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#35 Regreso a casa: el final de la Revolución Cultural china

A veces, el olvido es el único remedio contra las pesadillas. “Regreso a casa”, una de las mejores películas del cineasta chino Zhang Yimou, el que dirigiese la impresionante ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pequín en 2008, es un conmovedor relato de amor que se desarrolla durante los últimos años de la Revolución Cultural de Mao y los primeros tras la muerte del tirano, cuando empezaron a darse los cambios que han transformado a China en una potencia económica imparable.

            Mientras Gong Li, la actriz que protagoniza el filme, recreaba con la pérdida de memoria el sentir de todo un pueblo que deseaba dejar en el olvido el siniestro legado de Mao, en España vivíamos todavía bajo la bota militar de nuestro dictador, sofocando los tímidos amagos de demandas democráticas. Los domingos, a la salida de las principales iglesias, las señoras de la alta sociedad, vestidas con lo mejor que tenían a mano, adornadas con las joyas de la familia y collares de perlas reservados para las ocasiones especiales, se sentaban en unas mesas de cuestación para pedir donativos para los pobres chinos. Seguramente, no ha habido en la historia un ejercicio de caridad que haya tenido mejores resultados.

La Revolución Cultural comenzó allá por 1966. Los historiadores cuentan que se trató de una reacción de Mao y su entorno para recuperar el control del Partido Comunista. Aunque resultase asombroso, dentro del monolítico gobierno chino habían aparecido críticas a las políticas del líder supremo que, años antes, en 1958, había impulsado uno de esos programas de nombre rimbombante y resultados catastróficos. Lo llamó el Gran Salto Adelante, un plan que pretendía transformar las tradiciones de la vida en China, basadas en la agricultura y valores apegados al confucionismo, extirpando cualquier vestigio de vida burguesa, para hacer del país una gran fábrica mediante la colectivización forzosa. Millones de personas fueron desposeídos de sus modestas tierras y desplazados violentamente a centros de producción ruinosos. Se calcula que murieron más de 60 millones de personas, por hambrunas —la gran hambruna china— y ejecuciones masivas.

            Para tapar el fracaso de sus políticas, Mao decidió que los males de China los estaban creando una horda de burgueses que habían conseguido infiltrarse en su propio partido con el propósito maligno de imponer el capitalismo. El mundo asistía, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, al más enconado enfrentamiento entre dos modelos de sociedades completamente antagónicas. En Europa, los rusos construían el muro de Berlín para impedir que ninguno de los habitantes de la órbita soviética osase pasarse al capitalismo del oeste. Mientras Mao maquinaba, en los Estados Unidos todavía estaban candentes los rescoldos de la doctrina Truman, un plan para erradicar cualquier atisbo de ideas comunistas en la sociedad americana. En ese escenario de pureza ideológica extrema se escribieron los primeros renglones, torcidos y funestos, de la Revolución Cultural.

            En los partidos comunistas se solía etiquetar como revisionista a cualquiera que se atreviese a expresar un mínimo de oposición. En los tiempos de Stalin y Mao, bastaba un error al levantar una tarjeta de votación en un plenario del partido para terminar en algún campo de exterminio. Mao conseguiría que los críticos con su nefasto gran salto hacia atrás se transformasen en revisionistas a los que había que eliminar reforzando la lucha de clases violenta. El nuevo destino que pretendía para su pueblo precisaba de grandes objetivos, como la “eliminación de los cuatro viejos”: las costumbres, la cultura milenaria china, los hábitos, entre ellos el del ahorro —no hay nada más burgués que pretender ahorrar—, y las ideas. La religión budista, la más extendida en China, fue considerada el caballo de Troya con el que los extranjeros burgueses, enemigos de la revolución, traspasaban la Gran Muralla para socavar sus cimientos. La persecución contra todos sus símbolos fue brutal, eliminando a religiosos y centros de culto, algunos de ellos de un incalculable valor histórico.

Mao conseguiría el apoyo de los jóvenes, educados hasta la ceguera en las ideas del maoísmo, para darles el liderazgo de los grupos que formarían una gran Guardia Roja por todo el país. Ellos se encargarían de una purga masiva, una persecución que llevó a la muerte o a la cárcel a cientos de millones de ciudadanos. Si se animan a ver “Retorno a casa”, no juzguen a la joven protagonista. Su personaje es la pura definición del mal que conseguiría inocular Mao en la sociedad china.

            En la época en la que se desarrolla el relato de la película, nadie habría podido imaginar que China terminaría transformándose en el motor de la economía mundial, en una sociedad en la que conviven con pasmosa tranquilidad el capitalismo clásico y la política de partido único que se sigue denominando comunista. De todos los cambios habidos tras la muerte de Mao, quizás el más asombroso sea el de la recuperación gradual de algunos valores que fueron enterrados durante los años más negros de los planes maoístas. Entre ellos está la cultura del ahorro. Desposeídos de todo, hasta del derecho a la vida, que era administrado por la dictadura revolucionaria, los chinos se olvidaron del ahorro. La recuperación ha sido de tal magnitud que los ciudadanos del gigante asiático son los que más ahorran en la actualidad en todo el mundo, entre el 20 % y el 40 % de los recursos que generen cada año. Esa fortaleza financiera, creada por los propios ciudadanos, ha permitido el inmenso desarrollo del país, que no ha necesitado endeudarse en el exterior para crecer.

            En el confuso mundo en el que vivimos estos días, con una especie de cowboy sentado en la Casa Blanca, emprendiéndola a balazos, en forma de aranceles, contra todo lo que se mueva, los analistas económicos de la nueva China —también del resto del mundo— han concluido que el futuro de su economía, que es tanto como decir el futuro de la economía global, depende de que los chinos dejen otra vez de ahorrar y comiencen a gastar con la misma disciplina con la que afrontan cada reto, con la misma entereza con la que sobrevivieron a los desmanes de Mao. Con la misma determinación con la que los protagonistas de “Regreso a casa” conviven con el olvido.

Esperemos que a Xi Jinping y sus acólitos no se les ocurra componer la sintonía de una nueva revolución, esta vez consumista, persiguiendo a los ciudadanos que se guarden unos pocos yuanes en los bolsillos. En España ya no estamos para cuestaciones. Los chinos ya no podrán contar con nuestra caridad.

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