Llegaron puntuales y formales: cinco minutos antes de la hora convenida, llamaron por teléfono para avisarnos. Esforzados y bien acostumbrados alas complicaciones de su trabajo, subieron a pulso el bulto que contenía un nuevo sofá hasta la puerta de casa y, seguros de que entraría sin problema, la emprendieron hasta dejarlo bien montado en el sitio exacto que les marcó mi esposa. Jorge era hablador: enseguida comenzó a contarnos que ya llevaba 12 años en España. Su compañero, solo cuatro. Ambos salieron de la provincia de Lima en busca de mejor vida, huyendo de las tropelías de sus gobiernos y de la pobreza. Los pocos ahorros que consiguen aquí, transportando muebles, los destinan a las familias que dejaron atrás.
Jorge es el único varón de un rosario de hijos de un matrimonio deshecho tras el asesinato de su padre. Cuenta, de corrido, que se le murieron hasta cinco hermanitas. “Ahora me quedan tres. Diana y María Elena se quedaron con mi mamá, allá en Pucusana. Isabela se vino a vivir conmigo hace dos años. Esperamos, si Dios lo quiere, que muy pronto estemos todos juntos”, nos dice cuando le preguntamos por su familia.
El sitio en el que vivía, Pucusana, muestra todos los contrastes de la desigualdad en Perú. Conviven calles sin asfalto, batidas por el polvo y el barro, con caserones, casi palacios, de los que van al Yacht Club de Naplo, una marina deportiva en la que fondean yates de lujo. Pucusana significa, en lenguaje quechua, un lugar donde abunda el rojo. El hierro y sus óxidos pintan de color fuego los cerros y la costa en ese lado del Pacífico. Aunque la familia de Jorge tiene orígenes quechuas, se tuvieron que bajar a la costa para hacerse pescadores. Los quechuas aman a la madre tierra y a las montañas. Entre sus ritos tienen uno que siguen respetando, aunque estén muy lejos de los Andes en los que nacieron y se criaron sus ancestros: la Pachamama, en la que hacen sus peticiones a la madre tierra y a los espíritus de las montañas.

En el puerto de Pucusana, en medio de un ir y venir de turistas y ricachones, pelean centenares de pescadores para sacarle al mar los pescados con los que se sirven los restaurantes de la zona, famosos por sus ceviches y platos de marisco. La barquita de Pedro, el padre de Jorge, era pequeña, blanca, con la bandera peruana estampada a estribor y Carmen Rosa, el nombre de la madre, a babor. El motor le fallaba y un amigo, también quechua, le dijo que podía venderle uno casi nuevo. Una tarde, al regresar de la mar, mientras su madre acopiaba el pescado y recuperaba las redes, los dos amigos salieron del muelle chico en una vieja pickup. Subieron por la avenida de Lima, en dirección al barrio de Nueva Esperanza. Por allí tenía su amigo un almacén en el que guardaba trastos de pesca y aperos para arreglar la barca. Nunca llegaron a su destino. En la calle Lirios, muy cerca de un helipuerto de las fuerzas armadas peruanas, les tirotearon. Más de cuarenta balas dejaron la camioneta convertida en un colador. La policía le dijo a la mamá de Jorge que los narcos los habían confundido con miembros de una banda rival.
Jorge era todavía chiquito para hacerse cargo de la barca. Además, sentían que los vigilaban, que los que confundieron a su padre como un enemigo pensaban que sus hijos también tendrían que serlo. No les quedó otro remedio que irse a malvivir en la capital, en busca de cualquier cosa, cualquier trabajo. Con apenas doce años hizo de peón en las obras, repartidor y mozo de carga en almacenes y en el puerto del Callao. Jorge es recio, tan fuerte como el hierro. Bien plantado, se necesitarían unos cuantos Schwarzenegger para tirarle al suelo. Sus brazos son tan gruesos que le cuesta abrazarse a sí mismo con ellos.
Con veinte años recién cumplidos y la familia diezmada, se jugó todos los pocos ahorros para marcharse a España. A Madrid. Muchos amigos suyos lo habían hecho y no les iba mal. Se metió en un avión de Air Europa para aterrizar en el aeropuerto madrileño. Los primeros meses vivió con unos familiares lejanos que ya llevaban un par de años en la capital madrileña. Poco a poco, fue consiguiendo trabajos. Mal pagados, sin nómina. Pero al menos era capaz de ahorrar algo para enviárselo a su mamá.

La vida en Madrid no se le hace sencilla, “todo es muy caro”, dice. Al menos, se encuentra protegido, arropado. En el lugar en el que vive ahora, ya con su hermana, hay otros muchos peruanos, muchos de ellos quechuas. Un ayllu, la comunidad extensa de familiares y amigos que es la forma de organización social de los quechuas. Practican la minka, un sistema de cooperación, como en las montañas, entre los miembros de varias familias. Además, Jorge es legal desde hace un par de años.
Ahora, con la legalización que ha anunciado el gobierno español, espera traerse por fin a su mamá y sus hermanas pequeñas. Para Jorge, su patria peruana no le ha servido para nada. Pese a las estrecheces, a tener que convivir en condiciones de hacinamiento con otros peruanos en un piso de dos habitaciones en el Puente de Vallecas, es feliz en Madrid. Cuenta los días para que llegue su familia. Ha encontrado otro piso, mucho más lejos. Para ir a su trabajo tendrá que madrugar mucho. Nada que un quechua recio y trabajador como Jorge no sepa. Lo mismo que hacía su padre. Lo mismo que harán sus hermanas y su madre.
Hay miles de familias como la de Jorge en España. Convertir la aventura de su desesperanza en una historia con final feliz bien merece la pena.

3 Comentarios
Susana
Gracias Tomás, la empatía y la sensibilidad que permiten escuchar a los otros, otras vidas fuera de loa desconunales egos y miradas de ombligo
jose
Me ha parecido muy apropiado en los tiempos que corren
Gloria
Es importantísimo que nos solidaricemos con estas personas que , simplemente por haber nacido en otro lugar, parece que algunos les niegan su derecho a trabajar y vivir con dignidad. Trabajadores que son imprescindibles