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#61 Los argentinos merecen el Nobel de economía

Vanesa es la mayor de siete hermanos en una familia argentina cualquiera, de gente corriente. La casa de sus padres está en el Gran Buenos Aires, alejada de la grandiosidad de Palermo, Rosales o el multicultural Puerto Maderos. Allá donde se vive bien, donde habitan muchos de los que manejan los mejores negocios, regentan patrimonios inmensos, incluso para los estándares argentinos, viajan e invierten en Miami. Lugares donde viven los que han llevado a la economía argentina a un desastre tras otro, mientras familias como las de Vanesa hacen milagros para comer, tener un techo, ver crecer a sus hijos, amar y ser honradamente felices, disfrutar de un asado de vez en cuando y ver ganar a su equipo. Argentinos que se ganan un Nobel de economía cada día.

Sucedió en los ochenta. Alfonsín había sido elegido presidente para devolverle la democracia y la dignidad a Argentina después de un gobierno militar que tiraba a seres humanos, vivos, al Río de la Plata, desde helicópteros que no supieron usar para su función militar. Los golpistas llamaron a su macabro periodo “Reorganización Nacional”. Dejaron las arcas vacías, perdieron una guerra absurda contra el inglés y continuaron la tradición de los gobernantes argentinos, endeudándose, provocando una inflación más empinada que los Andes y convirtiendo la vida de los que no asesinaron y no eran sus amigos en un infierno económico.

En ese ambiente, los padres de Vanesa la trajeron al mundo. Ella fue la primera, luego irían llegando sus hermanos. La economía familiar dependía del salario de su padre, que trabajaba en la mayor empresa de vidrios de Argentina. Con Alfonsín haciendo ajustes para encauzar la economía arrasada que había heredado de los militares, los dueños de la vidriera fueron conscientes de que habría muy poco dinero para construir bellos edificios acristalados. Vendieron el negocio a unos brasileños que la compraron convencidos de que peor que los militares no lo podría hacer un gobierno democrático. No tardaron mucho en darse cuenta de su error. Despidieron a miles al modo norteamericano. El padre de Vanesa fue uno de ellos. Un día le dijeron que se llevase sus pertrechos, sin indemnización ni subsidio al desempleo. El país no estaba para asistir a los parados.

Con maña y mucho ingenio, su padre probó a hacer pequeñas artesanías, centros florales, bagatelas de las que se venden en los mercadillos. Los australes que ganaba, la moneda de la época, no daban para tantas bocas. Mucho menos con una inflación galopante que hacía que el mismo producto valiese el doble al día siguiente. Tenían que comprarlo todo con “cuotas”. Desde el material escolar hasta la ropa. La madre, habituada a regatear y hacer imposibles, se ganó la confianza de uno de los prestamistas de las cuotas. Le ofreció que fuera ella, de casa en casa, cobrándolas a cambio de una comisión. De ese modo subsistían mientras Alfonsín caía en manos del Fondo Monetario Internacional, incumplía obligaciones del pago de la deuda argentina, sufría varios intentos de asonadas por el delito de llevar a juicio y encarcelar a los golpistas y soportaba las presiones de unos sindicatos poco menos que mafiosos.

Agotado, renunció al cargo. Vanesa quiere pensar que estaba frustrado por no haber conseguido hacer realidad uno de sus principales mensajes electorales: “Con la democracia, se come, se educa y se cura”. Se fue dejando las cotas de pobreza más altas registradas entre los vecinos de la familia de Vanesa. En el Gran Buenos Aires, más del 50% de los habitantes estaban a finales de los ochenta por debajo del umbral de la pobreza. A Alfonsín, antes de marcharse, no le quedó más remedio que poner en marcha un programa excepcional para dar de comer a millones de habitantes. Lo  llamó PAN: Programa Alimentario Nacional. A través de los municipios se repartían 1,2 millones de cajas de alimentos cada mes. La familia de Vanesa también tuvo que acudir a esa ayuda. Y al sacrificio. Mucho sacrificio para salir adelante.

Llegó el turno de Menem. De ascendentes sirios, avispado, con la mirada de negociante de caravanas en el desierto, parecía siempre satisfecho. Feliz de convertirse en presidente de la gran Argentina. El justicialismo, los herederos de las recetas populistas de la época de Perón, volvían al poder, auspiciados por una esperanza más de los argentinos, deseosos de que su ruina cambiase un día. Llevaban ya años disfrutando de volver a votar, de ejercer un derecho y una obligación que también se lo habían arrancado. Y lo ejercieron para entregarle el bastón de mando a uno de los más nefastos presidentes de la larga lista de indecentes que han gobernado la Argentina.

Menen quiso hacer magia. Jugar a trilero con los principios de la economía, con los prestamistas y con los acreedores. Se sacó de la manga una ley por la que se igualaba el valor del peso a los dólares. De pronto, todos podían sentirse ricos, comprar cualquier capricho con sus manoseados e inservibles pesos. A su época la llamaron la de la “pizza con champán”.

No perdió tiempo en poner en marcha una política que llamaron de “capitalismo de amigos”. Privatizó todo lo imaginable, entregó los mejores activos en propiedad del Estado a la gran saga de negociantes, argentinos e internacionales, que recibieron a precios ridículos compañías, mal gestionadas, cierto, pero que sostenían la economía y la vida de millones de argentinos.

Vanesa recuerda la monumental burbuja que provocó. Los argentinos salieron a comprar como locos, endeudándose en dólares. Hasta que llegó la realidad implacable. Los pesos volvieron a ser baldíos. Las deudas en dólares arruinaron a millones de inocentes inversores. Se quedaron sin nada, en la calle.

Menem también forma parte de mis recuerdos. Cuando él era presidente de Argentina, yo dirigía el aeropuerto de Gran Canaria y cada mes tenía que hacerle los honores. Volaba en su avión presidencial, viajaba acompañado de una legión de colaboradores, empresarios, amigos y familiares. Su vuelo llegaba bien entrada la noche. Hacían escala camino de Zúrich, Suiza. Por ser vuelo de Estado, nadie osaba meterse en las tripas y el equipaje de aquellos pasajeros ilustres. Cada mes, sin faltar a la cita, me tocaba atenderles. En una ocasión, tuvimos que consultar con las alturas para dejarles despegar. Las compañías de combustibles no le daban crédito. Se negaban a llenarles los depósitos para que continuasen el viaje a Suiza.

Una de las primeras veces que me tocó asistirles, salió el jefe de su gabinete para decirnos que querían ir de compras a El Corte Inglés, almacenes que en los años noventa tenían bien ganada la fama de vender todo tipo de artículos exclusivos. Se lo abrieron para ellos. A las dos de la madrugada. Y volvieron cargados con bolsas y cajas.

Yo nunca le vi en persona. Pero, años más tarde, siendo el director de una empresa en el aeropuerto de Miami, tuve que buscarme un apartamento. La persona que me lo alquiló era su directora de relaciones externas y de comunicación para Estados Unidos. María. Me hablaba a diario de él, de lo bueno que estaba siendo su mandato. Le encantaban los arroces con langosta caribeña que yo preparaba los domingos para ella y su marido.

De vuelta de uno de sus viajes a Buenos Aires, me contó que todo se iría al garete. Menem, condenado por un turbio asunto de venta de armas, quedó impune de la corrupción y el saqueo de las arcas argentinas.

La familia de Vanesa pudo darles pocos estudios. Pero, ella supo buscarse los medios para conseguir ir a la universidad. Se convirtió en una experta en los sistemas contables SAP. Con su conocimiento, saltó el charco por amor. Desde 2007 vive en Madrid, sin perder de vista y hablar con su familia regularmente. Sus papás fallecieron. Ella es la hermana mayor, la responsable de continuar una saga de luchadores, de batalla diaria contra los inventos de los que pasan por la Casa Rosada, pensando en la manera más rápida de rapiñar lo poco que vaya quedando de la Argentina.

Sufre, mientras hablamosse le nota la nostalgia. También la rabia. Sabe que su país debería ser otra cosa, que sus compatriotas no tendrían que reinventarse cada día para poder comer. Siente que, gobernante tras gobernante, roban el alma de los argentinos.

Ahora llegó Milei, con su motosierra. Dispuesto a tumbar la arquitectura endeble del Estado argentino, a punto de la ruina, que dejaron los Kirchner, después de Menem. Cristina y su “grieta”. O estás con ella o estás contra ella. Propuso un muro como el que nos venden también en España.

Con su aparente locura, con la mirada de chiflado, se muestra obcecado en terminar con “las paguitas”, con las subvenciones, con ahorrarle al Estado todo aquello que no puede pagarle a la gente corriente. Los analistas dicen que hay signos de mejora, que al fin alguien ataca los problemas estructurales de la economía del país. Sus detractores le presentan como una amenaza para el orden mundial. Alguien incorregible. Peligroso.

Vanesa reflexiona con escepticismo. Reconoce algunas cosas positivas del tipo de la motosierra. Pero, se teme que, como los anteriores, se vaya de la Casa Rosada con su botín bajo el brazo, con la caja más vacía que cuando llegó. No le faltan razones para el recelo.

Me pregunto si no habrá llegado la hora de que la gente corriente se haga cargo de todo.

3 Comentarios

  • Nieves
    Al corriente 15/07/2025 en 20:08
    5.0/5

    Muy buena reflexión sobre un país que podría ser rico, pero que está lejos de serlo debido a la mala gestión durante décadas …siempre queda la esperanza de un mejor futuro🤞🤞

    • Autor de la publicación
      Tomás Aranda
      Al corriente 01/08/2025 en 09:49

      Gracias Nieves. Un mejor futuro no estoy muy seguro de que les llegue. Un sindicalista de allá dijo que bastarían dos años sin robar para levantar el país. Me temo que lo de beneficiarse del cargo está demasiado extendido. Allí y en gran parte del mundo.
      Muchos besos y gracias por el comentario

  • Gloria
    Al corriente 25/08/2025 en 17:54

    Qué lástima que un país tan rico este siendo reiteradamente devastado por políticos corruptos. Ojalá llegue gente honesta pero, por desgracia, siento grandes dudas

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