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# 100: “Nos lo podemos permitir”

He expresado con frecuencia mi deseo de que a España la gobernase Angela Merkel. Cometió errores estratégicos, cierto, como ahondar la dependencia energética europea con Rusia. Pero transmitía siempre seguridad, seriedad en sus planteamientos, aprecio por el esfuerzo y el trabajo duro, y un desempeño honrado en la búsqueda del bienestar de los alemanes y de los ciudadanos europeos. Atesoraba un rosario de valores tan poco comunes en la política mundial que era difícil no enamorarse de su estilo austero, siempre vestida con las mismas chaquetas en las que solo cambiaba el color. Cuando en 2011 se desató una guerra atroz en Siria, ella abrió con generosidad las fronteras de Alemania a los refugiados que huían del horror de un régimen que colapsaba. Más de 1,3 millones de sirios se adentraron, con lo poco que rescataron de sus vidas, en Alemania. Sufrió muchas críticas por su generosidad. Incluso puede que fuese una fuese una de las claves de su declive. Ella, simplemente dijo: “Nos lo podemos permitir”.

La llamaban Madame no por su inflexible manera de conducirse en los asuntos públicos nacionales e internacionales. La dama que decía no al despilfarro, señalando a los gobiernos corruptos y cortoplacistas que incurrían en gastos sin fundamento. La minuciosa vigilante de la disciplina presupuestaria. Sin embargo, esa misma mujer, rigurosa e íntegra, mostró una compasión conmovedora con un pueblo exhausto por la guerra y los incontables años de represión.

Compasión no es una palabra común en la jerga de los políticos. Muchos ni siquiera sabrían explicar lo que significa. Ponerse en el lugar del otro, ofrecer los servicios de tu país para el alivio de las penurias de los que lo han perdido todo, no fue la más popular de las reacciones de los mandatarios europeos ante el drama sirio. Angela demostró al mundo, además, que los valores humanos no pueden adueñárselos ninguna corriente ideológica. Están ahí para ser respetados por todos los que de verdad crean en la democracia. Madame no regañó a su pueblo, como una madre a sus hijos, recordándoles que podían ser generosos. Que debían ser generosos. Y lo fueron, vaya si lo fueron. Hoy, muchos años después de que Angela Merkel dejase de guiarnos a los europeos, Alemania sigue liderando el ranking de migrantes en su población: un 20% de los que viven en suelo alemán, casi 17 millones de personas, un 5% del total en el planeta.

Quizás haya sido la sucesión de gobiernos autocomplacientes; tal vez en la vieja Europa, enriquecida tras siglos de explotación feroz de África y América, la inventora de la sociedad del bienestar para los habitantes europeos, nunca creímos verdaderamente en los valores universales de igualdad y equidad; puede que el ahondamiento de las diferencias económicas entre continentes y países haga más irresistible si cabe la atracción por buscar una mejor vida en el dorado de los países ricos —el auténtico y único efecto llamada es la riqueza en el destino y la pobreza en el origen—. Lo cierto es que desde el primer mandato de Trump, cuando anunció la construcción de un gran muro entre los Estados Unidos y México —muro que, por cierto, seguiría construyendo su sucesor en el cargo, el demócrata Biden, con menos ruido—, la migración se ha convertido en una de las grandes preocupaciones de Occidente, sea lo que sea Occidente.

Conviene recordar que la migración es inherente al ser humano. El éxodo por miedo e inseguridad, la búsqueda de prosperidad, el reencuentro con familiares y con la persona amada. Todo ello seguirá agrandando las cifras de la migración en el futuro. Además, los conflictos armados y los enfrentamientos étnicos y religiosos han crecido en lo que llevamos de siglo, principalmente en Europa, Oriente Medio y África. A finales de 2024, 31 millones de personas habían tenido que huir de sus países como refugiados. Un 10% del total de migrantes. El odio, la ambición desmedida y las venganzas son una parte distintiva de la trayectoria humana en el planeta.

La componente económica de la migración, que revisaré en mi artículo 101 con detalle, no dejará de crecer. Tanto para explicar las razones de la decisión de abandonar su propio país como para comprender que el flujo económico generado, las remesas de dinero —el gráfico siguiente, extraído del informe anual de la Organización Internacional para la Migración, IOM en sus siglas inglesas, es una prueba evidente de ello—hacia los familiares que se quedaron atrás, son el sustento de la economía de muchos países, uno de los principales componentes de su PIB.

La mala noticia para los que utilizan la migración como elemento de polarización es que, tristemente para ellos, jamás desaparecerá. Muy al contrario, con la desigualdad creciente entre países y regiones y con el escaparate que brindan las redes sociales hoy en día, la migración seguirá creciendo en valores absolutos y, seguramente, también en términos porcentuales de la población de los países más ricos y desarrollados.

El uso partidista, populista y mentecato de la migración en la actualidad como arma arrojadiza entre partidos no es nuevo. Pero, la extravagancia y la crueldad del presidente Trump en la aplicación de su política migratoria, impuesta desde el comienzo del segundo mandato, hacen que el debate público esté tan contaminado que comienza a provocar enfrentamientos incluso en el ámbito familiar y de amistades. Quiero insistir de nuevo en el legado de Merkel: apoyar la inmigración no es necesariamente de izquierdas —véase lo que hace un gobierno laborista, supuestamente de izquierdas, en el Reino Unido, endureciendo las condiciones de vida de los migrantes para desalentar a que otros sigan su camino—, ni oponerse a ella es indefectiblemente de derechas —valga de nuevo el ejemplo de Merkel—. Me temo que, una vez más, entre los políticos de los ricos y acomodados países de Occidente, la migración es una mercancía cualquiera, un juguete con el que construir un relato para su beneficio. En mi país, el gobierno de izquierdas ofrece una imagen de apoyo firme a la migración —de hecho, acaba de aprobar una regularización masiva de migrantes ilegales—, pero al mismo tiempo se apoya en partidos que expresan, sin duda ni rubor, su aversión a los migrantes por razones que suenan muy comunes en Europa: miedo a la mezcla cultural, al mestizaje, rechazo a la contaminación de “la pureza” de sus ciudadanos, sea en la piel o en el lenguaje. No muy diferente a las ideas que destrozaron Europa en los años 30 del siglo pasado.

Hay muy pocas excepciones en las que la migración sea tratada de manera inteligente y ordenada. Un ejemplo es el de las regularizaciones de los que llegan de manera ilegal. De no existir, al migrante no le quedaría otra salida que incorporarse a la economía sumergida, añadiéndole al fenómeno migratorio un buen número de disfuncionalidades y sufrimiento añadido. En Estados Unidos, la migración, que —no podemos ni debemos olvidarlo— fue la base sobre la que se construyó ese inmenso país, es fundamental en multitud de sectores. Silicon Valley depende en gran medida de los ingenieros llegados desde la India: casi el 70% de sus programadores proceden de ese país. El campo y la hostelería no funcionarían sin la contribución de trabajadores de Centroamérica, México y otros países de América Latina y el Caribe: basta con darse un paseo por los bares y restaurantes de Nueva York o recorrer las carreteras de la América profunda para comprobarlo. No hay blancos puros en los Estados Unidos —cuyas raíces seguramente habría que buscarlas en Alemania, Irlanda o Inglaterra— que quieran hacer esos trabajos, generalmente arduos y de bajo valor intelectual. La reconstrucción de Alemania solo fue posible por el flujo masivo de trabajadores turcos —también españoles— tras la Segunda Guerra mundial, por la sencilla razón de que el conflicto disminuyó masivamente la población masculina. Los campos de viñedos franceses no producirían los exquisitos vinos galos, en los que la recogida manual es imprescindible, sin los braceros magrebíes y subsaharianos. Camioneros del este de Europa mueven millones de toneladas cada día a bordo de camiones que ya ningún europeo de pura cepa quiere conducir. Una inmensidad de personas mayores —la Europa que envejece— no podría terminar sus días de manera digna si no fuera por una legión de jóvenes cuidadores procedentes de todo el mundo… Y así, una inacabable lista de ejemplos. 

Por las evidentes razones económicas, los beneficios para la sociedad y la compasión como forma más humana de entenderla resultan más sorprendente todavía el auge, por toda Europa y los Estados Unidos (aunque también en otras regiones) de partidos, de extrema derecha principalmente, pero también nacionalistas y populistas de sesgo ideológico diverso, que se oponen con rotundidad a la migración y hacen uso de las ineficiencias del sistema migratorio para construir un relato alarmista, basado, por ejemplo, en la no demostrada mayor criminalidad —el migrante, como cualquier otro ciudadano, puede delinquir y someterse a la aplicación de la ley—, o en la pérdida de los valores que identifican, dicen, a la sociedad que los recibe, un discurso que lleva incluida una clara islamofobia —en Europa, el creciente aumento de población musulmana es uno de los miedos más utilizados en el argumentario de los partidos antinmigración— y otras fobias étnicas ¿Cuáles son esos valores? Me resulta asombroso que, como sociedad, no seamos capaces de valorar la diversidad cultural que aporta la migración, de aceptarla como un beneficio y una riqueza añadida. Recordemos que, a lo largo de la historia, los experimentos que buscaban la pureza de la raza siempre terminaron mal. Todos saldríamos ganando si la migración fuese posible hacerla de manera ordenada, programada y acordada con los países de origen. La forma ilegal de entrar en otro país es, a menudo, un infierno plagado de mafias y riesgos para la vida de los migrantes. Según el informe de Naciones Unidas, casi 10 millones de personas murieron en 2025 durante el tortuoso viaje en busca de una vida mejor. Es como si hubiera desaparecido de pronto toda la población de Suecia o Portugal. Las mafias, el submundo más perverso del fenómeno migratorio, actúan como una especie de turoperadores que llevan a los migrantes a su destino. Por el camino, le habrán sometido a todo tipo de atrocidades. Las violaciones y el tráfico de órganos —niños que primero prostituyen y una vez agotados eliminan para vender sus órganos— están dentro del catálogo de esas agencias de viaje tan especiales y siniestras. Puede decirse que, si las mafias migratorias cotizasen en bolsa, sus acciones subirían cuando determinados países abren sus fronteras o son generosos con la migración ilegal. Ese es un hecho demostrado, principalmente en los corredores marítimos del Mediterráneo. Un argumento más, de entre los empleados por los grupos antinmigración, en contra de facilitarles la vida a los desamparados que un día decidieron jugárselo todo en busca de cierta dignidad.

Un sistema racional, que permitiese ofrecer la entrada a los profesionales que las economías occidentales necesitan, con acuerdos en origen, suena a ideal a la vez que utópico. Incluso los gobiernos más amables con la migración someten al migrante a un tormento burocrático, convirtiendo el proceso en su conjunto en un sistema casi medieval. Un ejemplo es la lentitud en la toma de decisión de la elegibilidad de un migrante que solicita asilo por razones humanitarias o de conflicto: el tiempo de espera, en el que por acuerdos internacionales se les concede asilo temporal, es interpretado por algunos sectores como privilegios inaceptables para personas que no han cotizado.  El penoso camino que siguen los menores no acompañados, los famosos MENAS, es otro mal ejemplo: cuando finalmente son asignados en un destino, muchos ya han dejado de ser menores, o el abandono institucional los ha llevado por los caminos de la delincuencia. Al fin y al cabo, no son más que niños en busca de un sueño.

La compasión de Merkel necesita, para que sea efectiva, mucho más orden en la mayoría de los países: acuerdos de migración en origen, controlado, fuera de los circuitos de las mafias; reconocimiento de derechos y titulaciones profesionales en tiempos aceptables, algo que muchas veces es rechazado por sindicatos y asociaciones gremiales; acuerdos público-privados, para permitir la incorporación de talentos necesarios en las diferentes ramas de la economía de cada país.

Además, no lo olvidemos, nos lo podemos permitir.

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