Ya no lo esperaban. Llegó tarde. Julia creía que con tres hijos ya le bastaba. Las dos chicas para ayudarla y el mayor para que los sacase a todos de allí. Cuando nació el mocoso, por sorpresa, sin buscarlo, se dio cuenta de que la vida para ella sería un calvario. Se preguntaba cómo iba a cuidarle. Las niñas eran todavía muy pequeñas. La menor, Alba, siempre achacosa, solo tenía cinco años.
Ella era cumplidora. Y no iba a dejar de serlo por el mocoso. Desde que falleció su madre, quedó condenada a encargarse del cuidado de su padre, severo y tirano, y de su hermano pequeño, que no le andaba atrás. En la guerra, los dos se pusieron de acuerdo para declarar que el hermano mayor de Julia, Félix, había muerto en un monte cercano. Escapó de las venganzas del pueblo con unos milicianos republicanos, por la carretera de Córdoba. Nadie volvería a verle. Pero esos dos dijeron al juez que habían visto desde lejos cómo le fusilaban. Con ese embuste, el padre dejaría como único heredero al pequeño: el elegido. Él sería el que se quedaría con todas las tierras, que, aunque no eran muchas, daban para vivir decentemente. Supo que a ella y a su hermana no les quedaría nada. Ni un poco de mondongo. La única rebeldía de Julia fue ponerle Félix al mocoso.

De tan cansada que terminaba cada día, cuando al fin caía en la cama, dura como una piedra, se lamentaba a su marido, quejándose de que le tocaba todo. Cada día, sin falta, esos dos la esperaban holgazaneando en el zaguán, antes de irse a la huerta, o en el bar de Mindolo, en la plaza de la Fuente, hartándose de cazalla antes de meterse las migas que ella les preparaba cada día para el almuerzo. Llegaba al pueblo pasadas las seis de la mañana, habiendo tenido que coger el expreso, que pasa por la estación de El Madroñal, en la que viven desde poco después de que naciera el mocoso, a eso de las cuatro y media de la madrugada. No tiene tiempo ni para lavarse la cara en la palangana.
Su marido bastante tenía también, trabajando de sol a sol cada día en el mantenimiento de la línea del ferrocarril. Llegaba tan rendido como ella al catre y se ponía de mal humor escuchando sus quejas. De un tiempo a esta parte le veía cabizbajo, renegando de la vida que les había tocado. A él tampoco le hizo gracia la llegada del mocoso. Se maldecía por el desliz de aquella noche, cuando lo concibieron. Los dos estaban seguros de que fue aquella noche. Él llegó achispado después de haberse quedado bebiendo con el jefe de estación hasta muy entrada la noche. Llegó con ganas y un olor a vino agriado que echaba para atrás. ¿Qué iba a hacer ella, nada más que dejarse llevar? De nada sirvió que se aclarase después de que él no pudiese retirarse a tiempo.
La primera faena en el pueblo era la de prepararles las mismas migas con tocino de cada día, acompañadas de café de puchero, del que le traía su marido de estraperlo. Café El Camello. Les habían contado que los portugueses lo acarreaban desde un país que se llama Angola. Julia no tenía ni remota idea de dónde estaba ese país. Mucho menos podía saber que el mocoso viajaría muchos años más tarde a su capital, y que un ministro lo llevaría del brazo para agasajarle y decirle que harían negocios juntos. Pero, mientras giraba y giraba la manivela del molinillo, con el olor intenso y penetrante del café recién molido, viajaba hasta donde fuera que estuviese Angola, arrinconando la pena por tanto sacrificio para esos dos.

Así se refería a ellos. Esos dos, ¡ni llamarles por su nombre se merecían! Su padre siempre fue dueño de decidir todo sobre ella y su hermana, y sobre su difunta madre, que aguantó hasta que el cuerpo le dijo basta. Su hermano, gordo y seboso de tantos torreznos como se comía con las migas, incapaz de hacerse con una buena mujer para que le hiciera las cosas, se comportaba igual que el padre. Fiel siervo de su amo. En su presencia, callaba, salvo para darle órdenes a ella.
Una mañana, Julia se durmió y no pudo llegar al tren expreso por un tris. Buena me espera cuando llegue al pueblo, se dijo. El mocoso había dormido mal. Alba se lo había dejado caer a las brasas, junto a las trébedes sobre las que estaba el puchero con el cocido de cada día. Cuando llegó del pueblo en el tren correo, a media tarde, se los encontró a los dos llorando. La cara del mocoso, roja e hinchada. Cayó de bruces. Las cejas y las pestañas se le habían chamuscado y debajo del ojo izquierdo tenía una herida con restos de las brasas que a poco le dejan tuerto.
El mocoso no paraba de trastear. Entre sollozos, Alba le dijo que Félix tiraba de ella, que quería ir a ver los toros de la dehesa que comenzaba justo detrás de la casa. De tanto forcejear se le escapó y cayó al fuego. El condenado es listo, hablaba ya hasta por los codos. Se defendió diciendo que había sido su hermana la que le había dejado caer por quedarse dormida frente a la lumbre.
No pudo regañarla, ¿cómo iba a hacerlo? ¡Si el mocoso tenía ya tres años y no se hacía con él! ¿Qué más podía pedirle que se quedase al cargo de Félix y de la comida? La pobre Alba era tan delicada que con los primeros vientos del otoño caía enferma, consumida por unas fiebres que le encendían la frente, sin forma de bajársela, ni con los copos de escarcha que su marido rascaba como podía en las traviesas de la vía. A veces no le quedaba más remedio que llevársela al pueblo con ella para que la viese el doctor, arrebujada en su regazo, tan pegada como si la tuviera todavía en sus entrañas. Soportando como un solo cuerpo el traqueteo del tren expreso durante la hora larga que tardaba en recorrer los apenas veinte kilómetros que separaban El Madroñal de Cabeza del Buey.

Su marido la regañaba cuando llevaba a los niños al médico. No tenían dinero para pagarle. De manera que le daban unas gallinas, o huevos. A veces un buen trozo de jamón, o tocino. Haciéndoles un buen roto en la bodega en la que guardaban para que se secasen las chacinas de los dos cerdos que mataban cada año junto a los botes de las frutas y los tomates embotados y los melones colgados del techo para que no se les arruinasen. Él se quejaba de que de ese modo no tendrían comida para todo el año, y a Julia no le quedaba otro remedio que hacer malabares con el puchero.
No le quedó otro remedio que coger el tren correo, que pasaba por El Madroñal a las once de la mañana, y apechugar con la bronca de esos dos. El mocoso, tan quejumbroso durante la noche, se levantó a la misma hora que ella. La seguía allá donde fuera, tirándole de la falda mientras adelantaba las tareas del día. Pisándole los talones, llegaron a la porquera. Se quedó muy serio mirando cómo Julia amasaba la comida de los dos cerdos, que hociqueaban sus brazos y sus manos de lo ansiosos que estaban por comer. Quedaban solo dos semanas para la matanza y había que cebarlos más todavía. Luego fueron al gallinero. Félix no paraba de saltar, nervioso porque Julia le había dejado que metiese las manos en los nidos para coger dos huevos, recién puestos, calientes todavía.
Su pequeño Félix no le quitaba los ojos mientras preparaba el cocido, con judías y garbanzos, echando al puchero los últimos trozos de tocino que les quedaba y un hueso de la paletilla que ya se había quedado seca desde las Navidades.

Hijo, te tendrás que quedar tú al cuidado del puchero, le dijo para conformarle mientras se acicalaba con prisas. A lo lejos ya sonaba el silbido del tren correo. El mocoso se quedó muy serio, concentrado, mirando cómo el cocido empezaba a cocer.
Estaba ya cerca de la estación, en el mismo andén, cuando le escuchó venir corriendo tras ella. ¡Madre, madre… Las judías se arrugan!, gritaba con su vocecilla. No pudo evitar echárselo a los brazos y achucharle. Las judías son unas tunantas, no quieren ser menos que los garbanzos, que siempre están arrugados, por eso cuando las echo al puchero se arrugan, le dijo Julia, con una lágrima aflorándole por las mejillas. Mami, no, los garbanzos se alisan, y las judías se arrugan, le dijo el mocoso mientras no paraba de llorar. Ven rápido, mamá, ven conmigo…, repetía sin parar de llorar.
Se culpaba por haberle hecho el embuste de que cuidase del puchero para quitárselo de encima. Será un buen hombre, cumplidor y listo, se decía Julia mientras retomaban el camino a casa, con el miedo en el cuerpo por las dudas que la carcomían. Quién sabe si llegará a hacerse un hombre hecho y derecho…, o si moriremos aquí todos, de hambre y frío.
Lo dio todo por perdido. Esos dos no la perdonarían la falta. Ni un solo día había dejado de ir a hacerles todo. Ni cuando se ponía enferma con las mismas fiebres que le quitaban el aliento a su hija pequeña. No se apiadaron de ella ni cuando el parto del chiquillo. Nació a las cuatro de la madrugada y a las nueve ya le estaban pidiendo el almuerzo.
Al día siguiente se montó puntual en el expreso. Sonaban las campanas de la Iglesia del Real dando las seis mientras ya cortaba el pan para las migas, echando los trozos en el barreño para luego remojarlas. Puso la sartén en las trébedes, echó los trozos de tocino veteado con una pizca de aceite. Vertió las migas húmedas y las removió hasta que quedaron doradas y humeantes.
Daban las siete cuando escuchó la puerta. Venían de Mindolo, bien servidos los dos. Ni los buenos días dieron. Se giró para ponerles los platos en la mesa cuando sintió el golpe del bastón de su padre en la espalda, seco, certero como las cuchilladas que les dan a los cerdos en el pescuezo para que se desangren. ¡Que sea la última vez que dejas de hacerles a tu hermano y a tu padre las cosas!
Se pasó todo el día dolorida, doblada como una anciana. El tren correo, que normalmente pasaba a las dos de la tarde por Cabeza del Buey, llegó con mucho retraso. Era ya de noche cuando entraba en su casa. La casilla, como la llamaban en la estación. Allí estaban todos, sentados a la mesa, esperando a que les hicieran la cena. Una tortilla y poco más. Los tomates ya se habían terminado, les dijo, sin levantar la mirada del suelo mientras ponía la sartén en los fuegos.
Mamá, las judías se arrugaron mucho. Pero Alba las removió y enseguida se alisaron. No era por envidia, mamá, Alba me ha dicho que son caprichosas, que hacen lo que quieren, mamá, le dijo el mocoso corriendo hacia ella, con tanta fuerza que por poco tira el aceite.
Solo pudo echarse a llorar, abrazada al cuerpecillo de Félix. Sin que nadie más se acercase a ella.

2 Comentarios
EDUARDO
Un relato certero, bien documentado y reconocible.
Tomás Aranda
Muchas gracias, Eduardo. Una satisfacción saber que me sigues en esta nueva etapa. Cómo estás tú?
Fuerte abrazo