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#009 Las redes vacías de Amadou y Demba

Para Amadou, los únicos olores que existían eran el del pescado y la sal. Nació en una modesta casucha en la costa de Senegal, en la localidad de Saint Louis, al norte de Dakar, muy cerca de la frontera con Mauritania. Los recuerdos de su infancia eran una sucesión de días soleados, jugando entre redes de pesca y arena. Fue así como conoció a su mejor amigo, Demba.

            Amadou y Demba, como sus padres y abuelos, se dedicaron a la actividad que daba de comer, con cierta dignidad, a miles de senegaleses: la pesca. Con el esfuerzo y el ahorro, fueron capaces de hacerse con una embarcación ligera, bien motorizada, capaz de navegar hasta más allá de diez millas de la costa para tirar sus redes. Una piragua de madera con decoraciones coloridas, repleta de fórmulas de bendición para protegerse garabateadas en su lenguaje, el wólof, y que repasan con más frecuencia incluso que las grietas horadadas por el mar en el casco.

La que fuera fuente de vida y riqueza para todos sus antepasados se ha convertido ahora en un negocio ruinoso. Cada vez que salen al mar y vuelven con las redes vacías, Amadou y Demba se lamentan, junto a otros muchos jóvenes, de la miseria a la que están abocados. Hasta que una noche, cuando el resto de sus amigos ya se habían marchado con la pesadumbre de la derrota instalada en sus miradas, Amadou le propuso a Demba dar un giro en sus vidas: convertirse en facilitadores, esos personajes que venden un billete hacia la esperanza, hacia las costas de Canarias. Su barco es de los mejores y ellos están acostumbrados a adentrarse en el mar para ver de cerca a los culpables de su ruina: los barcos mega factorías de empresas chinas y europeas, embarcaciones con una capacidad de captura inimaginable para cualquiera de las embarcaciones artesanales en las que faenan más de doscientos mil pescadores como ellos.

Con un desempleo del 23 %, miles de jóvenes senegaleses, frustrados por el declive irremediable de su modo de vida, miran al mar como única salida. Es impensable que encuentren otra forma de ganarse la vida. Una encuesta reciente del Banco Mundial arroja un dato escalofriante: un 75 % de los hombres en Senegal quieren marcharse del país.  Amadou y Demba no tendrán problema alguno para encontrar clientes para su nuevo negocio. Tal vez tendrán que ofrecer sus pasajes por menos de lo que se cobra en Mauritania, en Marruecos o en Libia, donde se pagan hasta 5.000 € por un pasaje a la esperanza. La distancia por recorrer desde las costas de Senegal hasta Canarias es mucho mayor y el riesgo de no llegar a sus costas es elevado. Hasta en el negocio de la desesperanza son aplicables los principios empresariales. Menor garantía de éxito, menor precio.

Senegal no es de los peores casos de las frágiles democracias africanas. En algunos aspectos, como la cooperación internacional, la estabilidad política o la capacidad para alcanzar acuerdos con sus vecinos, obtiene una calificación de notable alto por entidades como el Banco Mundial o The Economist. En términos democráticos, ocupa una de las primeras posiciones en África y su población está comprometida y orgullosa de un sistema multi partidos que ha conseguido la alternancia de poder, entre diferentes candidatos y partidos, sin conflictos internos relevantes. Es un miembro destacado en el ámbito diplomático, sede africana de importantes organizaciones mundiales y con un cierto prestigio de buen gobierno. La economía es, como en tantos otros países africanos, su punto débil. Con un PIB de unos 32 mil millones de $, de los cuales más de 4.000 proceden de transferencias de los emigrantes senegaleses asentados en el extranjero, y una población de 16 millones de habitantes, se estima que el 90 % de su economía es informal. Un lastre tremendo para cualquier política fiscal que pretenda estructurar decentemente la vida de sus ciudadanos.

La agricultura ocupa nada menos que al 75 % de su población, en su gran mayoría con un propósito elemental: pura economía de subsistencia. Durante las últimas décadas, se han introducido ciertos avances en el campo senegalés que han venido de la mano de inversores y empresas internacionales, sobre todo españolas —si compran melones en invierno, recuerden que con toda probabilidad se han cultivado en Senegal—, pero todavía insuficientes para que la ingente masa de ciudadanos que subsiste lejos de las principales ciudades se incorpore a una economía reglada y digna.

El déficit fiscal de Senegal conlleva un pobre desarrollo de los servicios y las infraestructuras. Es ahí donde, una vez más, aparece en el horizonte la alargada sombra del gigante asiático. China es ya, por delante de Francia, el principal socio y financiador del gobierno senegalés. Gracias a la deuda adquirida con China desde 2005, Senegal ha hecho frente a la modernización de algunas de sus infraestructuras, si bien no faltan las críticas por el destino de los más de 2.000 millones de $ que han engrosado la deuda pública senegalesa para situarla en cerca de un 80% de su PIB. La construcción de varios estadios de fútbol, un museo o un teatro quizás sirvan para el disfrute y lucimiento de las clases elevadas del país, pero resulta dudoso que vayan a contribuir a su desarrollo económico.

La presencia de China en otros países africanos se relaciona con frecuencia, no sin razón, con la existencia de materias primas valiosas, como petróleo y metales diversos. El trato es sencillo: financiación de cualquier antojo, muchas veces innecesario y sobredimensionado, de los gobernantes de turno a cambio de acceso privilegiado a esos recursos naturales. En el caso de Senegal no hay petróleo, ni tierras raras especialmente valiosas. Sin embargo, tienen algo muy apreciado por China: la pesca en sus aguas.

China es un gigante en muchos aspectos de la economía. De sobra es conocido su liderazgo en sectores industriales y en el manejo y transformación de materias primas. Quizás resulte menos conocido hasta qué punto China es un auténtico depredador de los mares, liderando las capturas y también la acuicultura. Toda la flota pesquera mundial extrajo cerca de 100 millones de toneladas de los mares en 2023. La flota china, la mayor de todas por número de barcos pesqueros matriculados, extrajo oficialmente quince millones de toneladas. Para hacernos una idea, España, que puede considerarse un país con una gran tradición pesquera, solo extrajo unas 900 mil toneladas. Desde 2009 a 2023, China ha multiplicado por 6 las capturas, mientras que España, en comparación, ha reducido su cuota en casi un 15% en ese mismo período.

Las alarmas que las organizaciones medioambientales lanzan sobre la sobreexplotación de los mares (la propia FAO, organismo dependiente de Naciones Unidas, calcula que, de seguirse al ritmo de capturas y crecimientos actuales, en 2040 habrán desaparecido de los mares la mayoría de las especies destinadas al consumo humano) puede que sea lo que haya convertido a China, también, en el líder indiscutible de las granjas de pescado. Más de un 60% de los 140 millones de toneladas de pescado producidos en acuicultura tienen su sello. No solo los coches eléctricos o cualquier cacharro electrónico nos seguirán llegando desde oriente: también el marisco y otros pescados tendrán una de esas etiquetas que nadie lee con un texto del tipo producido en China.

La riqueza pesquera en las aguas de Senegal es tal que hasta allí los chinos todavía no han querido llevar sus factorías de acuicultura. En las costas, en las que la pesca daba de comer a pescadores como Amadou y Demba, los chinos siguen faenando con una intensidad frenética. Un reportaje reciente de la BBC documentó prácticas de pesca ilegales de barcos chinos, como la que consiste en poner a dos barcos en paralelo para arrastrar entre ambos una red gigantesca que arrambla con todo lo que encuentra a su paso. Todo ello ante la nula o mínima capacidad de control por las patrullas costeras de Senegal, mal dotadas y peor instruidas por los responsables de su gobierno. Los reporteros accedieron a uno de esos barcos y encontraron una ingente cantidad de pescado ya procesado y congelado en cajas listas para llegar a nuestros mercados, con etiquetas de empresas españolas y francesas, entre otras.

China, para defenderse de las acusaciones de ser los responsables del expolio de la pesca que está dejando sin trabajo a cientos de miles de familias senegalesas, utiliza todo tipo de tretas, como la constitución de sociedades mixtas. Nunca faltan socios dispuestos a beneficiarse de un buen trato. De ese modo, aducen que se trata de barcos de bandera senegalesa los que faenan a diario en sus aguas. Con la ayuda de una herramienta abierta, pública, denominada Global Fishing Watch (globalfishingwatch.org), una Fundación creada, entre otros socios, por Google, puede verse con alarmante claridad el enorme despliegue chino en las aguas de Senegal. Les invito a que entren en esa página: les resultará más fácil descubrir a Wally que a un barco que no tenga matrícula china.

La desproporción de la capacidad de captura es abismal. Un solo barco chino, de los que como una plaga motean los mares de Senegal, captura en una sola de sus salidas el equivalente a 300 embarcaciones artesanales como las de Amadou y Demba en todo un año. El riesgo de destrucción acelerada de los recursos marinos resulta evidente. Así lo expresan a diario los pescadores senegaleses, sin que nadie parezca prestarles atención. Un día tras otro salen al mar para retornar a la costa con sus redes casi vacías.

La UE también tiene acuerdos de pesca con Senegal. Desde Europa se razona que las prácticas de las empresas europeas que se benefician de dichos acuerdos no son responsables de la pérdida de oportunidades para los pescadores locales. El argumento es que lo que pescan estas empresas es la merluza y el atún, pescados que se capturan a más de 12 millas de la costa, inaccesible a la limitada y artesanal industria pesquera senegalesa.

Algunos de los principales empresarios de la pesca españoles están presentes en Senegal, con frecuencia a través de sociedades mixtas como SOPECASEN, sociedad del empresario canario Freire Veiga. Los primeros proyectos de acuicultura también han llegado de la mano de empresas españolas, como FERALCA, una sociedad participada por empresarios gallegos (Armadora Pereira S.A.). En su defensa, estas empresas, con el apoyo de la UE, aducen que respetan escrupulosamente los acuerdos pesqueros y solo faenan cuando existen excedentes de las variedades autorizadas. Además, a diferencia de los armadores chinos, sus empresas dan empleo a trabajadores locales y las iniciativas de acuicultura se hacen con cierto protagonismo de inversores locales.

Senegal no invierte, quizás no tenga capacidad para ello, en la transformación de su propia industria pesquera, dejando a miles de familias a su suerte frente a los barcos depredadores chinos y europeos. El resultado es el esperado. Miles de jóvenes deciden a diario poner rumbo a un destino mucho más alejado de las aguas por las que navegaban a diario: las costas de Canarias, el punto más cercano de la soñada Europa.

Una noche de septiembre, con la mar en calma, Amadou y Demba llenaron su barca con un buen puñado de clientes, amigos y sus propios hermanos. Todos ellos bien podrían ser alguno de los más de 50 desaparecidos anónimos que naufragaron a tan solo cuatro millas de El Hierro la madrugada del 29 de septiembre de 2024. Estaban muy cerca de conseguir su sueño.

La única certeza en este relato es que, mientras Europa no sea capaz de reconocer la relación entre la pesca desmesurada en las aguas de Senegal y la migración, muchos otros seguirán la estela de la barca de Amadou y Demba.

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