En casa de mis padres había una cámara fotográfica que se veneraba con el misticismo que se les dedica a los objetos inalcanzables. La compró mi hermano mayor, el primero que se aventuró a marcharse a Madrid y que pudo ganar un salario digno. Debió ser con ella con la que me hicieron una foto inolvidable. Posaba yo al lado de mi padre, junto a un río. Nuestro perro, el Moro, merodeaba al fondo, con la indiferencia de cualquier perro ante las pasiones humanas. La copia que tengo es en blanco y negro, naturalmente, pero parece desprender el verdor y el aroma de las jaras y el monte bajo que componían el escenario. Mi padre miraba a la cámara con la alegría y la felicidad de inmortalizar un abrazo a su hijo pequeño. La mía era una mirada de curiosidad y de asombro. Poco más tarde, aquellas primeras fotos me llevarían a trastear con la fotografía cuando solo era un mocoso recién licenciado.

No recuerdo, en cambio, cómo llegó a mis manos mi primera cámara. Comencé a trabajar siendo casi un niño y seguro que sería capaz de ahorrar algo de dinero para comprarme una. Yo también había terminado en Madrid, junto a mis hermanos. Empecé a estudiar cuando ya tenía ocho años y muy pronto descubrí que una de mis pasiones serían los libros. La Cuesta de Moyano y sus libreros eran mis únicos proveedores, siempre ejemplares de segunda mano, arrugados por el tiempo que se pasaban en los expositores. La fotografía recuerdo que era uno de esos sueños que parecían inalcanzables. El poco dinero que tenía no daba para libros y cacharros fotográficos. Me paraba delante de las tiendas de fotos y admiraba las cámaras de entonces. Hasta que compré una Zenit-E, una réflex de fabricación soviética. Yo era por entonces bastante rojo, a escondidas de mi padre, que había sufrido lo suyo en la guerra civil y no quería saber nada de política. Pero dudo que la razón de decidirme por una cámara rusa fuese mi oculta e ignorante vocación comunista. Seguramente la Zenit era la cámara más barata con la que podría presumir de fotógrafo delante de mis amigos.

La historia de las cámaras Zenit es un fragmento de la propia historia europea en el siglo XX, con su muro y sus bloques cimentados desde que los bolcheviques se adueñaron del poder y los alemanes fuesen vencidos en la Segunda Guerra Mundial. Cuentan que la óptica, los sensores y la telemetría eran copia de las Leicas alemanas. Para muchos profesionales y amantes de la fotografía, una cámara Leica es sinónimo de precisión, algo único, casi irrepetible para los fabricantes que llegaron a este mercado en los años posteriores. Después del conflicto bélico, los rusos dieron el paso de hacerle la competencia a Leica. Algunos de los técnicos alemanes se pasaron a colaborar con la industria soviética y, de ese modo, crearon un modelo de cámara que podía hacerle sombra a la mítica cámara alemana. Además, la llevaron al mercado con una significativa ventaja en el precio. Un paralelismo de lo que se vería en cada detalle de la vida diaria en el este y el oeste del muro: copias baratas de coches, lavadoras o televisores se producían en el este a la imagen de sus referentes del este. Los alemanes del este y los soviéticos querían disponer de las mismas modernidades que sus enemigos del oeste.

Mi Zenit-E tenía un objetivo de 35 mm, suficiente para las fotos convencionales y los retratos. Si alguna vez he hecho alguna buena foto, seguro que habrá sido alguno de los centenares de retratos que hacía en aquella época. Los escaparates de las tiendas fotográficas crecían en número y variedad de cámaras, añadiendo nuevos sueños a mi afición por la fotografía. Cuando ya trabajaba con cierta seriedad, en Renfe, di el paso de comprarme otro objetivo, ni más ni menos que un Helios-44. Solo por el gusto de andar cambiándolo. Su distancia focal era de 58 mm con prestaciones no muy diferentes al que ya tenía. Pero con el Helios-44 me sentía el rey de la fotografía. También era de fabricación soviética; todavía no me había alejado de los postulados comunistas y los productos que llegaban del otro lado del muro tenían la magia y el encanto de lo prohibido. Los puristas dicen que la óptica era heredera de la Carl Zeiss Jena, otro mito de los amantes de la fotografía. La URSS tenía un instituto de óptica que fue líder en esa ciencia durante décadas, el Instituto Óptico Estatal. Lo fundó un ruso con cara de alemán, Sergei Ivanovich Vavilov, al que Stalin condecoró por la contribución de la industria óptica a la militar, todo un mérito si se tiene en cuenta que pocos hombres y mujeres válidos sobrevivieron a las manías persecutorias de Joseph. Vavilov, el padre del objetivo que yo me compré se las ingenió para que sus investigaciones punteras en el campo de la óptica se aplicasen también en la industria bélica, aportando su granito de arena a la victoria en la Gran Guerra Patria, como llamaron los soviéticos a su contribución en la Segunda Guerra Mundial.

Con aquella cámara y el fantástico Helios-44 hice centenares de fotos, retratos y algún pinito artístico sin demasiada gracia. Una buena muleta no hace torero. Todavía guardo fotografías de aquella época: compañeros de clase, retratos del amor de adolescencia, fotos robadas a personajes anónimos de mi barrio, Vallecas. Ojearlas hoy, una tras otra, es como hacer un relato de la España que terminaba de salir de la dictadura para adentrarse, con mucho miedo, en la democracia. Al fin y a la postre, la fotografía es otra forma, tan válida como la prosa o la poesía, de contar una historia. Con 18 años recién cumplidos, comenzando mis estudios de ingeniería aeronáutica, bobalicón y un poco lunático, yo era un pardillo interpretando el significado de las miradas; ni era capaz de encontrar un significado a nuestro repentino cambio en la vestimenta, influidos por los ecos que nos llegaban desde más allá de unas fronteras que habían estado cerradas durante años a la llegada de cualquier espíritu de libertad; ni sabía que las ansias por el cambio que rezumaban las calles del Madrid de finales de los años 70 serían el icono de toda una generación. Aquella vieja cámara soviética dejó escritos muchos pasajes de la vida de un barrio proletario, rojo y vibrante; de los devaneos amorosos y la picardía naciente en las caras de los adolescentes en un Instituto de un barrio del extrarradio, Entrevías, pobre y luchador, con sus calles inacabadas llenas de nuevos migrantes procedentes de la España rural; de las empinadas cuestas de un pueblo extremeño en el que cada fotografía parece rezumar el sudor de las tardes de verano y la serenidad de sus campos repletos de melonares, un pueblo con su sierra vigilante alfombrada de olivares. Mi Zenit E se hizo testigo de las miradas y los amores furtivos en una juventud que se aventuraba a lo prohibido.

El paso de convertirme en revelador de mis propios negativos ayudó seguramente a labrarme una inmerecida imagen de bohemio. La casa de mis padres tenía un trastero, bastante tenebroso, en el que monté un cuarto oscuro con todo lo necesario. La ampliadora era un inmenso mamotreto que dejaba atónitos a los pocos invitados que tenían la suerte de que les franquease la puerta de mi escondite favorito. Ahora me doy cuenta de que la vida es como la magia del revelado. Surge de un cuarto oscuro en el que primero hay que mimar a los negativos, los fundamentos. Después, cuando los metes en la ampliadora, esperas intrigado, a veces temeroso, a veces excitado, a lo que te depare la vida. El momento más fascinante, química pura, en la vida y en el cuarto de revelado, es cuando el papel fotográfico navega en los líquidos que te van a mostrar lo que has conseguido. La experiencia vital aparece poco a poco, con timidez, como si no quisiera dejarse ver. Los matices, los grises, los blancos y los negros van apareciendo, sorprendiéndonos. A veces, el resultado era tan maravilloso que producía una felicidad infinita, sobrevenida. Una buena copia fotográfica, recién aparecida, antes de fijarla y dejarla al secado, no tenía nada que envidiarle al momento de un enamoramiento repentino; o a un estado de rabia si descubría que me había equivocado en la exposición o en las temperaturas de los líquidos; o producirme una pena irremediable si entre el bamboleo del papel aparecía la expresión de unos ojos que, en directo, tras mi flamante Zenit-E, no supe leer.
En estos tiempos en los que fotografiamos todo, en el que los jóvenes no miran lo que tienen por delante, solo preocupados de exhibirse para subir sus imágenes a una red social con la esperanza de recibir, de manera instantánea, miles de likes. Ahora que los rostros, los amaneceres y atardeceres, los eventos y hasta la muerte se fotografían millones de veces cada día, me viene la nostalgia de aquel cuarto oscuro en el que descubrí poco a poco, con mimo y paciencia, los detalles de mi vida.
