En 1871, Karl Mauch, un cazador alemán que recorría la región del lago Kyle en busca de elefantes , una zona ocupada por granjeros escoceses en el sur de África, se encontró con una sorpresa inesperada. Una construcción en piedra, inmensa, con muros de hasta 12 metros de alto, construida con una técnica perfecta, sin el empleo de mortero. Bloques de granito perfectamente cortados con los que alguien había creado una fortaleza de unos 250 metros de diámetro. En su interior, la construcción se completaba con un amplio conjunto de estancias. El alemán, nada convencido de que los nativos con los que se encontraba en sus expediciones tuvieran el conocimiento y la técnica para la edificación de semejante prodigio arquitectónico, empezó a extender la errónea versión de que aquellas murallas habían sido construidas por fenicios, o por civilizaciones del norte de África. O hasta por el mismísimo reino de Saba.

Los arqueólogos terminarían demostrando, bien entrado el siglo XX, que el Gran Zimbabue, como se terminaría conociendo esta maravilla de la antigüedad, fue obra de los bantúes, un reino que se estableció en la prospera región que hoy llamamos Zimbabue, seguramente durante nuestra Edad Media. Sus hallazgos fueron más allá. Encontraron piezas de cerámica de origen chino, joyas y artesanía en oro, labradas con gran precisión y vasijas con restos de especias también procedentes de Oriente. Para asombro de todo el mundo, quedó demostrado que los habitantes del centro de África del Sur comerciaban con China desde el siglo III. La ruta para el comercio con China a través del océano Índico pasaba por puertos en la costa como Sofala y Kilwa, en los que los trabajos arqueológicos hallaron también restos de la cultura romana.

Los exploradores y misioneros europeos, principalmente ingleses y portugueses, encontraron durante sus exploraciones en Zimbabue una región extremadamente rica. Excelente para la agricultura y, además, con yacimientos de oro, cobre, carbón y otros minerales valiosos. David Livingstone, en sus andanzas, se topó con otra de las maravillas de la humanidad, las cataratas que llamaría Victoria, en honor de la reina británica. Cecil Rhodes, liderando la Compañía Británica de Sudáfrica, un entramado militar y comercial con más poderío que muchos de los principales países europeos de la época, se encargó de que los colonos blancos se repartieran las mejores tierras y de que las minas estuviesen en manos de empresas de la Europa colonial. En ese contexto, los shona y ndebele, dos de las principales etnias que habitan Zimbabue, terminaron revelándose hasta desprenderse del control de los blancos en 1980. Robert Mugabe, líder de los rebeldes contra la minoría blanca, se convertiría en el primer presidente de la nueva nación. Se mantuvo en el poder casi 37 años, delineando uno de los mejores ejemplos de país con un solo partido político.
Esta breve historia sería, en otras latitudes, la de un país rico, capaz de valerse por sus propios recursos naturales y su encanto turístico. Y, sin embargo, Zimbabue es uno de los países africanos con peores indicadores económicos y sociales. La independencia se transformó pronto en un régimen personalista y corrupto hasta extremos insoportables, haciendo que la economía de Zimbabue fuese una ficción en la que la inflación alcanzaba cotas millonarias cada año. Un país en el que los pintores componían colages usando billetes de miles de millones de kwachas, un papel sin valor alguno.
Tras el golpe de Estado de 1987, Emmerson Mnangagwa, el vicepresidente de Mugabe que se alió con los militares para echarlo, sigue en el poder, superando elecciones sin que le importe lo que puedan opinar los observadores internacionales que ven cómo lo único que no cambia en el país es el reparto del poder a través del partido ZANU. Las más recientes, celebradas el pasado mes de agosto, deberían haber arrojado la victoria del partido opositor, CCC, Coalición de Ciudadanos para el Cambio. Las irregularidades en el recuento y las trabas impuestas el día de las elecciones para que los votantes tuvieran papeletas de los dos partidos en liza confirman un nuevo secuestro del concepto de democracia en el bello y rico país de Zambia.
Los problemas económicos de Zimbabue arrancaron desde el momento mismo de su independencia. Como le sucedió a numerosos otros casos en África, las élites étnicas, que fueron el apoyo de los gobiernos coloniales durante décadas, no estaba preparadas para una gobernanza medianamente profesional de los asuntos de un país tan extenso y complejo como Zimbabue. La corrupción se convirtió en la norma, llevando al país al colapso financiero durante los últimos años de Mugabe. Pese a los inmensos recursos disponibles en el país, la renta per cápita de los ciudadanos de Zimbabue es en 2024, en términos reales, inferior a la disponible antes de la independencia. La inflación desmedida obliga a una penosa peregrinación hacia países limítrofes para hacerse con productos básicos. Un flujo incesante cruza a diario el puente que cruza el río Zambeze desde Cataratas Victoria hasta Livingston, en Zambia.
Los males de Zimbabue no se limitaron a la pobreza generada por la corrupción de sus mandatarios. De pronto, estuvieron muy rápidos en atraerse los favores de China cuando el gigante asiático puso en marcha el programa BRI, Belt and Road Initiative, un programa por el que China comenzó a invertir vastas cantidades de dinero en cualquier tipo de infraestructura por todo el continente africano.
El BRI dista mucho de ser una proposición generosa. Ciertamente, a través de este programa muchas de las infraestructuras de países como Zimbabue han dado un salto cualitativo inmenso. El lado oscuro es el endeudamiento. Y, como no podía ser de otro modo, el impago de las condiciones impuestas por el prestamista. La sospecha de que tanto el volumen de inversión, con su correspondiente deuda, como las condiciones de los préstamos son materia reservada y oscura es más que evidente.
Un ejemplo de cómo funcionan las inversiones chinas en Zimbabue son sus aeropuertos. El de la capital, Harare, languidecía durante décadas de pobre mantenimiento y nulas inversiones. Los chinos llegaron y propusieron la construcción de un inmenso nuevo edificio terminal, una copia de alguno edificio similar en China, con una capacidad de seis millones de pasajeros, cinco veces el máximo histórico de tráfico registrado en el aeropuerto. También ampliaron el aeropuerto de Victoria Falls, que sirve de entrada a los miles de turistas que visitan las cataratas, y el aeropuerto de la segunda ciudad del país, Bulawayo.
Pese a las ingentes inversiones, el tráfico sigue igual que antes del despliegue de fachadas acristaladas y equipamiento chino. Las condiciones de los créditos, sin embargo, aprietan al gobierno. Y cuando la soga empieza a cerrarse alrededor de las finanzas de la compañía pública de aeropuertos del país, el gobierno acude a los bancos multilaterales para que traten de que algún privado se quede con la concesión de los aeropuertos sobredimensionados. Un ejercicio baldío.
Para colmo de males, el principio keynesiano de que la inversión del Estado ayuda al desarrollo de la economía no funciona en el caso de las inversiones chinas. La práctica totalidad del equipamiento y los materiales empleados en las construcciones aeroportuarias son chinos. La mano de obra, casi exclusivamente china. Solo la deuda se quedará en el país como rastro de las inversiones desmedidas.
China, en Zimbabue, ha conseguido el control de la gran mayoría de los recursos valiosos. Las catorce minas de carbón existentes en el país las explotan empresas chinas, con el mismo principio de reducida o mínima contribución al empleo local. Gracias a ese control, las centrales térmicas, de carbón como combustible, a pocos miles de kilómetros de la Antártida, emiten libremente todo el CO2 que necesiten. No hay agencias medioambientales del gobierno que se vayan a poner exquisitas con el control de gases de efecto invernadero. Los vehículos pesados, en su mayoría de empresas chinas, que circulan por las carreteras principales del país, carreteras a su vez construidas por los chinos, destrozan su pavimento haciendo que los usuarios de los principales corredores logísticos disfruten de una aventura similar a la que enfrentan los corredores del Dakar cada año.
A la inmensa riqueza de Zimbabue se le ha añadido recientemente el litio, el nuevo oro blanco. Una mina de litio precisa, de media unos 15 años para que entre en velocidad de crucero en su producción. El metal se descubrió, curioso ¿verdad?, en 2010, justo cuando los chinos le mostraban la chequera repleta de dólares a los mandatarios zimbabuenses. Las reservas de litio descubiertas permiten predecir que Zimbabue contribuirá con más de un 60% al total del litio extraído en África. Y todo ello, controlado por empresas chinas (https://www.rystadenergy.com). En un informe publicado en marzo de 2024, la Asociación de Derecho Ambiental de Zimbabwe (ZELA, por sus siglas en inglés), una ONG local, llegó a la conclusión de que “China está muy involucrada en el comercio ilícito de litio”. Y alertaban: “El dominio de un país puede llevar a resultados indeseables, como la subvaloración de los recursos minerales, la evasión fiscal y los abusos de los derechos humanos en el sector”.
Los bantúes, con su precursor y sorprendente comercio con China, no sabían hasta qué punto estaban abriéndole las puertas al dragón asiático. Las civilizaciones que hicieron posible la grandeza arquitectónica del Gran Zimbabue desaparecieron en el siglo XVI, nadie sabe con precisión debido a qué causas. Los moradores que les siguieron puede que desaparezcan también. Pero, ahora, el motivo quizás sea la astucia y la avidez de esos comerciantes de ojos rasgados a los que los bantúes invitaron a su mesa muchos siglos antes de que el pueblo de Zimbabue se creyese independiente.
