La tarde del 2 de diciembre de 2025 hacía menos frío del que cabría esperar de un mes de diciembre en Moscú. A la Embajada de los Estados Unidos, un edificio ajeno tanto al estilo zarista como al soviético, y distinto también de la arquitectura clásica estadounidense que predomina en Washington, había llegado una delegación encabezada por un diplomático enviado por Trump para negociar la paz en Ucrania. Su nombre es Steve Witkoff, posiblemente un desconocido más de la legión de funcionarios que asisten al excéntrico presidente americano. En la delegación destacaba la presencia de alguien que empieza a resultarnos mucho más familiar: Jared Kushner, el yerno de Trump. La reunión se preveía corta. Duró cinco horas. Cuando finalmente abandonaron la embajada, las calles moscovitas solo estaban habitadas por almas errantes ateridas de frío.

Hace pocos meses, MUTAURI, el contador de historias, se hizo eco del asombroso acuerdo de paz alcanzado con Israel y Hamas. Jared había recibido el curioso encargo de buscar la paz entre dos partes, aparentemente irreconciliables, de su suegro. Lo suyo son los negocios inmobiliarios. Como los del propio Trump, aunque necesite del poder de la Casa Blanca para hacerlos más grandes. Al yerno, la vida le sonríe. Construye un imperio por ciudades americanas, Nueva York incluido, por supuesto, y por medio mundo. Su habilidad sin igual se basa en un principio negociador sublime: conseguir primero el sí de las partas, sin enredarse en los detalles, para luego desgranarlos con paciencia y con una buena dosis de abogados puntillosos. Su presencia en Moscú da esperanzas para el fin de una guerra, la de Ucrania, que va camino de su cuarto aniversario. Guerra alimentada por las pasiones zaristas del presidente ruso y por los que defienden, desde la Unión Europea, a Ucrania, para que el primo de zumosol ucraniano entretenga al exespía del KGB, no vaya a resultar que éste se despierte cualquier mañana con ganas de lanzar sobre las cabezas de los europeos un arsenal de misiles y drones.
En Gaza, Jared tuvo la inteligencia suficiente para presentarse en la mesa de negociación con una realidad incómoda para cada una de las partes. El pueblo de Israel ya estaba cansado de una guerra para recuperar a los secuestrados por Hamás. Netanyahu les había prometido devolverlos con vida y liquidar a los culpables, pero solo había conseguido acumular dolor, hambre y muerte entre la población civil palestina, haciendo que todo el mundo mirase mal a los judíos, en Gaza y en Nueva York. Hamás, por su parte, había visto cómo sus líderes eran eliminados por la máquina de guerra israelita, uno tras otro. Sin piedad ni esperanza para los nuevos. Y, para colmo, todo el mundo fue consciente del uso de la población civil palestina como escudo para esconder sus armas y sus túneles siniestros, poco les importaba hacerlos en los bajos de una escuela o en los cimientos de un hospital. Jared solo tuvo que ser amable con ellos. El sí estaba escrito en las mentes de judíos y palestinos. Los detalles, podían esperar (de hecho, siguen esperando).

¿Cuáles serán los hechos insuperables que habrá visto el bueno de Jared para apaciguar a dos personajes irreconciliables? Putin, que más que zar habría que llamarle Khan, rememorando al gran Gengis Khan, que arrasara casi toda Europa y Asia, no dejando tras de sí supervivientes, para que no se les ocurriese revelarse contra él, es el único líder mundial que no pierde ni un solo segundo en convencernos de que es una buena persona. Le da lo mismo eliminar a sus enemigos políticos con un brebaje a base de plutonio que mandar a miles de jóvenes rusos a una muerte segura para conseguir sus objetivos. Por su parte, Zelensky, el líder ucraniano, cómico reconvertido en presidente heroico, demostrando una dignidad sublime ante las bravuconadas de Trump, hombre duro y aguerrido, de la misma escuela de los rusos, no parece que tenga motivos para dar su brazo a torcer. Tiene problemillas de corrupción en su gobierno, ¿quién no? Que se lo pregunte al presidente español. O a Macron. Los rusos dicen de él que no está en este mundo, que sus preocupaciones mundanas por las malas prácticas de sus colegas de gobierno le incapacitan para pensar en los asuntos verdaderamente importantes. Resulta cuando menos enternecedor escuchar a los rusos hablar de la corrupción de otros.
Los portavoces de las delegaciones informaron brevemente de los resultados de la muy extensa reunión. Unos y otros se deshicieron en elogios para la otra parte. Buen ambiente. Debates Positivos. Muchos puntos de acuerdo. Otros que necesitarán de más matices. El camino de Jared parece una vez más un camino pavimentado hacia la paz. Todos ellos resaltaron que, además de guerra y paz, hablaron de negocios. En eso, con toda seguridad la sintonía sería perfecta. Putin no ha hecho otra cosa desde que ocupa el Kremlin que beneficiarse de su incontestable poder. Trump, ¿qué vamos a decir de él? Y seguro que habrán reservado algunas migajas para los que no estaban en la mesa, los ucranianos, ahora que parece que ellos también se dejan tentar por la riqueza expeditiva.
¿Cuáles serán los asuntos que, como las ofertas de los mafiosos, no podrán negarle a Jared para liquidar la guerra? Quién sabe si Putin empieza a tener ataques de senilidad, aunque hay quien piensa que en realidad Putin ya es un replicante, una máquina perfecta de poder y maldad que se renueva cada vez que se precise. Tal vez los rusos empiezan a cansarse de mandarle a lo mejor de las nuevas generaciones a un frente de batalla eterno. O el aislamiento internacional pone en peligro algunos de sus negocios. Poco pintan ya los rusos en Oriente Medio y, en África, no parece que los mercenarios Wagner le sean fieles. Quizás, el lado sensible de Putin —o su replicante— sea pura y simplemente la posibilidad de una mayor fortuna. No hay nada que les guste más a los rusos que el lujo y la apariencia, quizás porque durante muchos años se la negaron por completo. El lado blando del irreductible Zelensky es un misterio. La riqueza también le tienta. A fin de cuentas, los ucranianos son primos hermanos de los rusos. Su población está cansada, por supuesto, y el horizonte de un nuevo invierno de miedo y casas sin calefacción por los ataques rusos a sus centros de producción de energía puede que estén terminando con la paciencia y el patriotismo ucraniano. Todo suena, por el momento, misterioso.

Si Jared se ha tomado la molestia de llevar el asunto, no duden de que más pronto que tarde tendremos la noticia del acuerdo de paz. En los detalles, le seguirán meses y meses de desconfianza mutua. Algo engrasará la firma. El reparto de las tierras raras. El control del gas natural. La llegada de billones de dólares para la reconstrucción —asunto inmobiliario, Jared—. O una pequeña pinza de rusos y americanos ante el imparable dominio mundial de los chinos en todo lo que se nos pueda ocurrir, desde la tecnología al poderío militar. Al judoca del Kremlin no debe de hacerle mucha gracia que sus pingues avances en la guerra se deban a la ayuda militar china, con sus drones asombrosos y con su apoyo financiero.
Algo va a suceder. Y pronto. Jared ya tiene otra ala de uno de sus inmensos edificios en Florida lleno de abogados, ingenieros y políticos. Las noticias de la reunión en Moscú detallaban que llevan meses de trabajo ininterrumpido. Esta misma semana se reúnen con los ucranianos. Muchos de ellos están también desplegados en el soleado estado de las naranjas —el símbolo del Estado de Florida—. Puede que todo ello, además del propósito común de todas las partes por hacerse más poderosos, sea tan simple como un asunto de ego. Trump aspiraría claramente al siguiente Nobel de la Paz, quién sabe si compartiéndolo con Zelensky.
Los que seguro que pintaremos poco seremos los europeos. Como en Gaza. De nada habrán servido las fotos con Zelensky de todos los lideres de la Unión, muchos de ellos en apuros. Atrás quedarán los abrazos y las carantoñas, los espacios en los parlamentos para homenajearle, las promesas de apoyo eterno y armas que no tenemos.
Si Jared lo vuelve a hacer, la mayoría de los líderes europeos tendrán que buscarse otra excusa para esconder sus propias miserias domésticas.

1 Comentario
Gloria
Buenísimo artículo Tomás, super interesante