecológica y el Reto Demográfico es el que parece más claramente orientado a solventar los problemas de la despoblación. Es el Ministerio que se ha hecho famoso por las dubitativas explicaciones dadas al apagón eléctrico sufrido en toda España en fechas recientes, pues, en su amplia estructura cuenta con la Secretaría de Estado de la Energía, ni más ni menos que el responsable de la política energética nacional (por cierto, su responsable, según el CV disponible en la web del Ministerio, ha desarrollado toda su carrera profesional, no muy extensa, en el sector de las renovables). Pues bien, este Ministerio tiene una Secretaría General dedicada al Reto Demográfico, con una Dirección General correspondiente. Si se tiene la paciencia de revisarse las funciones de unos y otros cargos, se descubrirá que la verdadera chica de estas consiste en repartir subvenciones y ayudas a través de diferentes convocatorias. No hay modo de saber a dónde han ido estas ayudas, ni su eficacia. Algunos de los informes hablan de más de 600 proyectos aprobados desde 2021, la mayoría de ellos para agrupaciones locales (ayuntamientos) y para “entidades de la economía social”, un concepto demasiado etéreo tras el cual parece haber un buen número de asociaciones sin ánimo de lucro, muchas de ellas creadas, precisamente, con el viento favorable de las ayudas públicas. La información del Ministerio no permite ver el impacto de esas ayudas en su objetivo, que debería ser otro que atajar la despoblación galopante que se sufre en amplias zonas del territorio español.

El Gobierno ha prometido en varias ocasiones —sin haber cumplido las promesas nunca— deslocalizar determinados centros públicos de las grandes ciudades, singularmente de Madrid. Deslocalizar las actividades públicas no es una idea muy original. Se trataría, supongo, de desplazar a una buena cantidad de funcionarios de su puesto de trabajo en alguna oficina de Madrid a otro destino. Dudo que los piensen mandar a Ventosa de Fuentepinillos. Con seguridad, la deslocalización de funcionarios públicos madrileños, si es que los sindicatos correspondientes los permiten, no contribuiría a rellenar la España vaciad. Si acaso, tal vez animarían alguna capital de provincia. Aunque, vistos los antecedentes recientes, esos teóricos desplazamientos no terminarían en Soria. Más bien lo harían en Barcelona, o Bilbao. Por aquello de los apoyos necesarios…
Desde mi modesto punto de vista, sin una visión de conjunto, con la participación del sector privado y con inversiones que no dependan del disputado voto de Soria Existe, ni el sueño descrito más arriba ni los optimistas propósitos del Ministerio serían posibles. Tampoco vencer la tendencia siniestra de reducción de población, el abandono de la tierra y del patrimonio cultural en cientos de pueblos de esa España olvidada.
Hacer política es soñar. Elegir a un diputado provincial que solo entienda de su terruño es, con todo respeto, algo pueblerino y de recorrido práctico, poco prometedor. Yo, antes, me apuntaría a soñar.
