Maduro y los colectivos
Celio y su esposa, María Alejandra, todavía arrastran el jet lag. Se mueven por los pasillos del Hotel Airport Suits, cerca de Barajas, en busca de un poco de orientación. No llevan ni 48 horas en Madrid. Aterrizaron el día anterior en un vuelo procedente de Cartagena de Indias que venía repleto de turistas españoles. Cuando llegaron con sus tres hijas frente al mostrador de la policía de inmigración, les temblaban las piernas. Con una voz ronca, a punto de romperse y echarse a llorar, Celio le dijo al funcionario que querían que los considerasen refugiados. En Cartagena, su primo, que unos meses antes le había vendido su camioneta emigró desde Venezuela, le detalló los papeles que tendría que rellenar. Pero Celio no atinaba a explicarse. El policía, acostumbrado a las llegadas continuas de venezolanos, le dijo que se tranquilizara, que entendía lo que habían venido a hacer a España. Que lo que él estaba reclamando era acogerse al derecho de asilo por persecución política.
Celio y su familia pasaron a engrosar las cifras de migrantes venezolanos desde que atravesaron la frontera, se montaron en un taxi y llegaron a uno de los centros de acogida que tiene Cruz Roja para darle apoyo al Gobierno de España en la atención a los refugiados. Allí se pasarán un tiempo indefinido, hasta que se compruebe si reúnen todos los requisitos para conseguir la entrada legal en España. Le atormenta no saber qué hará con sus hijas, ni qué será de él y su esposa. Los voluntarios de Cruz Roja le explican que las niñas podrán ir a un colegio, que todos dispondrán de asistencia sanitaria, un sueño casi impensable en la ciudad de Maracaibo, donde se ganaba la vida como podía con un simple taxi. Que ellos también podrán asistir a clases de orientación social para que cuando obtengan los papeles puedan integrarse en la vida española como un ciudadano más. Cuando escucha las explicaciones de una joven vestida con uniforme rojo, le asalta la flojera. Él no lloraba tanto antes. Pero no puede reprimir las lágrimas mientras abraza a una de las niñas, la menor, regordeta y cantarina, que no para de tirarle de la camisa para pedirle algo de comer.
La historia de Celio y María Alejandra podría ser la de cualquiera de los ocho millones de refugiados venezolanos que han escapado del régimen de Nicolás Maduro. Venezuela se ha convertido en un lugar en el que ya nada es secreto. Cuando todo se supo, no les quedó otra alternativa que abandonar la tierra donde nacieron. Dejaron atrás a sus padres, que habían apoyado la revolución bolivariana encabezada por Hugo Chávez en 1998. La vida se había vuelto insoportable durante los últimos gobiernos democráticos. Crisis bancaria, evasión de capitales, el petróleo que daba de comer a toda la sociedad venezolana con el precio por los suelos… Corrupción, pobreza y crimen eran el pan nuestro de cada día de aquellos años.
Sus padres nunca quisieron reconocerle a Celio que, tras más de veinte años de gobierno bolivariano, las cosas se fueron poniendo todavía peor que antes de que Chávez diera un golpe de Estado y, más tarde, se hiciera lícitamente con el poder ganando las elecciones de 1998. Miraban para otro lado para no darse cuenta de que la pobreza se generalizaba y que el sucesor de Chávez, Maduro, se afianzaba como un auténtico dictador. Celio, callado, respetuoso, con la sabiduría de la vida que le daba el ser conductor de un taxi, acataba las opiniones de su padre, pero frecuentaba manifestaciones de protesta contra el régimen de Maduro. Su voto en las elecciones del verano de 2024, imposible su secreto, fue como el de una amplia mayoría de venezolanos, un voto que debería haber producido un cambio radical en la política de uno de los países más ricos de Latinoamérica.
Los colectivos empezaron a amenazarle. Esos grupos paramilitares que fueron declarados por Maduro “el pilar fundamental de la Patria” ejercen de represores violentos contra todo el que se oponga al régimen. Atacan a protestantes en manifestaciones convocadas por los opositores, detienen y asesinan periodistas que tengan la osadía de escribir en contra de la élite bolivariana. Persiguen a estudiantes, religiosos y a cualquiera del que sospechen que son críticos con el Gobierno. Tejen una red de terror en cada barrio, en cada ciudad y pueblo. Se apoyan en informaciones que recaban de vecinos entregados a la causa bolivariana o simplemente aprovechados que prefieren ganarse unos pesos haciendo de soplones antes que jugarse la vida siendo indiferentes. Ya nadie en Venezuela tiene permitida la indiferencia. O se está con Maduro o se es un traidor a la Patria, un sospechoso terrorista.
Una noche, cuando regresaba a casa después de una jornada estéril más, balacearon su taxi. Una simple advertencia. No quisieron matarle ese día. Pero le destrozaron las ruedas y el radiador del coche. Al día siguiente utilizó la camioneta de su primo. Le pegó como pudo las señales del taxi y se lanzó de nuevo por las calles de la ciudad más rica de Venezuela desde que descubrieron petróleo en el lago Maracaibo. Durante todos los trayectos por sus intrincadas calles empezaron a seguirle. Al principio pensó que sería un motorista desorientado. Acababa de dejar a una mujer que volvía a su casa, en la calle 107, aturdida tras varias horas de espera para hacerse con un poco de yuca. No tuvo alma para cobrarle la carrera. Poco después, por el retrovisor, comenzó a ver que eran dos. En una de las motos, el que iba de paquete llevaba una pistola larga, como de arma recortada. Cuando volvió en la noche a casa, le dijo a María Alejandra que empacara todo lo que pudiera. El siguiente viaje sería a las cercanías de la frontera con Colombia. La cruzaron a pie, de noche, arrastrando un par de maletas y a sus tres hijas.
La historia de Venezuela es la de un país, otro más, que debería vivir confortablemente apalancado en la riqueza de sus recursos y que, sin embargo, se ha transformado en un país fallido. Desde los años 60 es conocido que Venezuela dispone de la mayor reserva de petróleo del mundo. Más incluso que cualquiera de los países árabes. Ello facilitó un período democrático que hacía de Venezuela un país único, admirado en el panorama de América Latina, agotada por las continuas asonadas militares y la inestabilidad política y económica. Sin embargo, durante las décadas de los años 80 y 90 las cosas se fueron torciendo. La corrupción, que siempre llama a la puerta de los gobernantes, sirvió de chispa para la explosión de un descontento creado por la crisis en el precio del petróleo y el mal gobierno. La pésima situación económica quebró la confianza de los venezolanos en los dos partidos tradicionales que se fueron repartiendo, en tiempos de bonanza, el mando de la nación. Territorio abonado para que algún populista sagaz aprovechase la oportunidad.
Hugo Chávez lideró, en primer lugar, un golpe de Estado que no fue capaz de derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez. Le detuvieron. Pero, la presión y el descontento eran de tal magnitud que fue liberado para abanderar la “revolución bolivariana”. Sus primeros años perfilaron una política de corte socialista, enfocada al reparto de la riqueza. Nacionalizó empresas y comenzó a ejercer una intervención imparable en todos los ámbitos de la economía.
Sus seguidores lo celebraron. Durante los primeros años, las nuevas políticas hicieron efectiva una cierta reducción de la pobreza. El PIB per cápita crecía en medio de una situación boyante del mercado del crudo. Y aunque las principales fortunas e inversores comenzaban a recelar, todavía no se producían salidas masivas de capitales. Pronto, las políticas de gasto público desorbitado, supuestamente orientadas a la redistribución de la riqueza, comenzaron a lastrar la economía. La mala gestión, en especial de la empresa pública de petróleos, PDVSA, y la corrupción voraz pintaron un cuadro de crisis generalizada: hiperinflación, carencia de productos básicos, pobreza y crimen. Un clima tan turbio y derrotista como el que vino a erradicar la revolución chavista.
La muerte de Hugo Chávez dejó paso a Nicolás Maduro. Su segundo. Un tirano más atroz incluso que su jefe. Y nada más hacerse con el poder, dejó claro que no piensa cederlo hasta el fin de sus días.
El período de Maduro se viene caracterizando por la profundización en todos los vicios que ya dejaba entrever su mentor. La riqueza hace tiempo que la reparte entre los que le apoyan, en especial las Fuerzas Armadas. Para él, las elecciones no significan el menor obstáculo. La democracia nunca fue uno de los valores del chavismo. Le basta con amenazar, encarcelar y expulsar del país a cualquier opositor. Y si, a pesar de ello, sucede como en las pasadas elecciones de 2024, sus secuaces se encargarán de ocultar los resultados y quemar cualquier prueba de la victoria de Edmundo González. Con el rechazo casi unánime de la comunidad internacional, acaba de renovar como presidente fraudulento con un discurso cada vez más amenazante e incendiario.
Sin embargo, sus apoyos siguen ahí. No son los mejores compañeros de viaje si se tiene respeto por los derechos humanos y los valores universales. China —como no, China nunca puede faltar dónde se huela a petróleo—, Rusia y las muy debilitadas caricaturas de países revolucionarios, Cuba y Nicaragua, le han respaldado en el acto imperial de su nombramiento. Seguramente se mantendrá en el poder todo el tiempo que desee. O tal vez el nuevo panorama internacional que se avecina con el segundo mandato de Trump le haga más difícil contener la presión. La clave puede que esté en el ejército, mimado y bien pagado para que no existan dudas de quién es el que les regala la membresía en el exclusivo club de la élite de la Venezuela actual.
Mientras escucha en la televisión del hotel el debate sobre el papel que puedan desempeñar los militares ante la nueva trapacería de Maduro, a Celio le viene un recuerdo. Hace algunos años tuvo un golpe de suerte. Unos turistas alemanes le pidieron que los llevara a Canaima. Que le pagarían lo que fuera necesario. No encontraban avioneta y no querían perderse la maravilla de los impresionantes saltos de agua. Bromearon con algo que Celio no entendió muy bien. Algo así como la historia de un anciano que había llevado su casa volando con unos globos hasta posarse justo en el más alto del tepuyes, desde donde se precipita el Salto del Ángel. Ellos, le decían, no tenían globos. En su camino, ya cerca del Parque, Celio descubriría que además de la riqueza natural había un movimiento inusual. Centenares, miles de hombres horadando la tierra en busca de oro. A su vuelta a Maracaibo, le contaron que el régimen fomenta la búsqueda ilegal de oro como forma de pago a sus apoyos. Entre ellos, centenares de militares.
Maduro y el régimen chavista han conseguido lo impensable en Venezuela: hacer inservible para la vida de los ciudadanos comunes su inmensa riqueza. Necesitan otras fuentes para aplacar el hambre de los suyos. Y el oro es una buena noticia. La otra forma de que las cuentas le salgan es convencer a muchos más, como Celio y María Alejandra, de que lo mejor que pueden hacer es marcharse. Y en esa elevada misión parece embarcado, con la inestimable ayuda de “los pilares de la Patria”: los colectivos.
