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#012 El Trump latino: ¿Le vendrá bien el nuevo mandato de Trump a América Latina?

Rafael y Dora forman una familia salvadoreña que llegó a New Jersey casi al mismo tiempo que los trabajadores de Lehman Brothers empaquetaban sus escasas pertenencias en cajas de cartón, destruida su forma de vida por una crisis que asolaría durante unos cuantos años la ciudad de la gran manzana. La crisis de 2008 fue su bienvenida nada más superar los controles de inmigración en el aeropuerto de Newark. Un primo de Dora llevaba por entonces dos años viviendo en Dayton, uno de los barrios más peligrosos de Newark. Allí se fueron con sus maletas y sus dos hijas, mirando con ojos de incredulidad cómo el atardecer invernal perfilaba la imagen soñada del skyline de Manhattan.

Rafael tenía una camioneta en El Salvador. Trataba de ganarse la vida llevando a turistas americanos a jugarse la vida haciendo surf en las playas de El Tunco o a la playa de El Sunzal, donde aseguraban que se podían encontrar las olas más fascinantes que un surfista pudiera soñar. Sorteaba a diario las exigencias de las maras, las organizaciones criminales que, como si se tratase del Ministerio de Hacienda, cobran un impuesto a todo el que quiera hacer negocio en su territorio. Sabían que, transportando americanos, Rafael manejaba plata. Un día, cansado de que todo su esfuerzo se fuera a tratar de evitar que lo matasen en cualquier esquina de El Salvador, Rafael le propuso a su mujer marcharse a Nueva York.

Tras casi veinte años en suelo norteamericano, su historia es una más de las que engrandecen el mito del sueño americano. Ahora tiene tres camionetas con las que se turna con su esposa para hacer lo que sabía hacer muy bien en El Salvador: llevar turistas de un lado a otro. Al fin y al cabo, relata con sarcasmo, las selvas salvadoreñas no son muy diferentes a las selvas neoyorquinas. Sus dos hijas acabaron ya sus estudios. Una es abogada y la otra trabaja en una empresa de diseño de interiores. Todos han prosperado. Y, sin embargo, si le preguntas a Rafael por la llegada de nuevos inmigrantes dirá que está en contra. Que ha votado a Trump porque es quien de verdad se va a ocupar de que a América no llegue lo peor de Centroamérica.

Para muchos analistas no norteamericanos, la victoria de Trump ha sido una sorpresa. Más ha desconcertado que uno de los pilares de su evidente éxito electoral en las presidenciales de noviembre de 2024 haya sido el voto latino. Sí, lo han leído bien, los latinos votaron mayoritariamente a Trump, el impulsor del impresionante muro que separa México y que hace más difícil si cabe la aventura de los que se adentran en todos los horrores posibles para llegar al sueño americano. El candidato que en campaña ha prometido hacerlo más alto. El mismo que ha dicho que bombardeará las plantas de producción de fentanilo afincadas en suelo mexicano, la droga que arrasa barrios enteros de las principales ciudades americanas y que se llevó las vidas de más de ciento cincuenta mil ciudadanos norteamericanos en 2023.

La inmigración ilegal es una de las fijaciones de Trump. Lo fue en 2020 y ha sido, si cabe, más obsesiva en su reciente campaña, en la que llegó a decir que los ilegales se comen las mascotas de los americanos. En su programa promete el endurecimiento de las medidas contra los ilegales, incluyendo la deportación forzosa, la negativa para las políticas de reunificación familiar y el refuerzo de las medidas de vigilancia y represión en la frontera mexicana. De los más de 11 millones de inmigrantes ilegales estimados en los Estados Unidos, se calcula que cuatro son mexicanos, otros dos millones proceden de América Central y más de un millón proceden de otros países de América del Sur. Si llegase a cumplir sus promesas, esas repatriaciones producirían un deterioro considerable de las economías de los países emisores de migrantes. La contribución de las remesas, el dinero que los familiares instalados al norte del Río Bravo envían a los que dejaron atrás, suponen hasta un 25% del PIB en países como Honduras, El Salvador o Guatemala. Por no hablar del drama humanitario que semejante flujo de vuelta representaría.

La fobia de Trump a los inmigrantes resulta asombrosa si tenemos en cuenta que Estados Unidos es una pirámide variopinta de migrantes procedentes de todos los rincones del planeta. Su propia historia familiar es un ejemplo de la contribución de la migración a la creación de la primera economía del mundo. Sus abuelos paternos eran inmigrantes alemanes, llegados a la isla de Ellis en los albores del siglo XX. Trump se crio en el barrio neoyorquino de Queens, en Jamaica, un suburbio plagado de inmigrantes. Su prosperidad, tal vez, le hizo olvidarse de sus orígenes. Lo mismo que a Rafael. Quizás el sueño americano sea una vacuna contra las pesadillas ancestrales encerradas en la propia memoria.

Trump demoniza la inmigración atribuyéndole dos maldades que, sin embargo, no están enteramente soportadas por los datos. Responsabiliza a los migrantes del deterioro de las condiciones laborales para los auténticos americanos y, además, les hace en gran medida responsables del crimen. Sin embargo, como les sucede a muchos otros líderes populistas, los datos no soportan sus afirmaciones simplistas. Un estudio de American Inmigration Council sobre el mercado laboral norteamericano de los últimos treinta años concluye que la inmigración resulta positiva para los nativos. Éstos vieron incrementados sus salarios de media un 4% anual cuando la inflación se situó, si quitamos la excepcionalidad del período post pandemia, en niveles medios del 1,5%. Quienes sí vieron empeoradas sus condiciones laborales fueron los empleados sin formación académica. En su caso, los salarios cayeron de media un 1,1%, lo que extiende la sospecha de que el gigante americano reparte mal la riqueza. Y no es difícil encontrar a partidarios que suponen una evidente relación entre pobreza y delincuencia.

La migración, sea a los Estados Unidos o a cualquier otra economía desarrollada, funciona como la gravedad. Si imaginamos el sueño americano como un planeta, cuanto más real sea, cuantos más casos de éxito se conozcan, más grande será su tamaño y mayor la fuerza con la que atraerá a los latinoamericanos que malviven en sus propios países como partículas diseminadas por el espacio. Trump tendría una forma diferente de afrontar el asunto migratorio. Podría colaborar con países cercanos, como México, Centro América o el Caribe, deslocalizando cierta actividad económica, impulsando la manufactura cercana, lo que se conoce como política de near shore. En general, los costes de producción en esos países pueden ser comparables a los de China, haciéndole frente, de ese modo, a la pujanza asiática, a la que también considera una amenaza para hacer grande de nuevo a su América. Algunos analistas confían en que ese sea el camino que emprenda la nueva Administración, aunque su verborrea no vaticine buenas noticias. Trump quiere que las empresas se instalen en suelo norteamericano, así lo expresa de manera reiterada, si bien nunca ha sido capaz de explicarle a los americanos cómo va a hacer competitivos los productos fabricados por sus nativos bien pagadosfrente a la maquinaria de producción asiática, basada en una relación laboral cercana a la semi esclavitud. La política arancelaria, otra de sus amenazas, nos desvelará pronto el camino por el que quiera hacernos transitar a todo el planeta.

Hay otro aspecto relevante de cara al futuro para América Latina. La posición de Trump en el campo de la democracia es denostada con frecuencia, sobre todo por los analistas políticos que han soportado el mal trago de posicionarse en favor de Kamala Harris para encontrase con una inesperada derrota de su favorita. Aunque también es necesario recordar que el personaje ha hecho muchos méritos para considerarle un demócrata escéptico. A Trump le gustan los líderes fuertes, de ideas potentes y cercanas a su propio populismo. Algunos líderes latinoamericanos serán bien vistos desde la Casa Blanca. Sería el caso de Nayib Bukele, el presidente salvadoreño que, mediante una dura política frente a las maras ha conseguido reducir muy significativamente el crimen y, también, miel sobre hojuelas, la migración a Norteamérica (caerá más de un 30% en 2024). Milei, con sus políticas de ajuste severo de los costes del Estado, que parece que están dando resultados prometedores, quizás sea otro de los favoritos del trumpismo. No en vano, Trump le encargará a Elon Musk un recorte ambicioso de los costes de la administración federal. Los argentinos, además, precisan del apoyo de Trump para que el Fondo Monetario Internacional apruebe un préstamo de quince billones de dólares para impulsar la recuperación de su economía.

Otros regímenes del continente, como Colombia, Venezuela o Cuba, puede que sientan con mayor angustia los vientos que las nuevas políticas hagan soplar desde Washington. Marcos Rubio, el nuevo Secretario de Estado, hijo de cubanos exiliados que supieron darle una carrera de abogado a su hijo trabajando duro, su padre camarero y su madre empleada doméstica, seguro que no tendrá mucha simpatía hacia regímenes que expulsan a sus ciudadanos, sea por razones económicas o políticas. O por ambas. La vuelta a las políticas duras de bloqueo del régimen cubano, aliviadas durante el mandato de Obama, elevará la miseria de los habitantes de la perla del Caribe a niveles incluso mayores de los que el régimen castrista les brinda cada día. Políticas duras que con toda probabilidad aplicará también al caso de la Venezuela de Maduro, al que hasta Biden ha despreciado.

Puede que no todo sean nubarrones. La buena sintonía de Milei con Trump y la posibilidad de colaboración con Mercosur, en el que Brasil también desempeña un papel fundamental, debería ser una oportunidad para que los dos polos del contienen progresen, ofreciendo a sus ciudadanos unas condiciones de vida aceptables. Tal vez sea por el valor estratégico de esa oportunidad, los europeos, que en general miran con desconfianza a la nueva Administración, se han adelantado aprobando un acuerdo de libre comercio con Mercosur, aunque ello suponga una reacción negativa del sector primario en el viejo continente.

Nuestro taxista, Rafael, el próximo veinte de enero de 2025 celebrará, con toda seguridad, la jura del cargo presidencial por Trump. Mientras, los habitantes de América Latina contendrán la respiración, deseando que, por culpa de la desmemoria de los protagonistas de esta historia, el sueño americano no sea la única salida digna a las penurias de sus propios países.

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