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#2 Nómadas: migración a los Estados Unidos

La historia nos ha dejado un buen puñado de imperios que llegaron a dominar buena parte del mundo. El caso de los Estados Unidos es seguramente excepcional por la forma de desarrollarse y por el poder y la influencia que ha llegado a desplegar desde aquel lejano 4 de julio de 1776, la fecha de su independencia del Imperio Británico.

A diferencia de los españoles, que en su discurrir por el Nuevo Mundo en gran medida mantuvieron y se mezclaron con la población autóctona —se dice que el mestizaje fue la mejor contribución del Imperio Español a la humanidad—, los ingleses se encargaron de la práctica aniquilación de los nativos americanos, una limpieza étnica de un vastísimo territorio de más de 10 millones de kilómetros cuadrados, plagado de riquezas para la agricultura, la ganadería y la industria. Las tropas inglesas fueron despejando ese inmenso territorio para permitir el asentamiento de millones de colonos venidos de Europa, primero, y luego del resto del mundo. De la realidad histórica de ese exterminio no se salvan ni algunos de los héroes de la historia de los Estados Unidos, como Abraham Lincoln, para muchos, el mejor presidente que haya tenido el coloso americano. Se encargó, nada menos, que de eliminar la esclavitud, al menos formalmente, y de unificar bajo la bandera de las barras y estrellas a todos los Estados de la Unión. Pero Lincoln también tiene un lado oscuro en su biografía. Era mucho menos amable con los nativos americanos que con los esclavos extraídos de lo más profundo de África. Dirigió una operación militar, llamada la “Larga Caminata”, para la expulsión de cientos de miles de indios navajos de sus tierras en Arizona para recluirlos en terrenos desérticos de Nuevo México. La marcha de los indios navajos recorrió más de 500 kilómetros, sin agua ni comida. Se estiman en millares los muertos por en el camino, a lo que se añadirían las muertes por la penuria y la pobreza impuesta al pueblo navajo.

 La emigración a los Estados Unidos ha sido, y sigue siendo, la semilla del nuevo Imperio. Es, además, un reflejo perfecto de la historia, política, económica y social de buena parte del mundo. Allá donde las condiciones de vida son poco favorables para el progreso y una vida decente, la atracción del gigante americano proporcionaba un incentivo imparable para migrar a la tierra del “sueño americano”, la tierra prometida.

Durante los siglos XVII y XVIII fueron sobre todo ingleses y también alemanes los que fueron abriendo el camino desde las cosas del Este norteamericano hacia el interior. Siempre protegido por el poderío militar británico, incomparablemente más mortíferos que los arcos y las flechas de los indios autóctonos, poco a poco establecieron las primeras ciudades y repartiendo las tierras conquistadas entre los nuevos colonos. Los siglos XIX y XX son, sin embargo, los que conformarían definitivamente el carácter y la personalidad de la gran nación americana.

El flujo de llegada de inmigrantes a los Estados Unidos explica por sí solo lo que estaba sucediendo en Europa y el resto del mundo. A mediados del siglo XIX fue la Gran Hambruna irlandesa la que llenó de apellidos gaélicos el mapa norteamericano, un desastre económico motivado por una plaga que afectó al cultivo de la patata, fuente de vida para la gran mayoría de los irlandeses. Los alemanes fueron, durante el siglo XIX, el pueblo que más inmigrantes aportó a los Estados Unidos. Algunos de los apellidos más poderosos de la historia americana tienen raíces germanas. Las pobres condiciones para la agricultura y las tensiones sociales creadas por la revolución industrial alemana fueron el motor que impulsó el ingente flujo de germanos a la tierra de Georges Washington. Tantos alemanes bien formados llegaron, que convirtieron a los Estados Unidos en el referente indiscutible de la revolución industrial, muy por delante de la inglesa. Para cada nuevo edificio o industrial, los empresarios americanos preferían la mano de obra alemana frente a la  irlandesa, pese a que los segundos hablaban inglés.   

Los europeos fueron los grandes protagonistas del desembarco en tierras norteamericanas durante el siglo XIX. Más de 5 millones de alemanes, 4 millones de irlandeses, 3 de ingleses y casi dos millones de nórdicos, sobre todo suecos y noruegos, conformaron el carácter americano, creando las condiciones culturales, políticas, económicas y religiosas para una revolución económica e industrial sin parangón en la historia de la humanidad.

El fin del siglo XIX y principios del XX fueron el momento de los italianos y también de rusos y otros ciudadanos del este europeo, amenazados o temerosos de la Revolución Bolchevique. Los italianos, tras la reunificación en una sola nación, seguían siendo una nación rural, poco desarrollada, en la que la pobreza atenazaba a millones de ciudadanos. La amenaza del naciente fascismo actuó como catalizador definitivo para que las calles de Nueva York y otras grandes ciudades americanas se plagasen de sastrerías, restaurantes y tiendas con productos de Italia, atemperando la rígida cultura protestante de alemanes y británicos con la pasión y la genialidad mediterránea.

Con las guerras en Europa, el flujo de migrantes se reduce, como también lo hace por la Gran Depresión, la crisis de 1929 en la economía americana. Sin embargo, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, el poder de atracción de los Estados Unidos como destino dorado, con su “sueño americano” en pleno apogeo, se hace imparable. Más de 50 millones de inmigrantes entraron en su territorio hasta 2020. La procedencia de los inmigrantes, sin embargo, sufrirá una transformación radical que, en gran medida, puede que esté influyendo en la visión negacionista que la nueva Administración Trump pretende implantar. En la segunda parte del siglo pasado, con la ayuda de los Estados Unidos y su Plan Marshall, Europa se recupera económicamente y comienza a vivir unos años de éxito económico y beneficios sociales. En cambio, en América Latina las condiciones políticas y económicas comienzan a deteriorarse. Mexicanos, caribeños —Cuba, como caso excepcional, noqueada con la revolución castrista, ha enviado a casi diez millones de habitantes de la “perla del Caribe” a tierras norteamericanas, principalmente a Florida y Miami— y asiáticos comienzan a liderar, año tras año, las estadísticas de la migración norteamericana. El este asiático, afectado por las guerras de Corea y Vietnam, y el crecimiento exponencial de la población en China y la India, han sido algunas de las razones para que los asiáticos se acerquen también a las posiciones de liderazgo en la inmigración a suelo yanqui.

Otros continentes, como África, si bien el destino de la migración es principalmente a la Europa que la colonizó, también están contribuyendo a la llegada masiva a los Estados Unidos. En las estadísticas oficiales no figuran como africanos los más de 12 millones de esclavos que terminaron con sus huesos y su sudor en tierras y campos de cultivo de colonos europeos asentados por todo el territorio americano. En la segunda mitad del siglo XX, además, se empieza a registrar un flujo notable de africanos hacia los Estados Unidos, en la mayoría de los casos, huyendo de guerras, persecuciones y miserias extendidas por buena parte de la geografía africana.

El siglo XXI está viviendo en buena parte del mundo desarrollado un incesante incremento de tensiones asociadas con el flujo de migrantes. Los Estados Unidos, con la Administración Trump obsesionada con una política migratoria radical, contabiliza desde hace años una población de “ilegales” de aproximadamente 12 millones de ciudadanos. La gran mayoría de ellos entraron por la frontera sur, por el Río Bravo, dónde Trump pretende seguir haciendo más elevado un muro físico de miles de kilómetros de perímetro.

Como todo Imperio, el norteamericano tendrá su fin. Quizás estemos asistiendo a los primeros síntomas de su destrucción. No solo por las incomprensibles políticas económicas que emanan del despacho oval: también por la negación de la inmigración, que ha sido el verdadero cerebro de la arquitectura del gran imperio americano. Los migrantes llevaron lo mejor de cada nación. Quizás también lo peor. Sin ese riego de genialidad, sin el mestizaje de culturas, quién sabe lo los años que le resten al gigante americano para caer rendido, en el fango, como otros imperios cayeron antes en la historia.

Un resumen de la inmensidad de la inmigración americana:

Más de cien millones de migrantes en dos siglos de historia.

  • 26 millones de mexicanos
    • 16 millones de chinos
    • 10 millones de cubanos.
    • 10 millones de caribeños, diferentes a los cubanos.
    • Siete millones y medio de alemanes
    • Seis millones de ingleses.
    • Seis millones de italianos
    • Seis millones de irlandeses
    • Cinco millones de ciudadanos del este europeo
    • Cinco millones de nórdicos.
    • Más de 60 millones de norteamericanos tienen origen alemán, 20 millones tienen raíces italianas, más de 30 millones irlandesas y diez millones nórdicas.
    • El 20% de la población total tiene origen latino, un 6 % es de origen asiático.
    • Casi 50 millones de los 180 millones de habitantes de los Estados Unidos hablan español.

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