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#90 Y en eso, ¡se marchó Fidel!

Carlos Puebla nacía en Manzanillo, Cuba, cuando la revolución bolchevique triunfaba en Rusia. Murió en 1989 bajo el régimen comunista de los Castro. No sabemos si en algún momento de su vida sintió que no le había valido la pena convertirse en el mejor cronista de la revolución de los barbudos, como se denominó coloquialmente al triunfo de Fidel Castro y su movimiento revolucionario. En su honor escribió una canción: Y en eso llegó Fidel, el mejor relato de las razones que llevaron al pueblo cubano a decirle basta a los gringos y a los gobiernos de títeres y corruptos impuestos por los Estados Unidos desde que nos despojaron a los españoles, allá en 1898, de la perla del Caribe. Hoy, con Cuba al borde de un colapso humanitario, más sometida de lo que nunca estuvo a las garras de los norteamericanos, se echa en falta la afilada letra del cantautor. Su última canción bien podría titularse Y en eso se marchó Fidel.

Carlos era de familia humilde, muy pobre y sin educación, algo demasiado común en el Caribe y en América Latina. Era un niño que no levantaba más de una vara y ya trabajaba en cualquier cosa. Iba de un lugar a otro, por los caminos, tocando una armónica medio desvencijada que había encontrado por los andurriales. Aprendió a tocar la guitarra al oído y, en cuanto pudo hacerse con una, ya no pararía de acariciarla con baladas, sones y ritmos del Caribe. En los años 30, cuando los pocos americanos que habían sobrevivido a la Gran Depresión se pavoneaban por los cabarés y salas de fiesta de La Habana, Carlos tocaba música romántica. Era lo que querían escuchar aquellos gringos, simplones y decadentes, que ahogaban sus problemas con tragos de ron en compañía de hermosas mulatas.

Cuando le dejaron grabar sus propios discos, Carlos comenzó a cantarle al mundo las miserias a las que el pueblo cubano era sometido por los americanos y por los gobiernos de títeres impuestos por estos. Este es mi pueblo, o Pobre de mi Cuba, retrataban una sociedad al borde de la indigencia y el agotamiento, madura para beber de los vientos revolucionarios. Se hizo famoso acompañado por el grupo Los Tradicionales. Juntos, hacían las delicias con sus salsas, sones y cumbias en el famoso restaurante La bodeguita de en medio. No le pagaban salario alguno; pero, al menos, podía comer, algo que no demasi

ados cubanos podían permitirse. Carlos decía: “Mepaso los ratos cantando con la barriga llena y el corazón contento”.

Y en esto llegó Fidel.

La revolución terminaría de amoldar a Carlos como un verdadero cronista, un altavoz de los mensajes revolucionarios y los logros del gobierno castrista. La reforma agraria, Duro con él, Ya ganamos la pelea, El son de la alfabetización… Todo un repertorio de proclamas, de entrega a los principios revolucionarios.

He tenido la oportunidad, la suerte tal vez, de haber estado expuesto al mundo cubano en dos ocasiones, muy diferentes entre sí.

Mi paso por Miami estuvo repleto de sinsabores y añoranzas que nada tenían que ver con la Cuba revolucionaria. Me había aventurado a dirigir una empresa de manejo de carga aérea que parecía un chiste: había sido comprada por un americano, un alemán y un español. Culturas tan variopintas tenían que terminar enfrentándose. Se la compraron a dos cubanos que, con todo el ingenio contable que pueda imaginarse, le sacaban sus buenos dólares antes de que llegasen los empresarios que me ofrecieron el puesto. Habían pasado casi 40 años desde que el régimen castrista se instalase en Cuba. Años de bloqueo comercial de los americanos. Años de un éxodo interminable hacia las playas de Florida. Los años de los balseros.

La empresa, naturalmente, estaba repleta de trabajadores cubanos. Eran de la primera y la segunda generación que habían huido de Fidel en barcos aportados por la UFCO, United Fruit Company, la mamita yunai, el monstruo de un capitalismo brutal ejercido desde los Estados Unidos para apoderarse de las tierras de cultivo de Centroamérica y el Caribe. Si les preguntabas por su tierra a cualquiera de los trabajadores de la empresa en la que habían ido a parar mis huesos, miraban hacia atrás con una mezcla de nostalgia y resentimiento. Ninguno era un acaudalado cuando los revolucionarios tomaron el poder en la isla más bella del Caribe. Ni tan siquiera modestos comerciantes. Salieron de allí con el alma encogida por los familiares que no consiguieron saltar el charco. La pobreza a cuestas como todo tesoro, dispuestos a empezar una vida nueva. Ninguno se creyó las promesas de Fidel.

Aunque ya por entonces había viajado bastante, mi cara no podía disimular los temores por tantas novedades. Las oficinas de la compañía estaban en un contenedor que, a su vez, estaba dentro de un gran almacén en el que se movía toda clase de carga aérea. Mi secretaria, una habanera que siempre estaba sonriendo, de una bondad natural, casi maternal, me dijo al poco de sentarme en la silla del director general que tuviese cuidado con el café. Y es que, cada vez que salía para ver cómo se las ingeniaban los trabajadores con los pallets o para verlos discutir con los conductores de camiones, alguien me ofrecía un cafesito. Lo hacían mezclando azúcar de caña con el café, bien prensado todo. Pocas veces he tomado después un café tan rico. Y tan peligroso. Se le va a dispará la tensión, don Tomás… Cuando ya me había moderado con el negro néctar, se me apareció para preguntarme si ya había comprado el set d´huracanes, algo que todo habitante de las costas caribeñas de Florida ha de tener en su casa. Agua, comida enlatada, pilas, una radio, linterna. Hasta unas pastillas para los dolores de tripa. Aquella mujer solo deseaba que sus familiares consiguieran unirse a ella. Trabajo duro, pero con esperanzas.

De entre los empleados que tenía, mi predilecto era el director financiero. Ramón se llamaba. Chiquito, más bien panzudo, calvo de tanto mesarse los cabellos. De él se decía que no dejaba pasar un día sin echar un palito. Cuando escuchaba el cuento, no se molestaba; más bien sonreía, socarrón y presumido. Era mi mano derecha en un negocio en el que las cuentas, como las querían en Madrid, Frankfurt y Nueva York, no cuadraban nunca.

De tímido que soy, no me atrevía a preguntarles por su vida anterior en la isla. Hasta que, un día, una de las administrativas apareció con un enorme flemón en la cara. No se quejaba, trabajaba sin rechistar a las órdenes de Ramón. Pero, al pasar a su lado, no me pude contener. Le pregunté qué le pasaba. Ella me dijo que tenía una muela picada desde hacía varias semanas. —¿Ypor qué no vas al dentista? —le dije. —Porque no puedo pagarlo, don Tomá. Descubrí de la forma más estúpida por mi parte las particularidades del sistema americano de salud. Si no tienes dinero, mejor ponte a rezar. Y tuve que recordarle a mi contable anticastrista que en Cuba todos los ciudadanos tenían acceso a la medicina.

Aquel episodio fue el que me permitió adentrarme, desde la visión de los exiliados cubanos que trabajaban para mí en aquel antro del aeropuerto de Miami, en las particularidades del régimen instaurado por Fidel Castro y sus tropas revolucionarias. Ramón me dijo que, al comienzo de la revolución, todo el pueblo cubano, harto de los excesos de los americanos y de la corrupción de sus gobernantes, apoyó a Fidel. Era una revuelta nacionalista, que defendía una patria para Cuba sin la explotación de las empresas americanas y sin sus cómplices sentados en los ministerios. Los americanos, decía, les robaron Cuba a los españoles, no para liberar a los cubanos precisamente. Al principio, las consignas de Fidel sonaban bien. Prometía educación para todos, trabajo y libertad. Pero, la mayoría de los cubanos pronto se darían cuenta de que aquello sonaba a quimera. Desapareció la libertad y el sometimiento cambió de bando. Pero, seguía siendo sometimiento. Más de 60 años después de que Fidel Castro partiese desde Veracruz en el yate Granma, para disputarle el poder al tirano protegido por los americanos, al dictador Fulgencio Batista, los destinos profesionales me volvieron a dar una oportunidad de vivir de cerca la Cuba castrista. Un inversor había contratado los servicios de la consultora en la que trabajaba para que valorásemos los aeropuertos cubanos. El gobierno comunista, cicatero con sus ciudadanos para permitirles cualquier atisbo de propiedad privada, andaba tan necesitado de dinero que pensaron vender sus aeropuertos.

El segundo mandato de Trump le está poniendo las cosas todavía más insoportables a los cubanos. El bloque del envío de petróleo a la isla, antes razonablemente garantizado por el régimen venezolano de Maduro, está acabando con las reservas. Los aviones no pueden aterrizar por falta de combustible. Y sin aviones, una de las pocas industrias que da de comer al maltrecho pueblo cubano, el turismo, también corre un serio riesgo de desaparecer. Desde la Casa Blanca se amenaza con algún tipo de intervención para terminar de liquidar el régimen castrista. Quizás empleen la misma mentira con la que justificaron la guerra contra España en 1898: Marcos Rubio, de familia cubana, acaba de decir que actuarán en consecuencia por la muerte de cuatro norteamericanos en una lancha. Acusan al debilitado gobierno cubano de ser responsable. Puede que tengan ya los días contados. Los nostálgicos del régimen fraguado por Fidel Castro seguro que lo lamentarán. Puede que buena parte del pueblo lo celebre. Sin Carlos Puebla, la letra de su canción tal vez pronto tenga un final diferente:

Y seguir de modo cruel

La costumbre del delito

Hacer de Cuba un garito

Y en eso… se marchó Fidel

1 Comentario

  • Luis Juárez
    Al corriente 06/03/2026 en 18:19
    4.8/5

    Un buen artículo. Suerte para el pueblo cubano que lo va a necesitar.

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