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#013 Los humanos ante la IA: la UE prefiere regularla antes que desarrollarla

La historia de la humanidad está plagada de ejemplos en los que la llegada de nuevas formas de hacer las cosas se enfrentó a dudas y rechazos. A los visionarios nunca les resultó sencillo convencernos de las bondades de sus inventos. La hija de Steve Jobs, en la película que narra su vida, le miraba dudando si estaba ante su padre o frente a un loco que trataba de convencerla de que, en pocos años, todo, la música, las fotos de sus amigos o las noticias, estarían en un dispositivo único. Con el paso del tiempo, muchos de los inventos terminaron implantándose para hacernos la vida más cómoda, aunque diferente, a los humanos.

            En ocasiones, el rechazo tocaba la fibra sensible de la sociedad. George Clooney, en la magnífica película Up in the air, interpretaba a un ejecutivo de una empresa que se dedicaba a despedir a empleados de empresarios que no querían afrontar ellos mismos ese mal trance. Clooney era tan bueno en su desempeño que convencía a los desahuciados de que su despido no era otra cosa que una oportunidad en su vida. Para hacer su trabajo, viajaba y viajaba por los Estados Unidos. Su sueño era llegar a ser el séptimo ciudadano del mundo que alcanzase la mareante cifra de diez millones de millas ganadas con sus vuelos. Su peculiar especialización le brindaba esa oportunidad hasta que una joven apareció para convencer a los dueños de su empresa de que tanto viaje podía eliminarse mediante el uso de las videoconferencias. Año 2009. Era tan asombroso el bagaje de George consolando a los despedidos que los altos ejecutivos de su propia empresa dudaron del nuevo invento. Le dieron dos meses para demostrarle a la joven, aunque sobradamente preparada, Anne Kendrick, que no había nada mejor que el contacto directo para dar malas noticias. Mucho más tarde, en 2024, un estudio de Gizem Yalcin, profesora de marketing en la Universidad de Austin, demuestra que, cuando se trata de amargarle la vida a alguien, la voz humana es insustituible. (https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S2352250X24000484?via%3Dihub).

            El mundo y las empresas viven ahora con una mezcla de reticencia y esperanza la llegada de un nuevo salto para la civilización. Pocas conferencias, traten de la materia que traten, dejan de lado la mención a la Inteligencia Artificial (IA). Su propio nombre, inteligencia y artificial, estremece a poco que recordemos a HAL 9000, la supercomputadora encargada de que se cumpliesen todos los objetivos de la misión en “2001: Una odisea del espacio”. Con su único ojo, de un rojo negruzco amenazante, se tomaba tan humanamente en serio su función que eliminaba a los que discrepaban o suponían un obstáculo. Arthur C. Clark con su novela y Kubrick con su joya del cine se adelantaron sesenta años al recelo hacia la IA. Una eternidad si tenemos en cuenta el exponencial crecimiento de la evolución de soluciones y sistemas de la información.

            Los miedos a que un robot o un algoritmo sustituyan a los humanos en todo tipo de tareas podrían disiparse si tenemos en cuenta la visión que del uso de la IA se maneja en el ámbito empresarial. En una encuesta realizada por Deloitte entre sus principales clientes a nivel mundial, un 32% ven en la IA un camino para la mejora de la productividad. Ciertamente, mejoras en la eficiencia y la productividad nos llevan sin remedio a palabras como restructuración o, lo que es lo mismo, despidos… seguramente ya sin la calidez humana de Clooney. Pero casi tantos como opinan que el principal uso de la IA fomentará los recortes son los que piensan que servirá para acelerar la innovación y mejorar los productos actuales. No dejaron de fabricarse teléfonos cuando Jobs nos asombró con su smartphone, simplemente mejoraron las limitadas funcionalidades de los dispositivos analógicos. Los fabricantes tuvieron que adaptarse, los que lo hicieron rápido, triunfaron, los que se quedaron anclados en el pasado, desaparecieron. El resultado de todo ello fue una gigantesca transformación del sector que hoy da empleo a más de setecientos millones de trabajadores, un 20% del empleo en todo el mundo.

            Cuando estamos a punto de dar por concluido el año 2024, la OCDE nos endulza las Navidades con un dato de empleo que es el mejor de la historia reciente. Por primera vez, la media mundial de desempleados se sitúa por debajo del 5% (https://www.oecd.org/en/publications/oecd-employment-outlook-2024_ac8b3538-en.html). Los detractores, pesimistas preventivos, de la llegada de la IA, comparten negros augurios para la vida laboral. Los sindicatos se aprestan a proponernos su lista de exigencias para la llegada del compañero inteligente, pero artificial. No parece que estén dispuestos a compartir sus horas en el trabajo con un cacharro. Entre sus deseos, piden que la IA no deteriore el empleo ni su calidad. En realidad, si algo puede esperarse de la IA es la mejora de esa calidad. Y no es un diagnóstico de un optimista compulsivo: es la conclusión que la historia nos brinda tras cada salto tecnológico. Los sindicatos, y los detractores a tiempo parcial de la IA, quizás deberían ir pensando en qué hacer con el tiempo extra que nos regalará. Y preocuparse de que los gobiernos y las organizaciones empresariales se adaptan con celeridad a esta nueva ola.  La pérdida de empleo y el deterioro económico que pueda derivarse de la IA parece que, como en otros casos, se concentrará en los países más escépticos y perezosos.

            La implantación de la IA requerirá un buen aporte de capital para que se haga materialmente ventajosa. Por eso, los sectores empresariales que más rápido caminan hacia el uso de la IA son los que en mejor disposición de inversión se encuentran. La banca y los servicios financieros, empresas de seguros y de telecomunicaciones aceleran ya sus planes. Otras industrias, como las farmacéuticas, el transporte y el consumo siguen muy de cerca sus pasos. Los aventajados coinciden ya en dictaminar sus principales preocupaciones: la gestión de los datos, desde todas las perspectivas que podamos imaginarnos sobre su manejo; y la regulación, tanto interna, la propia gobernanza de las compañías, como pública.

            El catedrático en Economía por la Universidad de Pensilvania, Jesús Fernandez-Villaverde, expresaba recientemente, en una conferencia magistral impartida en la Fundación Rafael del Pino, su convencimiento de que si la máquina de vapor hubiese aparecido en tiempos de la locura regulatoria de la UE jamás se habría desarrollado. Quizás sea una exageración. Pero lo cierto es que ante el reto de la revolución de la IA la primera reacción europea ha sido la redacción de una extensísima regulación (https://www.boe.es/doue/2024/1689/L00001-00144.pdf), un ladrillo de casi doscientas páginas que habla de una industria en la que la UE se encuentra, siendo amables, en mantillas. El mismo catedrático nos da un dato para medir cómo de avanzados y posicionados se encuentran los diferentes países de cara a la IA. Lo mide mediante el número de modelos matemáticos que emplean al menos 10 elevado a 23 operaciones de coma flotante. Estados Unidos tiene 112, China 80. El primer país europeo en la lista es Francia, con 10. España no figura en la lista.

No parece que el detallado informe Draghi, que recomienda a la UE que invierta decididamente en IA para reducir la brecha tecnológica con Estados Unidos y China, esté siendo la prioridad de los poderes políticos europeos. El Reglamento repite más de veinte veces la palabra riesgo en las primeras 20 páginas, prohíbe las técnicas de manipulación que puedan basarse en la IA, se preocupa por la conservación de los derechos a la huelga que puedan motivarse por el impacto en el mercado laboral, utiliza el “interés público” como uno de los limitantes al desarrollo y mercado de estas tecnologías, y nos recuerda que estas herramientas deben de contribuir a la “mitigación del cambio climático”.  Entre otros preceptos, pide en sus primeros artículos que la IA esté centrada en el ser humano. Nada se menciona de la necesidad de invertir que recomienda Draghi. Y, si no se invierte, la UE estará queriendo regular lo que otros produzcan cuando dista mucho de estar liderando esta revolución.

            Cada ser humano, cada individuo, seguirá teniendo entre sus valores el deseo de sentirse especial. No quiere convertirse en un mero dato que transita por las tripas de un algoritmo. En ese sentido, el Reglamento de la UE expresa mejor que ningún otro pronunciamiento el temor a lo desconocido. El sano resquemor a que lo que hemos visto en numerosas películas de ciencia ficción se convierta en realidad. De alguna manera, la UE, quizás consciente de su debilidad, le está pidiendo a los líderes de la industria de la IA que nos den unos cuantos meses, o años, como pedía George Clooney a su empresa, para que nos hagamos una idea de si estamos dispuestos a tener de compañero de trabajo a un algoritmo sin alma.  

2 Comentarios

  • Ángel
    Al corriente 12/01/2025 en 13:06

    Totalmente de acuerdo. Pero en el caso de España la Agencia Española de Supervisión de Inteligencia Artificial tendrá 80 empleados este año 2025. No nos gana nadie.

    • Autor de la publicación
      Tomás Aranda
      Al corriente 16/01/2025 en 11:34

      Gracias, Ángel por el comentario. El vídeo que me pasaste habla de la necesaria regulación. No discuto que sea necesaria, imprescindible en verdad. Lo que discuto y creo que compartimos es que lo primero que se le ocurra a hacer a Europa y España es diseñar una regulación pesada cuando tenemos muy pocas empresas que vayan a pintar algo en esa transformación de la tecnología y de la sociedad. Ya sabemos de qué va esto: primero la agencia, luego en ente, después el observatorio… lleno de fieles seguidores de la cuerda política de turno.

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