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#81 Imperios eternos

Estoy atareado con la lectura de uno de esos libros que representan un auténtico reto para el apetito literario: “Los caminos de la seda”, de Eva Tobalina, la mejor obra de no ficción histórica de 2024. Impresiona especialmente cómo la autora describe el mestizaje cultural que surgió gracias a los comerciantes, así como la forma vívida en la que narra las batallas entre reyes y emperadores que luchaban por el control de la Ruta de la Seda.

La obra es en realidad una guía por la historia de la humanidad a través del comercio de la seda. Los grandes imperios de la antigüedad, deseosos de conquistas, buscaron apoderarse de esta ruta mítica. En la travesía que nos propone la autora, abundan héroes, villanos y bárbaros, quienes, pese a su fama, apreciaban la belleza de las vestimentas sutilmente elaboradas por artesanos chinos a partir de la seda que producían los gusanos.

También se explora el surgimiento y la mezcla de religiones a lo largo de Eurasia, favorecidas por el mestizaje propiciado por los comerciantes. Reyes y emperadores, en su afán de controlar un negocio tan codiciado, protagonizaron batallas y conquistas sangrientas. Asimismo, el libro narra las traiciones de personajes que intentaron arrebatar porciones de poder a sus propios señores para su propio beneficio.

Del catálogo de imperios que han florecido a lo largo de la historia de la humanidad, sorprende que uno solo de ellos haya sobrevivido a los cambios habidos en la historia: el imperio chino. Bajo formas diferentes, con incontables dinastías en las que no faltaron las maquinaciones, los asesinatos, la corrupción y el endiosamiento del emperador de turno, transformado en el siglo XX en otra forma imperial, con el maoísmo primero y ahora con un partido comunista que interpreta los valores del socialismo de una manera asombrosamente efectiva, en términos de desarrollo económico, China siempre ha estado presente en los grandes momentos de la historia.

El gigante asiático es, en la actualidad, el gran dominador de la economía mundial. De sus inmensas ciudades y territorios surge ahora una nueva forma de comercio. No es la seda, que maravillaba a los emperadores romanos y a los bárbaros de la estepa, sino la tecnología, protagonista absoluta del siglo XXI. Según la Agencia Internacional de Energía, China lidera la instalación de energías renovables, superando a cualquier otro país en 2024. De hecho, su capacidad instalada ronda los 900 gigavatios. El acero necesario para semejante parque habría permitido construir un Golden Gate cada día durante todo un año. Este dato, corroborado por informes de organismos internacionales, evidencia el gigantesco impacto de China en la transición energética global y refuerza su posición como potencia industrial inigualable.

La transformación histórica de China resulta asombrosa: de ser el epicentro del comercio tradicional de bienes como la seda —que durante siglos tejió alianzas y rivalidades internacionales a lo largo de la Ruta de la Seda— a convertirse en líder indiscutible en sectores tecnológicos clave, como la Inteligencia Artificial y la energía renovable. Ahora, el país no solo produce bienes, sino que domina el desarrollo de tecnologías punteras que configuran el futuro económico mundial. El resto de engreídos y patéticos imperios modernos, sea la América de Trump, la Rusia de Putin o el sancocho europeo, miran hacia el Este con la misma envidia, aunque no lo quieran reconocer, con la que lo hicieron muchos de los grandes emperadores de la antigüedad.

La primera vez que puse un pie en China, allá por 2008, mi mensaje a mi esposa era casi siempre el mismo: “nos van a comer por las patas…”. Cada encuentro profesional y cada ciudad que recorría nos dejaban boquiabiertos ante la magnitud de lo que estaba presenciando. Durante tres intensas semanas, exploré junto a mi equipo de Deloitte —por entonces yo era el responsable del clúster de infraestructuras aeroportuarias en esa big four— distintas oportunidades para colaborar en el desarrollo de infraestructuras del país. Visitamos nueve ciudades —desde la vanguardista Shanghái, con su aeropuerto de Pudong recién ampliado por aquel entonces, hasta la pujante Chongqing y la sorprendente Kunming—, y mantuvimos 47 reuniones con ejecutivos de empresas tecnológicas y constructoras líderes como Sinohydro o China State Construction Engineering.

Uno de los datos que me impactó fue conocer que, solo en la primera década del siglo XXI, China construyó más de 60 aeropuertos nuevos y remodeló otros tantos, superando los 240 en funcionamiento en 2008. Pudong, por ejemplo, era ya un hito de eficiencia y modernidad, con tren de levitación magnética incluido. En Chongqing, la construcción de puentes gigantescos sobre el Yangtsé, como el puente Dongshuimen, o la expansión del metro en ciudades como Guangzhou, donde entonces se añadían kilómetros de vía casi a diario, mostraban un ritmo vertiginoso de transformación. En cada ciudad, los proyectos emblemáticos se sucedían: autopistas de varias plantas en Pekín, puertos automatizados en Shenzhen, urbanizaciones enteras levantadas en cuestión de meses.

Pero, más allá de la impresionante maquinaria constructiva, lo que realmente me interesó fue el matiz humano. Es cierto que la cultura laboral china se caracteriza por una ética del trabajo intensa y un respeto profundo a la jerarquía, sea a un emperador o al secretario general del Partido Comunista, pero sería un error reducirlo todo a la obediencia ciega. En todas las reuniones que mantuvimos noté una creatividad y flexibilidad sorprendentes. Pero, por encima de todo, destacaba la avidez por aprender, por saber qué se hacía en otros países.

De entre todas las visitas, hay una que siempre cuento a amigos y colegas. Fuimos a entrevistarnos con el alcalde de Kunming, la capital de la provincia de Yunnan en la que se encuentra Shangri-la, la tierra idílica descrita en la novela “Horizontes perdidos”, de James Hilton. Kunming fue un oasis después de un periplo por ciudades en las que nunca se veía el sol, de lo espesa que era la contaminación que se había adueñado del aire. La ciudad tenía un cielo limpio, un lago, bastante bucólico, que ofrecía al fondo el perfil de las cercanas montañas del Tíbet y que solo tenía tres millones de habitantes. Aquel alcalde consiguió que me deprimiese definitivamente. Lo que nos mostró definía a la perfección cómo se construye un imperio y cómo es capaz de adaptarse a la evolución de la humanidad.

Frente a una maqueta, en la que se veía la huella de la ciudad en 2008, de un perfil más o menos rectangular, nos fue explicando los desarrollos que tenían programados. La provincia y la ciudad, por su cercanía con Myanmar (antes Birmania, excolonia británica), habían sido programadas por el Partido para convertirse en núcleo industrial de desarrollo de nuevas tecnologías. Los chinos, baratos como ya eran en 2008, sabían que tendrían que abaratar sus productos todavía más para seguir creciendo y liderando el boom tecnológico. Según nos contó, los trabajadores de la excolonia británica son todavía más disciplinados y baratos que los chinos.

La visión del futuro que habían ideado los planificadores de Kunming se plasmaba en la misma maqueta. Si lo comparásemos con un campo de futbol, la superficie ocupada por la ciudad existente en 2008 sería aproximadamente una de las áreas que rodean a los porteros, mientras que la planta final, prevista para 2030, tendría una huella del tamaño de todo el campo de juego. Una simple visita a Google Maps, mientras escribo este artículo, me confirma que aquello que dejó petrificado, por la grandiosidad, a mis colegas y a mí, se está ejecutando sin aparentes retrasos. Ya existen decenas de distritos residenciales, para los trabajadores que se habrán movilizado durante 17 años, construidos a base de inmensos rascacielos. Se observan centrales térmicas para abastecer de energía al nuevo monstruo industrial, seguramente las mismas que nos explicó el funcionario del partido que ocupaba la alcaldía. Y miles y miles de naves industriales desplegadas por un entramado de carreteras que no existían cuando visitamos la ciudad.

Mi recomendación a Deloitte fue clara: China no necesitaba tutores, sino interlocutores atentos. Aquella experiencia me convenció de que, con su capacidad para ejecutar obras mastodónticas —aeropuertos, puentes, redes ferroviarias que hoy suman más de 40.000 kilómetros de alta velocidad— y una sociedad en plena transformación, el gigante asiático estaba destinado a redefinir el mapa económico y tecnológico global. Lo asombroso no era solo lo que construían, sino cómo lo hacían: combinando tradición, pragmatismo, y una diversidad humana que a menudo pasa desapercibida tras las cifras.

El alcance global que China está logrando resulta apabullante. Tal magnitud no sería posible sin la combinación de varios factores únicos inherentes a su cultura. No se trata únicamente de una capacidad constructiva eficiente y competitiva en costes, sino de su dominio sobre los desarrollos tecnológicos y, fundamentalmente, sobre los recursos clave que los sustentan. Por ejemplo, China controla más del 60% de la producción mundial de tierras raras, elementos imprescindibles para la fabricación de dispositivos electrónicos, automóviles eléctricos y tecnologías renovables.

China ha incrementado significativamente su influencia en numerosos países gracias a acuerdos estratégicos, aprovechándose de la debilidad institucional y la corrupción en algunos gobiernos, facilitando el acceso a materias primas y asegurándose posiciones ventajosas en el nuevo orden mundial. Así, mediante una combinación de paciencia diplomática, inversiones discretas y una gestión cuidadosa de la deuda internacional, ha consolidado una red de relaciones que le otorgan ventajas económicas y políticas sin recurrir a la fuerza militar.

La comparación con el comercio de la seda en la antigüedad resulta especialmente ilustrativa: así como entonces la Ruta de la Seda permitió a China expandir su influencia comercial y cultural por Eurasia, hoy emplea estrategias económicas globales —como acuerdos bilaterales, inversiones en infraestructuras y control de recursos estratégicos— para reforzar y consolidar su posición en el escenario internacional. De este modo, el paralelismo histórico subraya cómo China adapta y perfecciona sus mecanismos de poder e influencia, manteniéndose como protagonista indiscutible en la evolución del orden mundial.

Un ejemplo del monstruo económico y tecnológico que ha construido China en pocos decenios —en realidad, desde que dejaron atrás las locuras de la Revolución Cultural maoísta— es la brutal expansión en el uso de fuentes renovables para alimentar sus ciudades e industrias. Sin asistir a los empalagosos resultados de las cumbres del clima, a las que no asisten —ni parece que lo necesiten—, producen un teravatio de energía limpia al año, lo que representa un tercio de la producción total de energía a escala planetaria. Ello los ha llevado a cumplir sobradamente los objetivos establecidos por la cumbre del clima celebrada en París hace diez años. Imagino el esfuerzo de los participantes en la reciente Cumbre de Brasil para mantener un discurso dramático, criticando la ausencia de los chinos, mientras tendrían que hacer oídos sordos a las noticias que les llegan desde el imperio asiático.

Según un reciente artículo, publicado en el diario The Economist, los chinos producen ya más energía mediante fuentes renovables que los americanos empleando combustibles fósiles. Y la tendencia no va a cambiar. Para Occidente, este golpe sobre la mesa de China es visto como una amenaza, sobre todo, de modelos de crecimiento y de sociedad. Dejar en manos de los chinos el futuro de un planeta que necesita reducir las emisiones y mitigar la subida de la temperatura media es, para muchos analistas estratégicos, terrorífico. Quizás sea demasiado tarde para esos remilgos.

En tiempos de los comienzos de la Ruta de la Seda, cuando las expediciones diplomáticas y comerciales tenían que sobreponerse a un camino plagado de peligros, no faltaron los que se quisieron adelantar para alcanzar acuerdos comerciales favorables con los chinos. Reyes, empedradores, militares avezados y bárbaros de toda condición, se adentraban por los desiertos y montañas que separan Asia Central del territorio chino con el ánimo de hacerse más poderosos mediante alianzas con ellos. Muchos siglos después, asistimos a un fenómeno similar. Algunos gobernantes europeos piensan que, adelantándose a otros en satisfacer la voracidad del dragón, sacarán mejor partido de una eventual alianza con los chinos. Conociendo cómo vienen actuando con los países africanos, no me extrañaría que los enviados europeos vuelvan, a título personal, muy satisfechos de la generosidad del Imperio eterno.

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