Saltar al contenido Saltar al pie de página

#85 Un Matatu con estrella

La arrojaron al umbral de la casa de los Evans a empujones, como un estallido de furia del Dios Engai, sus pocas pertenencias pateadas sin miramientos por uno de los mayordomos. El señor Evans dio la orden de echarla cuando comprendió que lo que ocultaban sus vestidos amplios no era la gordura característica de las mujeres masái cuando se hacen mayores. Mary acabaría de cumplir 16 años. No lo hizo por el qué dirán. En su barrio, Langata, uno de los más selectos de Nairobi, rodeados de británicos tan nostálgicos de mejores tiempos como él, nadie le iba a mirar mal por un desliz con una de sus sirvientas. Para ellos es tan normal como el té de las cuatro. Su esposa tampoco se lo tendría en cuenta, el servicio está también para eso, si así lo decide el señor. La expulsó por la insoportable realidad de que no podría verla más. Sus padres, cuando se enterasen, la casarían con cualquier joven, arruinando para siempre su belleza.

La calle la acogió con una lluvia torrencial. Aunque diciembre agotaba sus días, la estación de la lluvia se rebelaba a dejar que los días de sol le dieran una esperanza para vivir por las calles. Acopió en un hatillo sus seis años de servicio a la familia Evans.  Comenzó a caminar sin rumbo; la casa de sus padres estaba muy lejos, en pleno corazón de Kibera, el barrio de los verdaderamente pobres en Nairobi. Tenía un billete de cien chelines en uno de los bolsillos de su vestido. Lo llevaba siempre consigo, como un amuleto. Pensaba que, quizás, algún día lo necesitaría para subirse a un matatu, los minibuses que solo cogen los que han perdido la fuerza para seguir caminando.

Con su frágil cuerpo marcado por los vestidos, tan pegados por la lluvia que se habían convertido en una piel coloreada de tonos brillantes, rojos, amarillos, verdes, hasta camuflarla con el suelo plagado de hojas caídas, llegó a uno de los puntos de parada. Un lugar convenido, nadie sabría decir por qué, en el que se agolpan los que esperan la llegada de un matatu. Pero llovía tanto que no había nadie esperando. Después de un buen rato sin que algún conductor se apiadase de ella, decidió seguir caminando.

Cayó la noche. Caminaba por la carretera de Langata, aturdida por el cansancio y con escalofríos por la lluvia y la densa negrura de la noche. Convencida de que su vida duraría lo que dieran de sí sus largas piernas masái. De pronto, a su espalda, unas luces largas hicieron que se volviera. Deslumbrada, no supo que era un matatu hasta que el vehículo se paró junto a su lado. No había nadie dentro, solo su conductor, un hombre mestizo, alto, muy delgado, la cabeza con rastas, tapada con un turbante tan coloreado como los vestidos de Mary. No parecía keniata, pero no podía permitirse tenerle miedo. Se subió; no había nadie dentro. Buscó los últimos asientos y se sentó junto a la ventanilla.

La cara le ardía. Se arrebujó con sus brazos abrazando la tripa y se dejó mecer por el traqueteo del matatu. Al principio no le extrañó que no se subiera nadie. La lluvia solo dejaba ver, de vez en cuando, el resplandor de luces navideñas adornando alguna de las mansiones del barrio de Langata. Cada nuevo destello la despertaba de su breve letargo. El minibús no tenía luz. A nadie le importaba la oscuridad cuando decenas de cuerpos se apelotonan, tan pegados los unos a los otros que las vidas, las conversaciones y hasta la piel misma se fusionaban. No le había preguntado al conductor dónde terminaba su ruta. A Mary le daba igual. Ir a casa de sus padres de poco le serviría. Si la aceptaban, tendría que casarse con algún hombre del barrio. Con el embarazo tan avanzado, ningún joven la querría como esposa. El gran hospital Kenyatta no estaba muy lejos de Kibera. A su madre la llevaron allí cuando nació su último hijo. Sangraba tanto que fue un milagro que llegasen, casi caminando, hasta las puertas del único hospital que recibía a los de su barrio. Pero a ella, sana y joven, seguro que la rechazarían. Los hospitales no están hechos para que las jóvenes promiscuas den a luz, como si fueran señoras respetables.

Adormecida por la fiebre, se dejó mecer hasta que el sueño se apoderó otra vez de ella. Se despertó con la desagradable sensación de la humedad. Confundió el agua que le chorreaba de sus vestidos con las de parto. Al abrir los ojos, vio una niña, hermosa y redonda, con sus puños como acericos y los ojos bien abiertos. La sostenía entre sus brazos el conductor. Pensó que era muy tonta. En lugar de preguntarle por el bebé, le preguntó su nombre. Joseph, le dijo, en un acento raro, contaminado por algún idioma de una tribu lejana.

La confianza de saber el nombre del conductor le arrancó de raíz todos sus miedos. La fiebre y el latido de su corazón la mecían. Volvió a dormirse. Cuando despertó, Joseph estaba otra vez en el puesto del conductor. El matatu rodaba, perezoso, por calles oscuras. Había dejado de llover. Muy a lo lejos, se veía una luz, brillante, como una estrella. A su lado, había tres hombres sentados. Vestían con unas ropas que parecían de fiesta. El de la camisa negra, rodeaba su cuello fuerte, como de un ñu, con collares de oro de formas geométricas parecidas a las escrituras de las pirámides de Egipto. El siguiente, el que sujetaba entre sus brazos al bebé, vestía una camisola roja, con el peto plateado. Sus manos, anchas y enormes, capaces para acunar ellas solas el cuerpecito de la niña, estaban adornadas con anillos de oro y topacio. El tercero, más mayor que los otros, casi anciano, con una barba blanca y larga que contrastaba con su piel negra, llevaba una camisola verde. Debajo de la barba relucían collares de jaspe y lapislázuli. Los tres le cantaban al bebé una canción africana, con unas voces tan armoniosas que la niña, dormida, hizo que Mary confiara y se dejase también ella arrullar por las voces de los tres hombres.

De pronto sintió como un frenazo, un movimiento del matatu que no era violento. Más bien parecía armonioso, como las danzas que las mujeres de las tribus masái les cantan a los niños para celebrar que el nacimiento ha ido bien. Era un grupo muy numeroso de mujeres que bailaban entre los asientos del matatu, y también hombres espigados que se movían con la melodía y la acompañaban con sus voces bajas y profundas. Iban y venían desde el asiento de Joseph hasta donde estaba sentada Mary, en una danza jovial, tan pegadiza que, hasta Mary, dolorida y atrapada por la fiebre, estuvo a punto de levantarse y unirse. Los tres hombres, todavía a su lado, acompañaban con sus voces de bajos mientras seguían el ritmo golpeando el suelo del microbús con sus pies descalzos. Ellas gritaban alabanzas, danzaban y reían llevando en volandas al bebé, al que habían puesto un vestido, como si fuese ya una mujer. A Mary un mareo la devolvió a un sueño que le pareció más pesado y largo que los anteriores.

Por fin, cuando despertó, vio cómo decenas de hombres y mujeres, también los tres hombres que estaban sentados a su lado, se bajaban del matatu. Al fondo, Joseph sostenía entre sus brazos al bebé, acunándola con un brazo mientras que extendía su otra mano para invitar a Mary a que la siguiese. Se levantó, cogió la mano de Joseph y bajaron, los tres, por las destartaladas escaleras de la entrada. Giró su vista. Allí estaban todos, reunidos, en una parada de conveniencia, quizás esperando a que Joseph volviera. O tal vez a otro conductor. Mientras se alejaban, escuchaba cómo recordaban la belleza de la niña. Una de las mujeres, la más gorda y chispeante en los cantos, les dijo que era tan bella que merecía llamarse Baraka, que significa bendición en suajili.

La mano de Joseph, cálida y firme, la guio durante la noche camino de la luz brillante que había visto en uno de sus despertares. La niña dormía entre sus brazos y Mary, al fin, supo que había elegido el matatu adecuado, el que la llevaría a las estrellas.

Deja un comentario

0.0/5