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#86 El péndulo

Machuca, una desgarradora película que retrata la sociedad chilena en los días previos al golpe militar de Pinochet, me llevó al recuerdo de mi primer beso. En la película, dos amigos comparten sus primeros besos con una chica, endulzados con sorbos de leche condensada mamados de un bote que uno de los chicos ha sustraído de los almacenes en los que su padre guarda provisiones, para que el desabastecimiento añada razones al descontento con el gobierno de Allende. El dulce con el que yo enmelé mis primeros besos era de melaza de melón. Los cogíamos, furtivos, de los campos medio abandonados por falta de mano de obra en mi pueblo, en el sur de Badajoz, ya en el límite con Córdoba. Ella era una chica que vivía en el llano, en un pueblo en el que la riqueza decrecía según subías hacia la sierra vecina. La casa de mis padres estaba en la última calle, pegada a los riscos de la montaña. De pronto, me doy cuenta de que las dos historias están conectadas entre sí. La primera se desarrolla en La Nueva Extremadura, que es como se llamaba Chile antes de su independencia. La mía, en las tierras extremeñas de pura cepa. En ambos paisajes acaba de producirse un hecho turbador: unas elecciones en las que los candidatos de extrema derecha han crecido a borbotones.

Las razones por las que la Extremadura de las Américas soportó un régimen dictatorial quedan patentes observando las diferencias de clases que tan bien relata Machuca. Cuando se llega al hambre extrema, a la falta de esperanza mientras un reducido porcentaje de la población disfruta de la riqueza. Cuando las compañías que explotan las riquezas del país están en manos extranjeras, norteamericanas por ser más precisos, convirtiendo en una quimera el sueño de prosperidad para millones de chilenos. Cuando todo ello, sucede, llega la izquierda, llegó Allende, con buenos deseos y mala gestión a torcerle sus planes a quienes no estaban muy por la labor de que nada cambiase. Allende movió una bolita, la de un péndulo, con tanta fuerza que, al quedarse parada, por una fracción de segundo, la maldita se movió con tozudez hacia la derecha. Hacia la extrema derecha de un gobierno militar despiadado. Luego, seguirían otros movimientos del péndulo, tímidos, menos violentos. Y, recientemente, otro arreón de las izquierdas, encabezada por Gabriel Boric, llevó hasta el extremo izquierdo el sentimiento de la sociedad. Nada raro es que la pertinaz bola del péndulo, con sus leyes físicas inalterables, haya decidido coger impulso para darle la victoria en las pasadas elecciones presidenciales a José Antonio Kast, un político que, quienes gustan de encasillarlo todo, dicen que es de extrema derecha.

Pobre pueblo chileno. Rico y diverso. Pero condenado por la maldita ley del péndulo.

En mi Extremadura, de la que salieran miles de conquistadores en busca de fortuna a las tierras chilenas, nos acabamos de topar también con la ley física del péndulo. ¿Quién podría pensar que en una tierra que fue asolada por latifundistas y nobles, herederos de haciendas entregadas a la nobleza por el sencillo derecho de formar parte de tan selecto club, que expulsó a cientos de miles de asalariados cuando las fincas empezaron a cultivarse con máquinas y no con los brazos de los jornaleros? En una tierra que, tras la llegada de la democracia española en 1978, quedó en manos de los socialistas para proporcionarles, a los pocos que todavía no habían emigrado, una forma de vida modesta, unas peonadas para ir tirando. En esa tierra de la que también mi familia tuvo que escapar, las últimas elecciones han destrozado la maquinaria socialista, viendo cómo la esfera del péndulo le daba un impulso asombroso a un partido de extrema derecha.

Pobre Extremadura. Mi Extremadura. Un lugar tan bello que llevó a los romanos a edificar una de las más grandes capitales del Imperio, Augusta Emérita. Tan rica, con tierras de labranza que necesitan muy poco para bendecirnos con cosechas de cereales, de frutas y hortalizas. Un lugar de montes suaves, sin estrépito, amables para el paseo y la caza, paisajes tan maravillosos como los mejores rincones del Ngorongoro. Una tierra así no se merece los vaivenes del despiadado péndulo.

En realidad, los ciudadanos de las dos Extremaduras no nos merecemos tanto péndulo. Tan solo un lugar en el que amar y ser amados. Besar y ser besados. Abrazar en vida. Mirar el horizonte y enamorarse cada mañana con la luz reflejada en los prados y los montes.

2 Comentarios

  • Silvia
    Al corriente 16/01/2026 en 20:11
    4.9/5

    Me encantan los artículos con recomendaciones filmográficas que nos conectan con la realidad y la historia de los países, maravillosa tu capacidad de relacionar hechos históricos presentes y del pasado. Chapeau!

  • José
    Al corriente 07/02/2026 en 19:59

    Tomás, me alegro de que te hayas decantado por darnos tu visión, aunque sea a modo de pinceladas, sobre nuestra Extremadura. Una tierra, históricamente, olvidada y explotada.
    Olvidada, ya desde el siglo XV, por parte de todos los gobiernos de nuestra nación. No en vano ha sido, hemos sido, propiedad de nobles y grandes terratenientes.
    Leí hace ya unos años unas reflexiones que hizo Benito Pérez Galdós en su obra “Política Española”, sobre diferentes temas, entre ellas habla sobre la Agricultura, de la España de su tiempo. El autor indica que fuera de las comarcas de la costa mediterránea, de algunas vegas andaluzas y de la Región del Ebro, el resto, a pesar de su fertilidad, depende de cuestiones climatológicas. Manifestando que algunos territorios como los de Extremadura, sobre todo los de la provincia de Badajoz, son de una gran fertilidad y de calidad superior a los indicados anteriormente, siempre que sus campos estuvieran surcados por corrientes de agua, como sucede con los campos de Valencia. Sí Tomás, hemos sido y somos fruto del olvido y el desprecio.
    Referente a tu preocupación por el auge de la extrema derecha, indicarte que esta preocupación es compartida por muchos. Pero tenemos unos partidos mayoritarios muy malos, pero que muy malos. Un partido socialista caciquil, y eso en esta tierra no se perdona, y un partido popular torpe. Ambos han abandonado al pueblo y están más preocupados por ellos mismos y sus afiliados, que por buscar y hacer el bien general.
    Mira Tomás, recuerdo un programa de Évole que, con motivo de la celebración de unas elecciones generales, entrevistó a un político del partido Popular que anteriormente había pertenecido a la extinguida UCD, y le pregunta que por qué abandonaba la política ya que estaba en ella desde las primeras elecciones democráticas, y su respuesta fue muy clara y sencilla “me voy porque no soy capaz de hacer este tipo de política, antes el político estaba al servicio del pueblo y en la actualidad es el pueblo el que está al servicio del político”. Así de claro y sencillo fue este Diputado de la provincia de Toledo. Aquello me marcó y considero que esta causa y otras más son el motivo del crecimiento de las extremas derecha e izquierda.
    Un abrazo, Tomás.

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