Hoy he visto a un hombre destruido. Nadie con una cara así duerme bien. No es el rostro de alguien apesadumbrado por la muerte de un ser querido, o por el disgusto al haberse enterado de que a un amigo del alma le han pillado robando. Tampoco creo que en su cara se refleje la depresión. Le va mal en el trabajo, es cierto, pero se resiste con uñas y dientes a perderlo, señal inequívoca de que disfruta con sus quehaceres diarios.
Tiene aspecto de figura de cera, o de esos falsos actores, figurantes, hechos en cartón piedra, que no se mueven del sitio en el que los han plantado. Gesticulando, me recuerda a Terminator, con su cuello rígido, haciendo girar una cabeza de mirada fría y penetrante con un rayo láser saliéndole de cada ojo. Se mueve y hace como que bracea mientras percute verbalmente a sus adversarios de una forma curiosa, como los matones de barrio cuando retan al que osa meterse en su territorio, mostrando una risa burlona y despectiva. Sin duda, no le fallan los argumentos, ni el relato. Se le ve capaz de soltarle un mamporro al más pintado sin pestañear, solo con el uso de su verbo afilado.

El tipo resulta endemoniadamente capaz si se le compara con los que le rodean, o con los que tiene justo enfrente, a pocos metros, solo separados por unas señoras taquígrafas que a diario levantan acta de la agilidad de unos y la torpeza de otros. Mujeres que habrán oído de todo en el Congreso de los Diputados. No sé si las taquígrafas también reflejan las emociones de los personajes. Dicen que por el reglamento tienen que tachar todo lo que resulte escabroso o impropio del lugar si se lo pide la presidenta. Como no he sido tan devoto como para tragarme todas las sesiones, no puedo saber cuántos insultos o expresiones vulgares han censurado las taquígrafas. Pero, aseguraría que ese reglamento no contempla nada relativo a los sentimientos. Temo que sin esa información tan valiosa no seamos capaces de saber lo que de veras les inquieta a los parlamentarios.
Si no nos fijásemos en el brillo sospechoso de los ojos del presidente, en su rictus macizo como el cemento, en la pose envarada o en el tembleque de las manos al sujetar la chuleta, estaríamos ciegos si solo leyéramos la transcripción de su intervención. Condenados a creernos lo que por sus labios dicen él y cada uno de los parlamentarios. Limitados a leer las actas de los debates y, sin más, darlas por buenas. No, sin esa precisión en los detalles, estaremos huérfanos de conocimiento. Abocados a tragarnos cualquier trola.
El semblante de nuestro hombre es hoy como el de un muñeco construido con piezas de lego al que quien lo construyó cayó en la desesperación por haber perdido esas piezas claves sin las cuales no es posible completarlo y, enfadado, lo arrojó contra el suelo, salvándose del estropicio solo la cabeza, ese tótem de cara inexpresiva y fría al tiempo que retadora, casi asesina.
No me resulta sencillo especular con el nombre del arquitecto responsable de idear esta especie de Ken, la pareja de Barbi, con cara de pocos amigos en lugar de su sonrisa encantadora, tontorrona y cándida. Llegó al hemiciclo dispuesto a convertirse en presidente, aupado a las esferas del poder por su partido, del que dicen que es centenario y honesto. Aunque, también hay dudas sobre eso. Urdió una especie de conjura de los necios, un imposible a decir de los menos avezados en el arte del regateo y los cambios de opinión en la arena política.
Cuentan que antes de ser presidente amañó unas primarias en su propio partido, ocultando una urna llena de votos que luego hizo aparecer como por arte de magia. Quizás sea un ilusionista, un mago prodigioso capaz de convertir lo blanco en negro y el agua en vino sin que nadie se dé cuenta. Pese a ello, dudo que sea verosímil que fuesen sus propios compañeros los que crearon el personaje imperfecto que hoy se mueve como un boxear grogui, esperando el golpe definitivo. Se ve que le respetan, que le miran con esa cara sumisión de los que le deben todo a su amo, dóciles esclavos que jamás le llevarán la contraria.
Claro que su puesto también se lo debe a muchos otros. Las malas lenguas dicen que son una banda, un tropel de rateros y trileros que hablan en lenguas extrañas y demuestran cada día que, en realidad, odian al personaje que han creado. Por más que resulte raro y contradictorio, no habría que descartar que hayan sido ellos los que le convirtieran en una especie de robot, diseñado con un código secreto que lo desactiva, o que lo convierte en un perro obediente y bobalicón. Debe ser eso, sí. De lo contrario, no se explicaría que a esos tipos nuestro personaje, visiblemente azorado, les hable con voz sedosa, envolvente y lisonjera. Siempre se deshace en halagos con ellos, como si de verdad fueran los que tienen la clave para apagar el muñeco. Más que arquitectos de nuestro hombre, pareciera que fueran una cuadrilla de demolición que asola todo lo que toca.
Sí. Deben ser estos últimos los que confabularon para crearlo. Una obra tan chapucera no es imaginable que se deba a la traición de algunos compañeros de partido que, a pesar de la cara lúgubre que tienen hoy, le aplauden y jalean todos los días. Ahora lo veo claro. ¿Cómo no se me pudo ocurrir antes? Es esa panda de desagradecidos y tunantes la que habrá manipulado el muñeco con torpeza, hasta romperlo.
El tiempo de la sesión de control al Gobierno transcurre con tanta parsimonia, que nuestro hombre parece deshacerse poco a poco, como se consumen las velas de cera. Al final de la mañana, ya solo queda de él un busto desorientado. De mirada perdida, con un gesto de terror al vacío. A la nada.
Cuando era todavía un niño, me dijeron que me apartara de los que tienen miedo: son los más peligrosos.

2 Comentarios
FERNANDO
Como siempre interesante y ameno.
Tomás Aranda
Muchas gracias amigo por el comentario. Son muy agradecidos para aliviar la soledad del escritor